23
El comisario levanta la vista de una montaña de expedientes. Es un hombre robusto, de rostro severo y mirada que parece verlo todo y juzgarlo al mismo tiempo. No resulta antipático, aunque tampoco derrocha simpatía. Tiene presencia de mando.
Marta entra con toda la electricidad aún recorriéndole la espalda.
—Necesito hablar —dice y cierra la puerta tras de sí.
Espinosa señala la silla frente al escritorio.
—Tú dirás.
La silla es la misma que Marta ocupó en decenas de reuniones con otro comisario que destruyó más cosas de las que construyó. La tensión muscular regresa a ella como un reflejo condicionado.
—Ha ocurrido algo muy grave con Quiroga y no pienso permitirlo.
Espinosa apoya las manos sobre la mesa y cruza los dedos con calma.
—Me lo imaginaba. Desde que supe que andabas por Oviedo, estaba esperando que entraras por esa puerta.
Y no creas que lo que dices me pilla por sorpresa.
He oído hablar de ti —continúa Espinosa, sin apartar la vista de ella—.
Aquí tienes muy buena fama. Mujer fuerte, comprometida… y bastante testaruda, ¿o me equivoco?
Marta no responde. No está aquí para que le pasen revista.
—No sé si lo sabes —prosigue él y apoya los codos en la mesa—, pero el subinspector Quiroga no pasa por un buen momento. Ayer perdió los papeles. Si quieres, podemos subir a Informática para que te muestren la grabación de las cámaras de seguridad.
—Lleváis semanas acosándolo —salta Marta, antes de que termine.
Espinosa alza una ceja.
—¿Eso te dijo? Vaya… —Niega muy despacio—.
Escucha, Escudero, suma ya tres apercibimientos por desobediencia y por saltarse cauces.
Y no me gustaría verme en la situación de tener que abrirle un expediente.
Te aseguro que tampoco me apetece añadir más leña a ese fuego.
Yo mismo le aconsejé varias veces que pidiera una baja y buscara ayuda profesional.
Tú, más que nadie, sabes lo exigente que es este trabajo y la presión a la que estamos sometidos.
—Sé lo exigente que es, y por eso estoy aquí. ¿Qué sucedió exactamente?
Espinosa la estudia y sopesa cuánto contarle y cuánto callar.
—¿De verdad quieres saberlo?
No es una frase retórica; suena a aviso.
—Por eso he venido —responde Marta, sin pestañear.
El comisario exhala por la nariz, abre un cajón del escritorio y extrae una carpeta marrón con una etiqueta blanca en el lomo. De su interior toma varios folios grapados, encabezados por el sello oficial de la Jefatura.
—Parte interno preliminar —explica—. Ayer por la mañana, pasadas las dos y media, en el pasillo de la primera planta, entrevista informal con Quiroga.
—Pasa la vista por el primer renglón—. Según las declaraciones, él está exaltado, eleva la voz, acusa a un superior de connivencia con delincuentes, se niega a obedecer instrucciones directas.
Al final, le da un puñetazo a la pared, se autolesiona, se muestra agresivo…
y ya sabes el resto: intervención de compañeros y traslado al hospital.
Marta siente que se le hiela la sangre al escuchar la misma historia que le escupió Córcoles, ahora envuelta en lenguaje administrativo.
—Eso es lo que queréis que conste.
—Es lo que está declarado —corrige el comisario, que gira los folios y los empuja hacia ella—. Puedes echarle un vistazo. Todavía no lo he cursado. Quizá consigas convencerme de que no lo haga.
Marta coge el documento y nota la textura áspera contra la yema de los dedos, la de algo sucio.
Baja la vista y empieza a leer.
Aparece el nombre completo de Quiroga, su número de carné profesional, la unidad, la hora exacta de los hechos.
Después, el relato: «El subinspector muestra un comportamiento nervioso e inestable…
», «profirió expresiones ofensivas hacia la figura del comisario…
», «se golpeó voluntariamente en el rostro contra el marco de la puerta…
». Cada frase construye una imagen de un hombre desequilibrado que no encaja con el compañero que ella conoce.
Alza la vista hacia Espinosa.
Él la observa sin apartar las manos del centro de la mesa. En su expresión no hay triunfo ni tampoco compasión.
—Tengo las declaraciones de los agentes presentes —añade—. Córcoles, Valdés y un par más. Todos coinciden en lo esencial.
—Claro que coinciden —reprocha Marta—. Ensayar una versión común siempre ayuda.
Deja pasar unos segundos y regresa al texto. En un margen han subrayado con bolígrafo los términos «recomendación de valoración psiquiátrica» y «posible inhabilitación temporal». No parece el trazo de alguien que duda.
Marta se ve a sí misma en la puerta de Psiquiatría, con Córcoles luciendo placa y falsedades, y Quiroga entre sedantes en una cama que todavía no ha visto. Cada imagen encaja con una línea de ese informe, escrito para justificarlo todo después, nunca antes.
Deja los papeles sobre la mesa, pero no los suelta del todo, y levanta la mirada hacia el comisario.
—Esto no es un parte. Es una coartada.
Espinosa no se apresura a negarlo. Se limita a observarla y dejar que la palabra «coartada» resuene en el despacho.
—Por eso te lo enseño antes de registrarlo. Para que entiendas dónde estás metida.
Sus dedos tamborilean una vez sobre el borde de la carpeta y luego se detienen. El movimiento dura menos que un parpadeo, aunque Marta lo percibe con la nitidez de un disparo de salida.
—Llegados a este punto, te planteo dos opciones. Sé que eres una mujer inteligente y sabrás elegir la adecuada.
Señala los folios que Marta aún sujeta.
—Puedo llevar este parte a registro y dejar que siga por los cauces legales… o podemos dejarlo caer en aquella trituradora de papel que tienes a tu espalda.
Marta se gira un poco. En la esquina del despacho, junto a un archivador metálico, se alza la trituradora: un rectángulo negro y gris, con una boquilla estrecha y una papelera transparente a medio llenar de tiras blancas.
—Lo dejo en tus manos —añade él.
El documento pesa entre los dedos de Marta. Podría levantarse, cruzar tres pasos, introducir esos folios por la ranura y escuchar cómo el mecanismo los convierte en basura irreconocible. Bastarían unos pocos segundos para borrar el rastro de lo que han hecho con Quiroga.
—¿Qué quieres a cambio?
Espinosa sonríe.
—Nada que no te convenga. Asturias es un lugar precioso para pasar un par de días de ocio con tu hermana y regresar a Alicante con el estómago lleno. —Se reclina en la silla y lleva ambas manos a la nuca—. Creo que este es tu segundo día aquí, ¿no?
Marta no contesta.
—Mi propuesta es sencilla. Tú me aseguras que no vas a remover más este asunto. Que vuelves a tu destino en Alicante, donde haces muy bien tu trabajo y cobras a fin de mes. Y que vas a hablar con Quiroga, cuando puedan darle el alta, para convencerlo de que coja una baja larga y que se trate.
Hace una pausa mínima, suficiente para que la propuesta se acomode.
—Si me prometes eso, este parte desaparece. —Toca con un dedo el papel que Marta sostiene—. Sin expediente, sin propuesta de inhabilitación, sin nada que pueda perseguirle en un futuro concurso de méritos. Un mal día… documentado a medias en un archivo médico.
A Marta se le encoge el pecho. La oferta suena demasiado limpia. Demasiado lógica. Casi amable.
Y, sin embargo, le sabe a chantaje.
—¿Y si digo que no? ¿Si decido que necesito la verdad completa y algo más que un apaño?
Espinosa baja de nuevo las manos al escritorio.
—Entonces dejaría que el sistema funcione como siempre.
Registro el parte, le doy curso y la maquinaria disciplinaria empieza a girar.
Con los testimonios que tengo, con la grabación de las cámaras y con el informe médico, la versión de «brote» agarra muy bien.
Y ya sabes cómo acaba eso. —La encara directamente—. No hace falta que te lo explique.
Marta cierra la mano sobre los folios hasta deformarlos. Imagina a Quiroga leyendo, dentro de unos meses, la notificación de inhabilitación temporal por trastorno mental, o un traslado forzoso a un destino muerto, de esos que te apagan sin hacer ruido. Imagina su cara cuando lo obliguen a firmar.
Imagina también otra escena: ella misma cruzando ese mismo pasillo, un día no muy lejano, con una denuncia bajo el brazo, pidiendo explicaciones por cada línea de ese informe, por cada decisión tomada sobre su compañero.
Ve puertas cerrándose, miradas de reojo, sonrisas frías.
Ve a Blas Espinosa, sobre todo, observándola con esa superioridad que siempre va a su favor.
—No es justo —dice ella en voz baja.
—Es lo que hay.
El despacho se le hace pequeño. Las paredes se acercan, las vigas crujen sobre sus recuerdos y la sombra de Menéndez se cuela por las esquinas.
Una parte de ella quiere levantarse, descargar el puño contra la mesa, arrancar ese parte de la carpeta y lanzárselo a la cara al comisario.
Otra, más cansada, solo ve la imagen de Quiroga en la cama del HUCA.
Espinosa parece leer ese combate interno.
—No te pido que traiciones a nadie. Te pido que lo protejas a él… y a ti.
Marta aparta la vista y se fija en la trituradora. Sobre la bandeja ve el borde de una hoja recién cortada, con letras negras que ya no forman palabras.
Bastaría con levantarse.
Solo eso.
—Necesito que tomes una decisión, Escudero —insiste el comisario—. No voy a repetir la oferta.
El reloj de pared marca las once menos cuarto. Dentro de poco empezará el horario de visitas en el hospital. Quizá Marta aún pueda ver a su compañero, quizá no. Todo depende también de lo que haga con esos folios.
Respira hondo. Recuerda el primer día que cruzó ese despacho con el comisario Menéndez al mando, la sensación de pequeñez, de estar entrando en territorio enemigo. Hoy no se ve pequeña. Se siente dividida.
Sus dedos se aflojan un poco sobre el borde del parte. Durante unos segundos, Espinosa cree que va a levantarse.
Marta no se mueve.
Se queda sentada, con el documento entre las manos y la mirada clavada en el comisario, atrapada en una encrucijada que no admite solución limpia. Sabe que, haga lo que haga, algo se va a romper para siempre.