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Busca el bloque C pasando la vista de cartel en cartel, hasta que lo divisa al fondo, más allá del mostrador de Información. El ascensor queda a un lado, con una pequeña cola que se mueve con lentitud y una luz roja encendida que parece burlarse de ella.
Considera esperar, aguantar la impaciencia y confiar en que la suerte le dé paso. Sin embargo, el recuerdo de Quiroga se le cruza por la mente, y lo imagina con una bata demasiado grande, la mirada nublada y el cuerpo rendido por los calmantes.
Se lanza hacia la escalera y sube los primeros tramos, mientras escucha el golpe de sus zapatos contra el granito y el eco que rebota en las paredes.
Aminora el ritmo justo cuando la sombra del inspector Córcoles vuelve a imponerse como una visita indeseada.
Lo imagina con ese gesto altivo y esa sonrisa que convierte cualquier frase en amenaza, y vuelve a tener presente su advertencia de que es mejor que regrese a Alicante cuanto antes.
Marta sigue subiendo, agarrada a la barandilla. Cuando alcanza la quinta planta, encuentra un pasillo demasiado tranquilo, donde el silencio parece un reglamento.
La puerta se abre al cabo de unos segundos y aparece una enfermera. Marta necesita recuperar el aliento, pero más aún ver a su compañero, y alza la vista con los ojos enrojecidos, obligándose a hablar aunque la voz se le rompa en la boca.
—Vengo a visitar a Emilio Quiroga, de la habitación quinientos diecisiete.
La enfermera la mira unos segundos y evalúa la situación. Enseguida, niega despacio.
—Sé de quién hablas, aunque lamento informarte que se fue hace unos minutos.
La noticia la deja paralizada. Parpadea, incapaz de asimilar lo que acaba de oír, y al reaccionar, su voz sale tan baja que parece temer que el pasillo la devuelva convertida en vergüenza.
—¿Cómo que se fue?
—Lo trasladaron en ambulancia a una clínica para hacerle un escáner. Si deseas verlo, regresa por la tarde. El horario de visitas es de cinco a seis.
La inspectora nota sus uñas clavándose en la palma de la mano.
Se da la vuelta sin dar tiempo a que la enfermera le ofrezca ningún consuelo.
Recorre el pasillo, aún con el cuerpo vibrando por la carrera.
Cuando las puertas del ascensor se abren, entra con una certeza peligrosa que la martillea por dentro: «Esto no ha sido casualidad y alguien ha escogido el momento exacto para llevárselo».
En la entrada principal, se sube la cremallera de la chaqueta y, al girar hacia la puerta automática, se topa con una periodista que identifica de años atrás, de aquellos tiempos en los que las cámaras eran una molestia constante y cualquier titular podía arruinarte una carrera o salvarte una investigación.
Sostiene una carpeta con una fotografía que reconoce de inmediato: el arquitecto que sufrió el accidente en Gijón.
Marta se detiene bajo el alero, indecisa sobre cuál será su siguiente paso. A su espalda, la periodista pide a su compañero que prepare la cámara porque en cualquier momento aparecerá alguien para dar el parte médico.
El agua golpea el asfalto con un ritmo constante y la cola de taxis se extiende a un lado, con paraguas y rostros apagados.
Marta piensa en Lara en la puerta de la comisaría, en aquel corte seco, en su desaparición tras el golpe de realidad.
Su hermana tiene impulsos peligrosos cuando se siente acorralada y, aunque se repite que Lara es adulta, le inquieta la idea de que ande sola por Oviedo.
Es probable que haya ido al hotel, y eso le da un camino que seguir.
Necesita verla, comprobar que sigue allí, que al menos su hogar no se ha hundido también, y, de paso, cambiarse la ropa húmeda que se adhiere a su piel y comienza a enfriarla.
Marta se dirige hacia la cola de taxis cuando un claxon insistente interrumpe sus pensamientos.
El sonido se repite, acompañado de un parpadeo de luces desde el aparcamiento cercano. Fran saluda a Marta con la mano. Duda un instante y decide que, en ese momento, lo más sensato es acercarse a él.
Llega al coche con el corazón aún acelerado.
—¿Qué ha pasado?
Marta apoya una mano en el marco de la puerta y respira hondo antes de sentarse.
—Quiroga no está. Lo han trasladado a una clínica, justo antes de mi llegada.
—¿Estás bien?
Marta suelta una risa y lo niega mientras se sienta.
—No, pero no puedo detenerme.
Fran asiente despacio. Ella nota que quiere hacer más preguntas, indagar en esa herida, intentar cerrarla, aunque también percibe su contención.
Él sabe que está pisando un terreno que no es suyo, o que quizás ha dejado de serlo hace tiempo, y aun así sigue allí.
Volver a verla es un premio y no parece dispuesto a desperdiciarlo por miedo a incomodarla.
—¿Te acompaño a algún sitio?
Marta no duda esta vez.
—Al hotel donde nos hospedamos, cerca del Cristo del Naranco.
Fran arranca y pone el intermitente sin añadir un solo comentario. Ella observa la pantalla del móvil nuevo.
No hay notificaciones.
Ni un mensaje, ni una llamada perdida, ni siquiera ese parpadeo mínimo que indica que al otro lado se acuerdan de ti.
Marta aprieta el dispositivo entre los dedos y siente que la impaciencia cerrándole la boca del estómago.
Anhela la llamada de Teo con la información que le ha pedido, y el silencio prolongado le parece una mala señal.
No es normal que aún no le haya respondido.
Los acontecimientos a su alrededor no presagian nada positivo, y hasta la presencia de Fran le resulta, por un momento, un problema envuelto en papel de regalo.
Él la observa de reojo, procurando no invadir su espacio.
—¿Tienes hambre?
Marta niega antes de terminar de oír la pregunta. Le pesa la ropa húmeda, le pesa la cabeza, le pesa el estómago vacío, pero el hambre no es una prioridad cuando el miedo es lo único que está bien alimentado.
—Necesito ver si Lara ha ido al hotel y luego buscar el coche. No tengo hambre ni tiempo para comer. Estoy metida en un lío de narices y necesito tener claridad —dice y consulta el teléfono con la absurda esperanza de obligarlo a vibrar a fuerza de observarlo.
Fran asiente y deja que el motor y el agua contra los cristales hagan el resto. Se concentra en la conducción y mantiene una velocidad constante por las calles mojadas, mientras Oviedo pasa al otro lado del cristal, convertida de pronto en una ciudad más fría.