El ladrón de destinos (Inspectora Escudero 7) 29
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El agua repiquetea contra el cristal con la misma insistencia con que Lara intenta ordenar sus pensamientos.

Las calles quedan atrás, envueltas en una neblina, mientras las luces se estiran sobre el asfalto mojado y se apagan al doblar una esquina.

Lara está en el asiento trasero, con la maleta pegada a la pierna y la bolsa del abrigo húmeda a sus pies.

Permanece orientada al frente sin fijarse en nada concreto.

La taxista rompe el silencio con un tono ligero.

—¿Te gusta leer?

Lara tarda en reaccionar. No está de humor para conversaciones, y menos para las amables. Aun así, responde:

—Hace tiempo que no cojo un libro por placer. Aunque mi vida podría protagonizar una novela de misterio… o más bien un drama.

La conductora suelta una risita y, lejos de ofenderse, parece encantada con el comentario.

—Deberías volver a hacerlo. Es mano de santo, ya verás. Yo me leo una novela cada dos o tres días, las devoro. Mi salud mental lo agradece.

Lara se vuelve hacia la ventanilla. El agua dibuja caminos torcidos que se cruzan y se borran. No le apetece llevarle la contraria a la mujer, pero tampoco quiere mantener la conversación.

—Ah, ¿sí?

—Sí, sí. Ahora estoy con una que pasa aquí, en Oviedo. Y empieza que no veas: encuentran muerta a una crítica literaria en su despacho, tirada sobre la mesa, con una pluma clavada en la espalda.

Lara alza las cejas para sí misma. La imagen le hace gracia por lo absurda y oportuna.

—Vaya.

—Es este. ¿Lo ves?

Hay un ejemplar apoyado sobre el tapizado.

La tapa negra tiene detalles verdes que brillan cuando les da la luz del salpicadero.

Lara lo observa un instante y vuelve a su ventana.

La escena se le queda grabada porque le recuerda lo evidente: a todos les parece que la vida se entiende mejor cuando la cuentan otros.

En el último momento, antes de salir del hotel, metió la mano en el cajón de la mesita y cogió su teléfono.

No estaba en sus planes, pero era una forma de llevarle la contraria a Marta.

Ahora, con el ruido del motor de fondo, arranca el papel de aluminio sin cuidado y lo deja arrugado en el bolsillo.

Cierra la pestaña de la tarjeta SIM con un clic y siente una satisfacción tonta, infantil… y real.

¿Quién coño va a triangular la red móvil a una exconvicta y actual opositora a una plaza pública de auxiliar administrativo?, piensa.

Pulsa el botón de encendido.

Marta siempre tiene un protocolo para todo, una recomendación o una norma, y Lara ha pasado demasiado tiempo asumiendo el papel de hermana paciente que escucha y obedece. Pero ahora no. Ahora decide ella.

El taxi deja atrás los edificios y se adentra en una zona más oscura y abierta.

—Llegaremos en un par de minutos.

Lara asiente sin volverse hacia ella. Su teléfono vibra al recuperar la señal y la pantalla se ilumina de repente.

Aparecen notificaciones, primero a cuentagotas y luego de manera continua.

Llamadas perdidas de su tía Gloria. Varias.

Lara piensa en la preocupación de su tía, que aún no sabe si han llegado bien a Asturias.

Luego, aparecen llamadas de Silvia, la compañera de Marta en Alicante.

Eso le incomoda más. Lara tuerce el gesto, como si la pantalla le señalara el problema, y está a punto de desbloquear el teléfono para ver la hora cuando la taxista la interrumpe con una frase sencilla.

—Oye, que ya llegamos.

Reduce la velocidad, se acerca lo justo para dejarla cerca y vuelve a buscarla por el espejo retrovisor.

—¿Llevas paraguas?

—No.

La conductora arruga la nariz con una mueca de compasión.

—Pues te vas a poner como una sopa.

Lara se fija en la casa e imagina la posibilidad de que no la dejen pasar de la cerca y en la ridícula imagen de verse allí tirada con la maleta. Tiene claro que no se ha metido en esto para darse la vuelta a la primera.

—Gracias por traerme.

—De nada, mujer. Suerte.

Recoge la maleta, la bolsa y sale al exterior.

El agua le alcanza de inmediato, así que se coloca la bolsa de plástico sobre el cabello mientras arrastra la maleta por el camino mojado.

El asa cruje y las ruedas se traban en las piedras.

No se detiene, cruza hasta el gran árbol que cubre la zona del timbre y se refugia bajo sus ramas, en busca de un mínimo respiro del agua.

El taxi desaparece por el camino y Lara queda a solas, con el sonido de la lluvia y con el corazón demasiado atento.

Da un paso hacia la verja. Observa el pulsador del timbre, la placa medio borrada y el barro que se adhiere a la suela de sus zapatos. Siente que está a punto de cruzar un límite del que no podrá retroceder.

Presiona el pulsador del portero electrónico.

En ese momento, una furgoneta de reparto se detiene a pocos metros, tan cerca que Lara siente el reflejo de los faros en las gotas que caen. La ventanilla del conductor baja despacio.

Un hombre asoma la cara.

Lara lo reconoce y da un pequeño paso hacia atrás.