El ladrón de destinos (Inspectora Escudero 7) 26
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Lara entra empapada en la habitación del hotel, con el abrigo chorreando y la rabia subiéndole por dentro. Cierra la puerta y deja la tarjeta sobre el mueble de la entrada.

—Perfecto… El tipo aparece ahora. Menudo cabrón —dice mientras se quita el abrigo.

Lo deja sobre la silla, y el tejido suelta un goteo constante.

Se descalza, cruza hacia el dormitorio y abre la maleta.

En el baño, se seca el pelo a tirones con una toalla y se cambia de ropa con prisa.

Introduce lo mojado en una bolsa de plástico.

También empuja el abrigo dentro de la bolsa, porque no piensa cargar con él chorreando.

—Tantas semanas en el Congo… ni sí ni no. Sin ofrecer apoyo ni consuelo a Marta, que lo estaba pasando mal con la sanción. Y llega aquí, se planta bajo el aguacero y la abraza como si nada.

Las manos se le agarrotan al cerrar la bolsa. El taxi la espera abajo, y lo siente, aunque no lo vea: esa sensación de reloj ajeno que corre en tu contra. Cierra la maleta, fuerza la cremallera con la palma y respira hondo para no romperla.

Al girarse hacia la entrada, se fija en la percha.

Ahí cuelga la chaqueta azul de Brenda, seca e intacta.

Es de un azul limpio y elegante, de esos que destacan sin resultar chillones, con un corte sencillo y un forro suave que asoma en el cuello.

Lara la observa un instante. No piensa regalarle a su hermana ni una sola cosa más, ni una prenda, ni un hallazgo, ni un gesto.

La descuelga y se la pone. No abriga demasiado, pero le queda bien y, sobre todo, le sirve para salir con algo seco encima. Huele a perfume dulce y cuidado. Lara acerca la nariz al cuello y aspira con una calma que dura lo justo para reencontrarse consigo misma.

Cuando baja las manos, nota algo raro en el forro, un pequeño bolsillo interior a la altura del costado. Mete los dedos y tira con cuidado.

Saca un ticket doblado en varias veces.

La tinta está un poco desvaída. Se lee el nombre de un restaurante de Oviedo y una fecha de hace seis meses. Lara lo gira y, en el reverso, ve una dirección con letra escrita rápida:

«Fitoria 20-C».

Lara lee de nuevo, porque esa dirección es la de Anselmo Bueres. La casa. El hombre que se esconde tras cortinas que se mueven. Dobla el papel despacio y se lo guarda en el bolsillo interior de la chaqueta azul.

—Vale —dice, seria—. Pues al lío.

No va a esperar a que Marta la controle, ni a que Fran se convierta en otro ruido entre ellas.

Va a coger el toro por los cuernos y tirar del hilo sola, aunque le cueste una bronca, aunque no le hablen en un tiempo y aunque se estrelle.

Prefiere partirse la cara intentándolo antes que quedarse quieta viendo cómo otros deciden por ella.

Coge la maleta y la bolsa con el abrigo mojado y camina hacia la puerta. Está a punto de abrir, cuando dirige la vista hacia la mesita de noche…