El ladrón de destinos (Inspectora Escudero 7) 30
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A Marta Escudero no le tiembla el pulso al devolver la llamada al comisario Albízar.

Sentada en la cama con el teléfono en la mano, observa cómo la pantalla muestra una serie de avisos que ya no puede ignorar.

Sabe que al otro lado la esperan malas noticias, quizás una reprimenda, pero no se concede el derecho a esconderse.

Nunca lo hace. Su forma de enfrentarse al desastre es mirarlo de frente, aunque eso le reviente la vida.

Fran acaba de salir por la puerta rumbo al restaurante del hotel. Ella le ha pedido que baje, reserve una mesa y la espere allí, porque necesita unos minutos a solas para ordenar el ruido que lleva dentro.

Llama a Albízar.

Para Marta, el comisario es más que un superior.

Siempre ha sido un apoyo, una figura firme que le ha permitido trabajar con libertad y ha respetado su instinto, incluso cuando otros la habrían limitado.

Si la sancionó, fue porque ella cruzó una línea y a él no le quedó más remedio que cubrirse las espaldas.

Marta lo sabe. Lo ha sabido desde el principio.

Lo que desconoce es cuánto daño puede causarle ahora esa lealtad mal medida.

—¿Escudero?

La voz de Albízar suena plana, sin saludo ni rodeos, y eso basta para que Marta enderece la espalda.

—¿Dónde estás?

—En Asturias.

—¿Y qué haces allí?

—He venido a pasar unos días con mi hermana. ¿Me has llamado?

—Sí. ¿Dónde te encuentras ahora?

A Marta le incomoda la pregunta. Ni el tono ni el hecho de que Albízar aún evite mencionar el verdadero motivo de su insistencia.

—No quiero parecer borde, pero ¿para qué lo quieres saber?

—Quería verte en el punto limpio. Hay novedades sobre tu expediente.

Marta se queda congelada.

Punto limpio.

La expresión resuena con claridad en su mente. La utilizaron en un operativo durante una investigación delicada, cuando necesitaban trasladar una conversación comprometida a otro canal, a un lugar libre de oídos. No es una frase hecha: es una clave.

Marta baja un poco el teléfono y mira la pantalla para convencerse de que habla con él y evitar atribuírselo a una versión distorsionada de sus propios recuerdos. Luego se lo vuelve a llevar a la oreja.

—Hotel del Naranco —dice—. Doscientos diecisiete.

Y cuelga.

Antes de que pase un minuto, el teléfono fijo de la habitación rasga la quietud con un timbrazo.

Marta se gira de inmediato. Cruza el cuarto en dos zancadas y descuelga en mitad del segundo tono.

—¿Qué ocurre?

Al otro lado no hay preámbulos. Está la respiración contenida de Albízar, y luego una frase que le cae encima con el peso exacto de las malas noticias.

—Te has metido en un lío enorme.

Marta se pega el auricular a la oreja.

—¿Por qué?

—He descubierto que tienes el teléfono pinchado.

La frase no le sorprende, porque lleva horas sintiendo que alguien siempre está un paso por delante de ella. Aun así, oírsela decir a Albízar la hace más real, más cercana.

—¿Quién lo ha pinchado?

Hay una pausa breve. Luego, el chasquido de un mechero. Marta no lo ve, aunque reconoce el ritual. Después llega la primera calada, larga, y casi puede imaginar el humo llenando el despacho del comisario.

—No he logrado averiguarlo.

—¿Por qué?

—Porque no está cursado según el procedimiento.

Esa respuesta confirma a Marta lo que ya temía: la vigilan con un método que no deja rastro.

La voz de Albízar baja medio tono.

—Escúchame con atención. Desconozco quién anda detrás de esto, aunque ya van tres cargos que me insisten en que dejes de una vez de meter las narices donde nadie te llama.

Otra calada. Marta la percibe con la misma claridad que oye el agua golpeando el cristal.

—No te sigo.

—A ver, Escudero, sé sincera. ¿En qué te has metido? ¿Estás ahí por el asunto de tu hermana, la cirujana?

Marta guarda silencio. Ha dejado de dudar: sabe que callar, en ese momento, vale más que cualquier explicación.

—Ya veo —murmura él.

Marta nota que se le endurece la espalda.

—Debo advertirte, como amigo, que hay fuertes presiones para que dejes de investigar este asunto. ¿Qué has descubierto hasta ahora?

La pregunta de Albízar flota en el aire. Marta reflexiona sobre lo poco que tiene y lo mucho que ya sabe.

—Hay quienes se dedican a truncar carreras profesionales prometedoras.

—Dame ejemplos —insiste Albízar.

Marta traga saliva.

—Acabo de conocer a un abogado al que le diagnosticaron una pérdida de facultades mentales y lo apartaron de su profesión.

Esta semana publicaron un vídeo manipulado de un político que iba a ser presidente de Galicia.

¿Y viste en las noticias lo que le ocurrió al arquitecto en Gijón?

Le derribaron la obra. Mi compañero Quiroga está sufriendo acoso y le van a destrozar la vida.

A mí me han amenazado varias veces, con una aparente cordialidad.

¡Todos los casos siguen el mismo patrón! ¿No lo ves?

—¿Tienes pruebas?

—Sí y no, pero no es casualidad. ¿Por qué tanto interés en que me aleje de todo esto?

Solo he venido a buscar a mi hermana Brenda, a quien apenas conozco, y a saber quién era mi padre, con el que solo coincidí dos veces y al que asesinaron en una gasolinera.

Solo hay una persona que puede darme respuestas y no consigo verla cara a cara.

Albízar no tarda en preguntar:

—¿Quién?

—Alguien que, a la vez, me ha ayudado en otras ocasiones.

Un tipo extraño que aparece justo cuando más lo necesitas y que, al mismo tiempo, te infunde miedo para que dejes de buscar respuestas.

Me siento desamparada, sin ayuda. Imaginaba que me tenían localizada a través del móvil, por eso lo apagué hasta ahora.

Albízar exhala el humo antes de responder:

—Te diría que dejes todo esto y regreses a casa… pero sé que vas a seguir adelante.

Sus palabras carecen de reproche. Suenan a conocimiento, lo cual es peor.

—Sabes que tengo las manos atadas. Me he visto obligado a advertir a Teo, a Silvia y al inspector Olmedo que eviten ofrecerte apoyo o serán sancionados. Descarta esa vía. Siento mucho decirte esto: una queja más y tendré que tomar cartas en el asunto.

Marta aprieta los labios y pregunta:

—¿Me puedes decir quién te ha hablado de mí?

—Solo te diré que me he enterado de que esta mañana te has presentado en la Jefatura de Policía de Oviedo y has amenazado al comisario, que te has colado en Urgencias del hospital haciéndote pasar por familiar del subinspector Quiroga y que tú y tu hermana vais coleccionando nombres de personas a las que no les gustaría sentarse frente a ti.

Marta siente un escalofrío.

—¿Ves a lo que me refiero, Albízar? Esa gente esconde algo. Si no, ¿por qué se toman tantas molestias?

—Ándate con cuidado, Escudero.