El ladrón de destinos (Inspectora Escudero 7) 24
44%

24

El cielo ha decidido venirse abajo al mismo tiempo que Marta. Las gotas rebotan contra la acera, los coches y los escalones de la Jefatura, produciendo un golpeteo que lo cubre todo.

Marta se detiene bajo el pequeño voladizo de la puerta principal. Busca el Golf con urgencia, primero en la zona de vehículos oficiales, donde lo dejó mal aparcado hace unos minutos. No está. Vuelve la vista hacia la calle de al lado, recorriendo las filas de coches en busca de Lara.

Da unos pasos hacia la esquina y se asoma a la calle colindante. Más coches, más agua, más ruido de motores salpicando charcos. Ni rastro del coche ni de Lara.

—No… —susurra, aunque no sabe si lo dice por el coche, por su hermana o por ella misma.

Los puños se le cierran solos, al punto de clavarle las uñas en la palma. Necesita estrellar la rabia contra una pared, un retrovisor o la cara satisfecha de Espinosa al ver los documentos desaparecer en la trituradora.

Tiene la sensación de que todo se desmorona a la vez: Quiroga en el hospital, Brenda desaparecida, Anselmo cerrando puertas, Lara quizá enfadada y perdida por la ciudad…

Una mano se posa en su hombro, por detrás.

Marta se gira en seco, preparada para soltar un empujón, un insulto, lo que sea necesario.

Y entonces lo ve.

Fran está ante ella, con la expresión brillante incluso bajo la cortina de agua.

La sonrisa le ocupa casi toda la cara, enmarcada por una barba que Marta solo ha visto crecer a través de la pantalla, en videollamadas intermitentes desde el Congo: más espesa, más desordenada de cerca, con mechones más claros en la barbilla.

Lleva una cazadora empapada en los hombros y el pelo revuelto, pegado a la frente.

Quiere gritarle. Preguntarle qué demonios hace allí, por qué ha elegido ese momento para aparecer.

También quiere abrazarlo, enterrar la cara en su cuello y decirle que ha tenido miedo.

Nada de eso sale.

Siente las lágrimas empujando, buscando salida, mezclándose con el agua que le escurre por la cara. Aun así, se contiene. No en mitad de la calle, no delante de la Jefatura, no delante de nadie.

Fran abre por fin los labios para hablar. Marta ve cómo se le endurece el gesto buscando la forma menos torpe de decir lo que piensa. Sus manos se adelantan un centímetro, luego otro, queriendo acortar la distancia, aún pendientes de una señal.

Ella no se la da. Está demasiado bloqueada.

Por eso entiende que hablar ahora sería un error.

Deja de dudar y la abraza con decisión. El pecho de Fran es un muro cálido contra el que Marta choca y siente un refugio.

Durante un momento permanece rígida, con los brazos pegados al cuerpo, incapaz de encajar el abrazo. Luego, muy despacio, sus dedos se cierran sobre la cazadora de Fran, en la parte alta de la espalda.

El agua los empapa a ambos. La acera brilla, las luces de los coches se desdibujan en charcos que parecen espejos rotos.

Algo cambia en el ambiente.

Abre los párpados despacio.

A pocos metros, justo en la esquina del edificio, aparece Lara.

Lleva un paraguas azul abierto sobre ella y otro en la mano derecha, cerrado, goteando. Camina en dirección a Marta, con el gesto concentrado de quien lleva rato buscando y por fin da con ella. Se detiene al verlos.

La mirada viaja del abrazo al rostro de Marta, luego al del hombre, todavía incapaz de situarlo, y vuelve a su hermana mientras intenta reordenar un puzle imposible.

Fran afloja el abrazo cuando nota que ella se queda rígida. Marta da medio paso atrás, suficiente para que la escena cambie para Lara, que por fin ve la cara del hombre.

Y ese hallazgo lo altera todo.

Los párpados de Lara se agrandan primero, sin poder creer lo que está viendo. Luego se estrechan, afilados por el enfado. Un enfado súbito, visceral, que le sube al rostro como una llamarada. El paraguas cerrado cae de su mano antes de que pueda reaccionar. Rebota en el suelo con un golpe húmedo.

Las llaves del Golf siguen el mismo camino y golpean el asfalto antes de quedar inmóviles en un charco.

—Lara… —dice Marta en voz baja.

Su hermana ya ha reaccionado dando un paso atrás, con la respiración acelerada y los labios sellados. El agua le resbala por la cara, sin borrar la expresión de profunda traición que descoloca a Marta más que cualquier grito.

Lara retrocede dos pasos más, gira sobre los talones y echa a correr en dirección contraria. No vuelve la cabeza, ni siquiera para esquivar un charco que la empapa hasta las rodillas.

—¡Lara! —grita Marta, y la voz se le rompe.

Fran se mantiene firme a su lado, dudando si seguirla o esperar. Marta siente que el suelo se mueve bajo sus pies.

Fran observa, con la preocupación marcándole las cejas. Marta, en cambio, solo alcanza a fijarse en el punto donde su hermana ha desaparecido tras la cortina de agua. Y siente un miedo que nada tiene que ver con su trabajo.

Un miedo íntimo.

El de perder lo único que todavía no ha aprendido a cuidar.