El ladrón de destinos (Inspectora Escudero 7) 32
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Marta cruza el comedor del restaurante. La mesa queda al fondo, junto a un ventanal empañado.

—Traes mala cara —dice Fran.

Ella deja el bolso en la silla y permanece de pie. Su mente rebosa pensamientos ajenos y frases que no se olvidan.

—Dame tu cerveza. Necesito un trago urgente.

Él la observa, sorprendido.

—¿Tú, bebiendo alcohol?

Marta se sienta y apoya los antebrazos en la mesa. No intenta hacerse la fuerte, está cansada de fingir.

—Mira, Fran, te voy a ser sincera. Hace un par de meses pensé en dejar el trabajo y tomar un avión al Congo.

Fran arruga el gesto.

—¿Hablas en serio? No me dijiste nada.

—Es cierto que te echaba de menos, pero sentía que quizás había llegado el momento de desaparecer. Llevo demasiados años viviendo con mucha tensión y mi cuerpo no para de darme señales. Estoy sufriendo, y mucho.

—¿Por qué no me hablabas de ello?

—Porque siempre he creído que podía con todo —responde Marta, y le da un trago a la cerveza—. Ahora mismo estoy en un punto en el que daría una palmada y desaparecería de aquí.

—¿A dónde?

Marta sostiene el vaso, pensativa.

—A donde sea.

Fran se inclina hacia ella, con una idea que parece impulsiva, pero surge de un lugar sincero.

—¿Por qué no lo hacemos?

Marta emite un sonido sin alegría.

—Porque tengo que ayudar a varias personas a las que quiero mucho y que están en problemas. Estoy preocupada porque podría complicarles más las cosas.

—¿Has hablado con Albízar?

—Sí. Y todo ha empeorado. Dice que alguien me ha pinchado el teléfono y sabe dónde estoy.

—¿Quién?

Marta tarda en responder, consciente de lo absurdo que es hacerlo en voz alta.

—Un ángel.

—¿Cómo dices?

—Sí. —Marta sonríe para no llorar—. Un ángel.

Hace una seña al camarero antes de que Fran pueda reaccionar y pide dos cervezas. Cuando el camarero se aleja, Marta se inclina sobre la mesa.

—El asunto es que tengo que encontrarlo, y eso implica adentrarme en terrenos que tengo vetados.

Fran va a preguntar, cuando su mirada se desvía hacia el móvil de Marta, que está sobre la mesa.

—¿Ese no es tu teléfono?

Marta baja la vista y asiente.

—Sí, y tengo que apagarlo de inmediato. Aquí aparecen varias llamadas perdidas de un número que no tengo registrado.

—Y seguramente unas cuantas mías —añade Fran, con una media sonrisa—. Prueba a llamar. ¿Qué tienes que perder?

Marta lo observa un instante. Luego asiente, porque en ese momento lo único que le queda es avanzar o quedarse quieta, y quedarse quieta ya no es una opción.

Marca el número y se lleva el teléfono a la oreja.

Una voz automática responde con tono de centralita.

—Ha llamado a la empresa de alquiler de vehículos…

Marta responde con frases cortas, cada vez más frías. Al otro lado le piden identificación, le repiten un protocolo, le exigen explicaciones. Marta siente la rabia subir despacio, como si le estuvieran apretando en un torno.

—Ya sé dónde está el Golf de alquiler.

—¿Dónde?

—Mi hermana aparcó en un espacio reservado para taxis y se lo llevó la grúa. La policía se puso en contacto con la compañía y ellos me llamaron para aclarar la situación.

—¿Dónde está el coche?

—En el depósito municipal de Vehículos, en la zona de La Argañosa.

—¿Te llevo?

—Sí —responde Marta—, pero déjame tomar la cerveza mientras llamo a mi hermana. Quiero saber dónde diablos se ha metido.

El camarero deja las bebidas sobre la mesa. Marta bebe un trago largo y luego saca su móvil barato, el de la línea nueva. Marca el número de Lara.

Enseguida suena el contestador.

Vuelve a marcar. Nada. Solo la voz grabada y el pitido final.

Prueba con Quiroga. El resultado es el mismo: tono, contestador, vacío.

Deja el teléfono sobre la mesa.

—En la web dicen que se puede retirar el vehículo las veinticuatro horas del día —comenta Fran, que consulta su propio móvil—. ¿Te llevo?

Marta aún no se levanta. Hay una idea que ha crecido desde la llamada de Albízar, desde el nombre repetido en la pantalla y la conversación con Teo.

—Sí —dice al fin—. Pero antes quiero pasar por un sitio.