El ladrón de destinos (Inspectora Escudero 7) 28
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La ropa de Lara ha desaparecido. No hay rastro de ella. La maleta tampoco está en el armario, ni debajo de la cama, ni apoyada junto a la pared donde la dejó al llegar. Marta abre y cierra puertas, aparta perchas, revisa el baño y la silla.

La chaqueta azul también ha desaparecido, la que cogió en casa de Brenda y que Marta recuerda en el perchero de la entrada.

Ese detalle le cierra el estómago. Lara ha tenido la sangre fría necesaria para recoger, guardar, cerrar cremalleras y salir sin mirar atrás.

Ha elegido un rumbo a espaldas de todos.

—¡Mierda!

—¿Qué pasa? —pregunta Fran desde la puerta, justo cuando Marta abre el cajón de la mesita con un tirón.

Ella revuelve dentro con brusquedad, aparta el cargador, los pañuelos, una tarjeta con la clave del wifi del hotel. Sus dedos palpan el fondo una y otra vez, por pura insistencia. Levanta la vista hacia la superficie.

—No está su móvil.

Con los dedos aún dentro del cajón, siente la preocupación subirle al pecho.

Si Lara se ha llevado la maleta y el móvil, puede haber regresado a casa, aunque también podría haberse lanzado a hacer lo que le ha prohibido desde el primer día: investigar por su cuenta.

Pueden reconocerla, seguirle el rastro, y Lara ni siquiera sabría detectar que camina en un tablero que no controla.

—¿Por qué no pruebas a llamarla? —sugiere Fran, paciente.

Con la vista fija del cajón, Marta saca su propio teléfono. El papel de aluminio cruje al rozarle los dedos. Lo sostiene en la palma y siente la ironía de haber llegado hasta ese punto con precauciones de manual, para terminar encerrada en una habitación de hotel donde todo se le escapa.

—A estas alturas, qué más da —dice en voz alta, más para convencerse que para explicarse.

Fran entra con cautela, y la observa a unos pasos. Desea ayudar, pero no sabe por dónde empezar.

—¿Estás bien?

Marta se sienta en el borde de la cama y desenvuelve el teléfono con rapidez. El aluminio se resiste y luego cede hasta dejar el aparato al descubierto. Coloca la tarjeta SIM con urgencia y acciona el botón de encendido.

En ese instante, suena la melodía del otro teléfono, el que compró en el bazar chino. Marta revuelve el interior del bolso hasta encontrar el dispositivo. Desliza el dedo y acepta la llamada.

—Soy Teo, ¿va todo bien por Asturias?

La voz de su compañero informático le llega limpia, y aun así, a Marta se le afloja un nudo por dentro.

Emite un suspiro que no sabe si es de alivio o de resignación, porque ese número de teléfono solo lo saben dos personas, y ninguna representa tranquilidad.

Una es Teo. La otra es Anselmo Bueres, y detrás de Anselmo está Brenda pidiendo un electricista a través de esa misma línea.

Si es Teo, al menos el problema tiene forma.

—Voy cayendo en picado y sin paracaídas. Así que dame buenas noticias o me haré el harakiri.

Fran la observa desde la puerta y percibe el cambio en su expresión. Marta mantiene la vista fija en el suelo, el teléfono pegado a la oreja, y escucha la breve risa contenida al otro lado.

—No será para tanto, jefa. Además, tú tienes siete vidas, como los gatos.

—Al lío, Teo.

Cuando él retoma la voz, lo hace más bajo, con esa prudencia aprendida a base de golpes.

—He tenido que ingeniármelas para no llamar la atención. Te advierto de que el comisario Albízar te ha nombrado esta mañana.

—¿Cómo que me ha nombrado?

—Recibió una llamada —explica Teo—. Yo estaba cerca y mencionó tu nombre antes de salir de la oficina.

A Marta se le escapa una maldición sin poder reprimirse, con la misma intensidad con la que se le acumulan los problemas.

—¡Mierda!

La frase de Teo la transporta de inmediato al despacho del comisario Blas Espinosa.

—¿Dijo algo más, o solo mi nombre?

—No llegué a oírlo todo —responde Teo—. Fue rápido. Salió con mala cara, y eso en él ya es significativo.

Marta sujeta el teléfono con más fuerza.

—Vale. Dime qué has encontrado.

—Me pediste información sobre tres nombres. He ido un poco a ciegas, pero creo que tenemos datos interesantes.

—Venga, Teo, ve al grano, por favor.

Marta apoya una libreta del hotel sobre la mesita y coloca el móvil contra la mejilla.

—Anselmo Bueres es una eminencia en el terreno de la abogacía. Me ha llamado la atención que tiene muy poco patrimonio.

—¿Qué quieres decir?

—Que, con más de treinta años de carrera y después de haber defendido a individuos a los que cobraba muy bien, figuran a su nombre una casa y unos pocos ahorros.

Marta empieza a anotar, sin ocultar su desconfianza.

—Es abogado. Seguro que tiene una empresa patrimonial con activos financieros.

—Hasta ahí no he llegado —admite Teo—, aunque puede ser.

En cuanto a Ricardo Moreno, siempre ha estado vinculado a la política.

Su vida laboral está llena de contratos como asesor en diferentes organismos públicos y, desde hace seis años, ocupa el puesto de consejero de Cultura.

Este sí tiene varios pisos, acciones y mucha pasta en el banco.

Vamos… que sería un caramelo para nuestros amigos de Hacienda.

Marta escribe tres signos de interrogación al lado del nombre.

—Te doy dos teléfonos y la dirección del domicilio familiar.

Teo los dicta y, mientras Marta anota, la pantalla de su teléfono personal se ilumina sobre la cama.

—Y ahora viene el tercero de la lista —continúa Teo—. El tal Nico Vergara. El tipo es un genio. Ya me gustaría tenerlo de compañero en la unidad.

—¿Por qué?

—Tiene cuarenta y cinco años, nació en Madrid y es ingeniero en telecomunicaciones. Trabajó para dos multinacionales y, atención, para el CNI… Hasta que se salió y montó una empresa de mantenimiento de sistemas. Estuvo vinculado a ella hasta hace cinco años.

Marta vuelve a escribir.

—La empresa mantiene contratos menores con edificios públicos del Principado. Entre ellos, la Jefatura de Policía, el hospital y varias bases administrativas.

A Marta ni siquiera le hace falta que repita. Se queda quieta, con el bolígrafo suspendido en el aire, y en su cabeza encajan piezas que no deberían hacerlo. Acceso físico. Contratos rutinarios. Puertas que se abren porque nadie sospecha de un técnico con acreditación y una mochila.

—Y aquí un dato curioso, jefa —dice Teo, con un tono que delata que ha encontrado la pista correcta—. Uno de los vehículos asociados a esa empresa es un Renault Mégane gris.

A Marta se le escapa una exclamación que no necesita contexto.

—¡Joder!

—¿Te vale la información? —pregunta Teo, con un punto de sorna.

—Sé que te guardas lo mejor para el final. Venga, Teo, dímelo ya.

—Es imposible acceder a servidores sin dejar rastro, ya lo sabes. Y este tipo lo deja… aunque usa otra identificación. Entra con un usuario registrado a nombre de Alfonso Munuera, un operario de la excompañía de Nico que vive a las afueras de Oviedo.

Marta vuelve a escribir, y el bolígrafo raspa con fuerza el papel.

—¿Y qué me dices con esto? —pregunta.

—Que Nico Vergara no tiene propiedades a su nombre ni tarjetas bancarias desde hace años. Su DNI y pasaporte están caducados. Se mueve con documentación falsa, y su único vínculo con una persona real es Alfonso Munuera. Al menos, utiliza su documento para acceder a las redes.

Marta cierra la libreta con la palma y, por fin, mira a Fran durante un segundo. Luego vuelve a concentrarse en el teléfono.

—Dame los datos de contacto de Munuera y cualquier dirección que tengas de Vergara, aunque sea antigua.

—Te los paso ahora —responde Teo—. Y, Marta… ten cuidado. Este no es un mindundi.

—Ya me he dado cuenta —murmura ella, sin humor, mientras se prepara para apuntar lo siguiente.

Teo sigue hablando al otro lado. En la habitación solo se escucha su voz a través del pequeño altavoz del móvil y el roce del bolígrafo contra el papel.

Fran se mantiene a unos pasos. Observa la libreta, la expresión de Marta y entiende que esa conversación no es una simple llamada.

Marta sujeta el teléfono ladeando la cabeza, deja el bolígrafo sobre la mesita y extiende la mano hacia su móvil personal, que acaba de encender.

La pantalla ha permanecido inactiva durante un tiempo, muda hasta entonces, lo que le había dado una falsa sensación de control. Sin pensarlo, lo desbloquea.

Entonces sucede.

La pantalla se llena de avisos del sistema y llamadas perdidas que no termina de contar porque la lista no deja de crecer. La mayoría son de Fran.

Marta se concentra y continúa deslizando el dedo.

Comisario Albízar.

Otra vez.

Y otra.

El nombre se repite sin descanso, acompañado de una interminable lista de horas y minutos: doce, quince, dieciocho… una veintena de llamadas perdidas, todas del mismo número, todas desde Alicante.

Marta se queda inmóvil, con el teléfono en la mano, porque ese hombre no llama veinte veces por cortesía, sino cuando ha tomado una decisión, cuando necesita respuestas o cuando ya las tiene y va a exigirte cuentas.

Y si Albízar la busca con esa insistencia, significa que el problema no se está acercando: ya la ha alcanzado.

Fran da un paso al notar el cambio en su rostro.

—¿Qué es? —pregunta en voz baja.

Marta guarda silencio. Se le han quedado las palabras atascadas. Consulta de nuevo la pantalla, con la esperanza absurda de que el nombre desaparezca, aunque sigue ahí, multiplicado, ocupando todo el espacio y dejándole claro que el cerco ha dejado de ser una sensación para convertirse en un hecho.

Siente que, de repente, cada decisión que ha tomado desde que llegó a Asturias vuelve para cobrarle el precio.