El ladrón de destinos (Inspectora Escudero 7) 22
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Las ruedas del Golf chirrían cuando Marta pisa el asfalto de la carretera de Fitoria.

El coche sale de la finca con un tirón brusco, impulsado por la prisa que ella tiene por alejarse de aquella casa, hasta el punto de olvidar que no viaja sola.

El motor sube de revoluciones y el sonido llena el interior del vehículo, lo que no invita precisamente a la calma.

Lara permanece callada. Lleva el cinturón bien ajustado, y aun así se aferra con una mano a la maneta del techo, sintiendo cómo la inercia la empuja hacia un lado en la primera curva.

Mira de reojo a su hermana y le cuesta reconocerla.

Marta conduce con las facciones crispadas: la mandíbula tan apretada que se le marca un músculo junto a la oreja, los labios en una línea recta, sin rastro de ironía ni de ese humor seco que suele mostrar en los peores momentos.

Los ojos, muy abiertos y con las pupilas contraídas, parecen aún clavados en la repisa de la chimenea, la placa de plata y la cortina que se ha movido en la ventana.

El barrio de casas dispersas queda atrás con rapidez.

Las fachadas se convierten en un borrón amarillento cuando Marta pisa el acelerador en la recta que desemboca en Oviedo.

Sus manos aprietan el volante con tanta fuerza que los nudillos se han puesto de un blanco casi enfermizo.

El pulgar derecho golpea una y otra vez el plástico, un tic nervioso que la delata mejor que cualquier grito.

El coche toma la siguiente curva sin reducir apenas la velocidad.

—¿Adónde vamos ahora? —Lara alza la voz para hacerse oír por encima del motor.

Marta no responde. Tiene la respiración acelerada. No hay lágrimas, ni siquiera un insulto mascullado. Queda un silencio que parece mucho más peligroso que cualquier estallido de rabia.

La carretera desemboca en una rotonda. Marta entra en tercera, con el pie todavía hundido en el acelerador, y el coche se inclina hacia la derecha. Un vehículo plateado frena en seco para dejarla pasar. El conductor levanta la mano en un gesto indignado que ellas captan por el rabillo del ojo.

—¿Hace falta correr tanto? —insiste Lara, que se aferra aún más a la maneta.

La respuesta no llega. Marta observa el semáforo que tienen delante, que parpadea en ámbar antes de iluminarse en rojo.

Podría frenar, porque tiene espacio, margen y tiempo de sobra.

En lugar de hacerlo, carga un poco más el pie en el acelerador y cruza la intersección justo cuando la luz cambia.

Un coche que esperaba para incorporarse toca el claxon con furia y el sonido se queda atrás en cuestión de segundos.

Lara siente un latigazo en el estómago.

—Marta…

—Necesito llegar —masculla al fin la inspectora, sin mirarla, con una voz ronca que Lara casi no reconoce—. Tengo que impedir que nos cierren otra puerta.

El Golf devora metros en cuanto entran de lleno en Oviedo.

La ciudad aparece de golpe, con fachadas elegantes, marquesinas, semáforos encadenados y pasos de peatones que obligan a frenar a cualquiera…

menos a Marta. Ella se cuela entre taxis y autobuses como si supiera de memoria cada hueco, teñida de rabia.

En un par de minutos están en pleno centro, bordeando el campo de San Francisco.

Los árboles desnudos se suceden mientras el coche los refleja en el parabrisas.

Lara reconoce la verja negra del parque, la plaza de la Escandalera y la estatua que Marta señaló ayer desde el coche con una ternura que ahora parece de otro mundo.

La Marta que conduce ya pertenece a otra parte. Ha dejado atrás a la que hablaba de sidrerías, de nieblas y de bollos preñaos. Esta Marta es una flecha dirigida al blanco.

—Ahora te quedarás en el coche —anuncia, con los ojos clavados en el frente mientras gira hacia la calle donde se alza el edificio de la Policía Nacional—. Si se te acerca un policía, lo arrancas y te metes por esa calle. —Señala de memoria—. Al aparcamiento de El Corte Inglés.

Lara endurece la mirada.

—¿Y tú? ¿Dónde vas?

—A la comisaría. Tengo que hablar con alguien.

—Marta… ¿Qué coño vas a hacer? ¿No has escuchado la advertencia de ese hombre? Dijo que era mejor que regresaras a…

—¡A la mierda con todo, Lara! —estalla, y descarga la base de la mano contra el volante.

La explosión retumba dentro del coche. Marta pisa el freno al borde de un paso de peatones, y la frenada es tan brusca que ambas se van hacia delante.

—Mi amigo Quiroga está injustamente retenido en el hospital. Y no pienso permitirlo.

—Tienes que tranquilizarte —dice Lara, y la frase suena extraña y absurda viniendo de ella.

Marta se ríe, una risa breve y rota, que no tiene nada de humor.

—Déjame en paz y no te metas. —Acelera de nuevo—. Aparca y ve a comprar carbayones o casadiellas. Si me pierdes, regresa al hotel. Ya iré cuando pueda.

—¡De eso nada! —contraataca Lara, enderezándose en el asiento y todavía aferrada a la maneta—. Yo me quedo contigo. Las dos estamos metidas en esto.

Marta frena al llegar al edificio de la Comisaría de la Policía Nacional de Oviedo, en la zona destinada a vehículos oficiales. Varios agentes uniformados se vuelven hacia ellas.

Marta asume ese riesgo sin darle importancia.

—Estás equivocada, Lara —dice con la vista al frente, mientras apaga el motor y el zumbido cesa de golpe. El silencio repentino asusta tanto como la velocidad de hace un momento—. Tú todavía te mantienes al margen. Así que no te metas.

Lara abre la boca para responder, pero Marta continúa:

—Esto se ha convertido en algo personal. Y voy a solucionarlo por las buenas o por las malas.

Abre la puerta antes de que Lara pueda frenarla. Sale del coche con un movimiento violento y cierra de un golpe. El llavero del Golf queda colgado en el contacto y se balancea de un lado a otro.

Lara observa a su hermana caminar hacia la entrada del edificio policial. Los agentes siguen su avance, aunque Marta no se detiene ante ninguno. Ni siquiera titubea al cruzar la puerta automática.

Lara permanece sola en el coche, con el motor muerto y el llavero que todavía choca contra el salpicadero con cada vaivén. Tiene las manos aferradas a las piernas, indecisa entre obedecer a Marta o correr detrás de ella.

El corazón le late con la misma aceleración con la que su hermana conducía hace un minuto.

Marta empuja la puerta de la Jefatura Superior de Policía de Asturias. El oficial que custodia el acceso alza la vista, la reconoce y le dedica un saludo rápido que Marta responde de forma mecánica. No viene a socializar.

El eco de sus pasos se amplifica en el recibidor. Las paredes siguen igual, con paneles beige y tablones de anuncios abarrotados; el enclave de siempre donde los policías de uniforme entran y salen con prisa.

Sube los escalones de dos en dos. El primer piso se abre ante ella.

Allí, a la derecha, estaba su antiguo despacho: el de la UDEV / Homicidios, el lugar donde pasó noches enteras con Quiroga resolviendo casos que todavía podría recitar de memoria.

El marco de la puerta sigue torcido, igual que entonces.

Un policía joven se cruza con ella y la mira con curiosidad, quizá intentando recordar de qué unidad era esa mujer. Marta no frena. No frena porque si se queda inmóvil un segundo, se rompe.

A mitad del pasillo, una voz que conoce bien interrumpe su avance.

—¿Escudero?

Marta se vuelve. Rubén Campomanes, uno de los veteranos de Homicidios, sale de una oficina con una carpeta bajo el brazo. Aunque tiene más canas en la barba, conserva la misma expresión afable.

—Rubén… —dice ella, incapaz de encontrar un tono neutro.

—Pensé que estabas en la costa levantina. ¿De visita?

—Algo así —responde ella, con un leve gesto hacia adelante, señal invisible de que no tiene tiempo para detenerse.

Rubén capta el mensaje enseguida.

—Si buscas al comisario, está en su despacho —añade en voz más baja—. Y te aviso… Hoy ha tenido bronca con medio mundo.

—Perfecto —dice Marta, manteniendo el paso.

El pasillo conduce al fondo, donde el nombre «Comisario Jefe. Blas Espinosa» aparece grabado en una placa nueva.

Antes, cuando ella formaba parte de la plantilla, allí figuraba «Comisario Menéndez», piensa Marta.

Y la punzada es tan inmediata que tiene que respirar hondo.

Aquel despacho fue escenario de humillaciones, de gritos…

Su recuerdo conserva incluso el olor de entonces, a colonia cara y soberbia.

Menéndez fue el motivo por el que decidió abandonar la comisaría y tomar distancia.

Ahora, la puerta está entreabierta.

Marta toca dos veces y entra antes de recibir respuesta.

—Vaya —dice Blas Espinosa, ladeando una ceja—. La famosa Escudero.