El ladrón de destinos (Inspectora Escudero 7) 21
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El camino de cemento asciende con una pendiente suave a través de la vegetación. A un lado, un murete cubierto de hiedra, y al otro, una hilera de arbustos recortados.

Marta avanza unos pasos por delante, con la atención repartida entre el entorno y los sonidos que provienen de la casa.

Se cuida de no resbalar con las pequeñas piedras sueltas del suelo y mira de reojo lo que los setos alcanzan a mostrar: una jardinera oxidada, un montón de macetas vacías y un trozo de manguera abandonada.

A la derecha, bajo un techado de chapa sostenido por pilares de obra, hay dos coches cubiertos por lonas grises que llegan hasta el suelo. Resulta imposible adivinar la marca o el color, apenas las curvas de las carrocerías.

La puerta principal se abre antes de que ellas tengan que llamar.

En la entrada se recorta la figura de una mujer.

Es morena, de estatura baja, con el pelo recogido en un moño que deja escapar varios mechones junto a las orejas.

Lleva una bata estampada con flores grandes de colores vivos que contrastan con la sobriedad del exterior.

Sus pies se hunden en unas zapatillas de casa desparejadas: una azul y otra gris.

—Buenos días. —Acompaña el saludo con una sonrisa que se queda a medio camino entre la cortesía y la prevención.

Marta capta el matiz de inmediato. Aquello tiene más de protocolo que de hospitalidad. La mujer se aparta lo justo para dejarles paso.

El interior de la casa las envuelve con un olor a estofado, a caldo que lleva horas al fuego, a pimentón tostado.

Marta se detiene en el umbral, sorprendida por la sacudida que ese aroma provoca en su memoria.

A su lado, Lara inspira hondo y se queda en silencio.

Esas notas de guiso y leña las devuelven a la cocina de sus abuelos, a inviernos en los que todo parecía más sencillo.

El salón se abre a la izquierda, amplio y austero.

Las paredes de piedra vista dan la sensación de estar en una casona antigua reformada a medias.

Unas vigas de madera maciza cruzan el techo, oscuras por los años y el humo.

En una esquina, una estufa de leña ocupa un pequeño podio de ladrillo.

Sobre ella descansa un cazo ennegrecido.

Al fondo, una mesa robusta de madera domina la estancia, rodeada de cuatro sillas desparejadas.

Hay pocos adornos: unos libros desordenados en una balda baja, un par de cuadros de paisajes y una alfombra deslucida frente al sofá.

—Esperad un momento. Sentaos ahí.

Lara obedece y se deja caer en el sofá de tres piezas, algo rígida, con las manos sobre las rodillas. Marta permanece unos segundos de pie y, al final, se sienta en el borde del asiento, en un ángulo desde el que puede ver tanto la puerta como el resto del salón.

Mientras la mujer se aleja por el pasillo, Marta observa la foto de Anselmo con un grupo de personas trajeadas recibiendo un premio, una pila de expedientes atados con gomas junto a la mesa y una carpeta azul abierta por la mitad, con esquinas dobladas.

Falta la televisión, aunque sí hay un viejo equipo de música con un lector de CD y una pila de discos de música clásica.

El objeto que más llama su atención está sobre la repisa de la chimenea: una placa de plata apoyada en un soporte de madera.

Lee en voz baja:

—Iberian Lawyer Labour Awards concede el premio Lawyer of the Year a don Anselmo Bueres y su despacho por su excelencia profesional…

Escucha un crujido en el pasillo. Son pasos que se dirigen hacia el salón.

Marta se gira.

El hombre que aparece en el marco de la puerta es el mismo que la observaba hace unos minutos desde la ventana.

De cerca parece más bajo de lo que aparentaba, pero su presencia llena la estancia.

Tiene la espalda encorvada y la barba suaviza la dureza de sus facciones, aunque deja ver zonas donde la piel se ha irritado.

Viste unos pantalones de pinzas oscuros y un jersey de lana gris claro, cedido en los codos, sobre una camisa abotonada.

Lo que más llama la atención a Marta son los ojos verdes del abogado, enmarcados por unas ojeras cargadas de desconfianza y cansancio, también una lucidez que desmiente la imagen de hombre derrotado que ofrece el resto de su cuerpo.

Da un par de pasos hacia el centro del salón. La mujer de la bata asoma detrás de él, a medio pasillo.

Marta se adelanta también, hasta situarse a la misma distancia de la mesa que él.

—Señor Bueres —saluda, y le extiende la mano.

Él se fija en ella y finalmente se la estrecha. La piel está fría y seca.

—Anselmo —corrige—. Aquí todos me llaman Anselmo.

Su voz suena más firme al natural que a través del teléfono.

Lara se incorpora un poco en el sofá, incómoda.

—Ella es Lara, mi hermana.

Anselmo asiente y se inclina para saludarla también. El contacto es breve.

—Sentaos, por favor.

Las hermanas vuelven al sofá. Anselmo ocupa un sillón individual frente a ellas.

—¿Qué tal te va por Alicante?

La pregunta deja a Marta descolocada.

—¿Sabes quién soy? —pregunta ella, sin disimular la sorpresa.

Anselmo ladea la cabeza con una sonrisa mínima.

—No te acordarás de mí. Fui el abogado de Rodrigo Acebedo Pardo.

El nombre atraviesa la memoria de Marta como un fogonazo y se le afloja la espalda contra el sofá.

—¿Defendiste a Rodri, el jugador de fútbol? —pregunta, incrédula.

Él asiente.

—En aquel caso no había mucho que defender. Lo que Rodri provocó fue una desgracia, y todos lo sabíamos. Los pobres niños no tenían culpa de su mala cabeza. Pero sí, allí te conocí. Me interesé por tu trabajo. Más tarde supe que te habías trasladado a Alicante. Ganaron una gran inspectora.

Marta se muestra desconfiada.

—¿Cómo te enteraste?

—Tu nombre apareció en la prensa —explica Anselmo, con voz tranquila—.

Resolviste varios casos importantes. Después te vi en los juzgados de Oviedo, cuando viniste a testificar en el juicio de Rodri, y poco después leí que habías resuelto un asunto de asesinatos en serie en Asturias.

Tu carrera es… interesante. Deberían escribir un libro sobre ti.

Dicho esto, esperaría no convertirme en un personaje de él. ¿Qué os trae por aquí?

Antes de que Marta responda, la mujer de la bata colorida vuelve al salón con una jarra de agua y cuatro vasos. Los deja sobre una mesita auxiliar y se retira.

—Encontramos tu nombre escrito en una libreta en el despacho de Brenda Vega. Es largo de explicar. Ahora necesitamos localizarla.

Anselmo humedece los labios. En lugar de preguntar más, se inclina hacia la mesa y llena los vasos con calma. El silencio se adueña del salón mientras el agua golpea el cristal.

—¿Para qué queréis encontrarla?

—Es nuestra hermana —se adelanta Lara, que se atraganta con la palabra.

Marta le lanza una mirada afilada. Lara comprende que ha ido demasiado rápido y se calla, con las mejillas encendidas.

—Por un motivo que ignoramos, huyó tras la muerte de nuestro padre —continúa Marta—, y queremos saber si está bien. Apenas hemos tratado con ella y tenemos muchas preguntas.

Anselmo deja la jarra en la mesa, se recuesta despacio en el sillón y junta las manos sobre el abdomen.

—Supongo que estaréis muy interesadas en la herencia del difunto —dice con una neutralidad que suena a acusación.

—Anselmo, te prometo que ni se me ha ocurrido tocar un euro de Mauricio Vega.

Brenda es sospechosa del asesinato de su padre, después de que él apareciera muerto en una gasolinera.

Algo me dice que ella no fue capaz de dejarlo allí tirado como basura.

Lo que me inquieta es saber qué la obligó a desaparecer.

El abogado la mira fijamente. En sus ojos, un brillo de curiosidad se mezcla con una sombra de temor.

—Marta, eres policía. Y deberías saber mejor que nadie que hay preguntas que nadie va a contestarte.

—Solo quiero saber por qué —insiste ella—. Y tengo la sensación de que tú lo sabes mejor que nadie.

Anselmo se incorpora de golpe, herido por la frase. Alisa el jersey por inercia, un breve gesto que revela nerviosismo.

—¿No ves que esa inquietud tuya la va a poner en peligro?

—pregunta y da un paso hacia el centro de la estancia—.

Te recomiendo que dejes de buscar. Si sigues, te complicarás la vida más de lo que imaginas.

Deja la obstinación a un lado y regresa a casa.

Acepta que ella ha desaparecido. Es lo mejor para todos.

Marta también se pone en pie. De inmediato, su cuerpo adopta una postura defensiva, con los hombros hacia atrás y la barbilla alzada.

—¿Por qué tengo que aceptarlo?

Anselmo la sostiene con la mirada durante unos segundos interminables.

—Porque no hacerlo os expondrá a ella y a ti a una situación de la que podrías arrepentirte toda la vida.

Verás, Marta, siempre quise ser abogado.

Ha sido mi vocación. Durante años, me preparé para ser un abogado respetado.

Estaba seguro de que mi trabajo ayudaba a construir un mundo más justo.

De verdad que lo creía. En ocasiones me tocaba defender a personas culpables, como el propio Rodri, y lo hacía sin perder nunca el foco de mi propósito.

No sé cómo sucedió, pero cuando quise darme cuenta me vi envuelto en un cruce de favores donde yo tenía que realizar maniobras nada éticas.

Como si a ti te obligaran a dejar huir al asesino que tienes esposado.

Negarme a entrar en ese juego fue mi soga, que se fue apretando poco a poco hasta quitarme de en medio.

—¿Por qué me cuentas esto? —pregunta Marta.

—Porque no quiero que cometas el mismo error que yo. Te aconsejo que vuelvas a casa y continúes con tu carrera. Brenda no tiene nada que ver con lo que te he contado. Olvídala.

Anselmo da media vuelta y se dirige hacia la salida.

Marta hace un gesto rápido a Lara para que se levante. Su hermana obedece y ambas lo siguen por el pasillo de piedra, donde el olor a comida parece haberse vuelto de repente más agrio.

—Yo no soy así —dice Marta, acercándose a su espalda—.

No puedo olvidarme porque sí. Estoy demasiado cerca.

Ayer mismo Brenda me habló desde el teléfono que llevas en el bolsillo.

—Señala con la barbilla hacia su pecho—.

Estaba aquí. Y aunque no quiera hacerlo, nos debe una explicación.

El hombre que murió también era nuestro padre.

No vamos a dejar de buscar hasta obtener respuestas.

Da igual dónde se esconda, acabaremos encontrándola.

Que las cosas se compliquen más o menos dependerá de cómo ella quiera hacerlo.

Díselo. Mi teléfono está encendido día y noche.

La amenaza flota en el aire del recibidor. Anselmo se detiene ante la entrada principal, de espaldas a ellas. Tiene la mano en el bolsillo del pantalón. Desde atrás, parece un hombre atrapado entre dos lealtades.

Durante unos segundos nadie dice nada. El único ruido es el de la olla que hierve en la cocina y el leve chasquido de la estufa enfriándose.

Anselmo apoya la mano en el picaporte y, al abrir, la luz del exterior se derrama sobre las baldosas del recibidor. La línea de su boca se ha endurecido.

—Lo tendré en cuenta —dice, todavía de espaldas.

No añade nada más.

Marta y Lara cruzan el umbral en silencio.

La puerta se cierra a sus espaldas con un golpe que suena a decisión, a punto final.

Las hermanas descienden por el camino de cemento. El portón automático empieza a deslizarse para dejarlas salir, pero Marta se detiene antes de cruzarlo. Algo la obliga a mirar de nuevo hacia la fachada.

Recorre las ventanas una a una. Todas permanecen quietas, cubiertas por cortinas pálidas. Todas, salvo la de la esquina derecha de la primera planta, donde la tela acaba de volver a su sitio con un movimiento casi imperceptible.

Marta no dice nada. Cruza el portón junto a Lara y deja que se cierre a sus espaldas. La casa recupera su quietud, pero ya no parece vacía. Ni inocente.