El ladrón de destinos (Inspectora Escudero 7) 31
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Entre Lara y Nico Vergara se interpone la reja de metal que separa los asientos delanteros de los traseros.

Lara ha subido en cuanto él le ha lanzado la pregunta «¿quieres respuestas?». Y ella ha respondido con la maleta en la mano y la rabia empujándola hacia dentro.

Nada más tomar asiento, Nico activa un pulsador y se oye el cierre centralizado. A Lara se le oprime un poco más la garganta con ese sonido. Busca la manilla por reflejo. Es inútil. Vuelve a fijar la vista al frente.

La cabina es sobria, de trabajo. El salpicadero está limpio, desprovisto de adornos ni señales que delaten a quien conduce.

En la parte trasera, al otro lado de la reja, solo distingue una maleta negra con asa, de las rígidas y antiguas.

Le recuerda a esas cajas donde antes se transportaban máquinas de escribir, y esa asociación le incomoda sin saber por qué.

Levanta la vista hacia el espejo retrovisor y el rostro de Nico aparece ahí, concentrado en la carretera, con una calma que provoca.

Durante unos segundos, siente un impulso contradictorio.

Quiere preguntarle de todo, exigirle respuestas, sacudirlo con reproches hasta que se le caiga la máscara.

Al mismo tiempo, siente la necesidad de avisar a Marta para restregarle el hecho de que lo tiene delante, a tiro.

Ella, Lara Escudero, está ante el hombre al que su hermana persigue a ciegas.

Introduce la mano en el bolsillo del pantalón y extrae el teléfono a escondidas.

Lo cubre tras el asiento del copiloto. La pantalla se enciende.

Ni una raya de cobertura. Molesta, Lara extrae la tarjeta SIM con la uña y la vuelve a introducir con la esperanza de que el gesto obligue al mundo a reconectarse.

Nada.

Los árboles se cierran y la lluvia convierte el paisaje en manchas rápidas. La idea de continuar a ciegas, encerrada, sin cobertura, con el hombre que quizá está detrás de media pesadilla, le provoca una ola de miedo.

Se endereza en el asiento y apoya la mano en la reja. La voz le sale más entera de lo que esperaba.

—¿Dónde vamos?

Nico no responde. La mide por primera vez, y cuando habla, lo hace con una confianza casi ofensiva.

—Estáis buscando en el lugar equivocado.

Lara suelta una risa corta.

—¿Y tú quién eres en todo esto?

Nico mantiene la expresión. Ni siquiera parpadea.

—Me salvaste de la paliza en Madrid —dice Lara, con la vista clavada en el espejo—. Te recuerdo perfectamente.

Nico sostiene la mirada un segundo más y luego vuelve a centrarse en la carretera.

—¿Fuiste tú quien pagó mi deuda? —insiste ella—. Oye, te estoy hablando.

Lara siente que la rabia le hierve por dentro, y en lugar de frenarse, se suelta. Ya le da igual quedar mal, parecer impulsiva o que el tipo sea peligroso. Lo único que le importa es decirlo todo de una vez.

—No te pienso dar las gracias hasta que me digas si fuiste tú.

—Pronto lo sabrás.

Eso irrita un poco más a Lara, que cierra la mano sobre el enrejado.

—¿Cómo que pronto? ¿Acaso no sabes responder?

La furgoneta toma una curva y el cuerpo de Lara se balancea. Nico sigue tranquilo. Demasiado.

—Dejaste a mi hermana tirada en el monte del Naranco. ¿Tan poco hombre eres que tienes que comunicarte por teléfono? Vamos, habla de una vez.

Nico vuelve a buscarla por el espejo. Hay un fondo en sus ojos que tiene más de cálculo que de amenaza directa.

—¿Quién te crees que eres? ¿El dueño de nuestras vidas?

Lara está al borde de perder los papeles y lo siente. La tentación es fuerte. Aun así, se contiene. Gritarle serviría de poco. No hay público, no hay vergüenza que pueda usar en su contra, y nadie abrirá la puerta si se pone histérica. Lo único que conseguiría sería ofrecerle un espectáculo.

Manipula el teléfono nuevamente, con el ánimo de negociar con él. Ni una barra. Nada. Le da un par de golpes contra la palma, con esa fe absurda que surge cuando no hay alternativa. Sigue muerto.

Observa a Nico en el espejo retrovisor.

Él ni siquiera se vuelve. Conduce despacio, como si Lara no existiera.

El limpiaparabrisas trabaja a un ritmo lento y monótono, mientras el agua traza surcos sobre el cristal.

Lara intenta orientarse por el paisaje, pero todo es una mancha verde y gris.

Ignora si entran en una zona montañosa o si salen de ella.

Carece de escapatoria. Los abrepuertas están bloqueados y la separación metálica es una frontera ridícula entre su mundo y el de él. Lo más humillante es darse cuenta de que ha entrado allí sola, creyéndose valiente, y ahora está a merced de un tipo al que desconoce de verdad.

Se obliga a respirar despacio, a no dejar que el temblor la traicione. Se repite que lo único que le queda es pensar y esperar una oportunidad.

Entonces, la furgoneta da un frenazo seco que la lanza hacia delante y la cabeza de Lara choca contra el metal.

—Joder…

Se lleva la mano a la frente y parpadea varias veces, aturdida. Tarda en comprender que están parados. Se asoma por la ventanilla. Solo distingue un tractor verde aparcado en la cuneta contraria. Antes de que pueda decir nada, escucha el motor detenerse y el clic de la puerta del conductor.

Levanta la vista, todavía con la mano en la frente.

Ve a Nico bajar de la furgoneta con la misma tranquilidad con la que conduce, indiferente al frenazo y al impacto contra el enrejado, reducidos a un detalle menor. Rodea el morro del vehículo sin volver la cabeza, con el cuello del abrigo levantado, y pisa los charcos con paso seguro.

Lara permanece clavada en el asiento, intentando concentrarse mientras nota el latido en el lugar donde se ha dado.

La puerta se abre de un tirón y el aire se cuela en la parte trasera, oliendo a tierra mojada. Nico se asoma ajeno al enfado y a cualquier satisfacción visible. Permanece atento, pendiente de comprobar que todo sigue en su sitio.

Le tiende la palma de la mano hacia su teléfono móvil.

—¿Para qué lo quieres? Está muerto. No funciona.

—Y es mejor que siga así.

Ella se lo entrega.

De inmediato, Nico abre la cubierta y presiona la pestaña de la tarjeta SIM, y la extrae.

—Baja —dice él.