El ladrón de destinos (Inspectora Escudero 7) 25
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El dolor que no se ve es el peor: ese que no deja moratones por fuera, pero va quebrándote por dentro como si giraran una tuerca invisible en el centro del pecho.

Marta Escudero lleva diez minutos en el aseo de la cafetería Orly, frente a la comisaría. Ha entrado con la excusa de secarse, aunque el papel de manos le sirve para ocultar el temblor. Lo que de verdad necesita es una trinchera donde nadie la mire mientras se deshace.

Se observa en el espejo del lavabo, con el pelo pegado a las sienes.

Repasa las últimas horas a la velocidad muda de una película acelerada: la finca de Anselmo, la cortina moviéndose, la propuesta indecente de Espinosa, la trituradora esperando, la preocupación con un Quiroga al que aún no ha visto, las llamadas que nadie coge, Fran apareciendo bajo la lluvia justo cuando menos margen tenía ante otra sacudida, Lara huyendo.

Todo se encadena y, cuanto más lo piensa, más siente que viaja en una montaña rusa sin frenos, directa hacia un abismo que desconoce.

Se apoya en la puerta del cubículo, con la frente pegada a la madera.

Tiene la sensación absurda de que, si se permite llorar de verdad, no va a saber parar.

Aun así, una parte de ella se rinde y deja salir unas lágrimas que se confunden con el agua que todavía le resbala por las mejillas.

Se limpia con el dorso de la mano y se obliga a recomponer la máscara.

Fran la espera fuera, apoyado en la barra con un café, decidido a hablar, a cerrar las grietas que la distancia abrió entre ellos. Ella lo sabe y le pesa saberlo, pero ahora mismo no tiene ni tiempo ni ganas de abordar también ese frente. Hay incendios más urgentes.

Se seca el pelo con papel, se arregla la camiseta frente al espejo y sale del aseo.

Fran se gira en cuanto la ve, con un destello de esperanza en el rostro.

Marta no quiere dejar espacio a dudas ni a escenas que no puede permitirse. Cruza el local y se planta a su lado, en la barra.

—Ha sido una mala idea que vinieras. Ahora mismo estoy en medio de un asunto muy serio y tú podrías empeorarlo todo.

Fran abre la boca, aunque no llega a intervenir. Ella continúa, atropellada, sin darle margen para decidir nada.

—Necesito espacio. Te prometo que, en cuanto vuelva a Alicante, lo primero que haré será llamarte.

Tengo muchas ganas de hablar contigo, con el tiempo y la claridad que esto merece, no así.

Ahora no tengo la serenidad que necesito.

En las últimas veinticuatro horas todo se ha complicado y, te lo juro, de mí depende que se arregle o no.

El tiempo está en mi contra y tengo que reaccionar.

Así que te pido que te vayas y me dejes tranquila.

No hay reproche por parte de Fran, apenas una tristeza y un cansancio que no tiene nada que ver con el viaje.

Asiente despacio.

No protesta, no la acusa, no le devuelve ninguna frase hiriente. Le pide, con voz baja, que le permita acompañarla al coche, al menos hasta estar seguro de que ella no termina sola en mitad de la calle. Marta duda. Está a punto de negarse también a eso, pero al final cede con un leve asentimiento.

Salen de la cafetería juntos y empiezan a buscar el coche.

Primero en la calle principal, después en la perpendicular y en la siguiente.

Bajan hacia la plaza de la Escandalera, vuelven a subir hacia el campo de San Francisco, revisan esquinas, dobles filas, vados.

Cada vez que distingue un coche blanco de tamaño similar, el corazón le da un salto absurdo que luego se desploma al comprobar que no es el suyo.

A los pocos minutos, Marta decide que lo lógico es que Lara se haya ido al aparcamiento de El Corte Inglés.

Pregunta al vigilante si ha visto entrar un Golf blanco.

El hombre levanta los hombros. Recorren las plantas del aparcamiento accionando el pulsador de la llave a la espera de que las luces del coche se enciendan, sin suerte.

Prueban en el parking subterráneo de la plaza de la Escandalera.

Otra ronda por pasillos de hormigón, luces fluorescentes y columnas numeradas.

Tampoco allí encuentran señal del coche.

Marta consulta el reloj: el horario de visitas del HUCA ya ha empezado.

Cada minuto que pierde le parece un brazo más que la separa de la cama de Quiroga, de su única posibilidad de verlo frente a frente antes de una nueva sedación o de que le prohíban verle.

Cuando salen a la calle, Marta se detiene en la acera.

El aguacero ha amainado y ahora cae una cortina fina de agua que parece burlarse de ella.

Se vuelve en dirección a la comisaría, luego al tráfico que sube por la ronda del Naranco.

Allí, al fondo, imagina el hospital, con sus pasillos blancos y sus puertas numeradas, cada vez más lejos, igual que un tren que acaba de perder.

—Necesito llegar cuanto antes al hospital de Oviedo.

Fran señala con el dedo la zona donde tiene el coche aparcado, unas calles más arriba, y empieza a andar en esa dirección.

Ella lo sigue con la vista fija en el horizonte y la sensación constante de que el reloj, ahora mismo, es el peor de sus enemigos.

Fran se convierte en el único aliado que le queda a mano.

Él conduce sabedor de que cualquier volantazo innecesario puede avivar el incendio que Marta lleva dentro.

—¿Qué hacías en la comisaría? —pregunta ella, con curiosidad.

—He intentado llamarte muchas veces. El móvil está apagado. También probé con el de Lara.

Marta baja la mirada hacia su bolso. No se molesta en justificarlo.

—Estaba seguro de que tarde o temprano hablarías con Quiroga. Pensé que si alguien podía ayudarme a localizarte, sería él. Al ver que no tenía forma de contactar con ninguno de los dos… decidí ir a la comisaría. Apenas llevaba cinco minutos cuando te vi salir.

Marta asiente muda. La imagen de Lara soltando el paraguas y las llaves sigue clavada en su memoria. Cada vez que parpadea, la ve girarse y echar a correr, huyendo de ambos. Prefiere fijarse en la ventanilla.

Fran respeta esa distancia. Solo rompe la inercia para confirmar una salida:

—¿Es esta?

—Sí. Luego sigue todo recto, no tiene pérdida.

El coche se incorpora a la vía de acceso y las indicaciones del hospital empiezan a repetirse.

—¿Te dejo en la puerta?

—Aparca aquí mismo.

Él asiente y encaja el coche entre dos vehículos.

—Gracias por traerme —dice ella, de espaldas a él—. A partir de aquí, me las apaño sola.

Fran no discute. Inclina levemente la cabeza.