El ladrón de destinos (Inspectora Escudero 7) 20
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Marta está sentada en una mesa junto a los ventanales de la cafetería del hotel.

Lara se ha levantado por quinta vez hacia el bufé, donde una fila de cestillos rebosa de napolitanas, ensaimadas, sobaos y bizcochos.

Marta la observa alejarse en silencio, aliviada de que su hermana tenga algo tan simple como el azúcar para distraerse, mientras se refugia tras el periódico desplegado.

Ignora la sección de deportes, una columna sobre la situación política nacional y una noticia sobre la bajada del paro en el Principado. Todo le parece ruido de fondo hasta que un titular llama su atención y la obliga a detenerse.

Alza un poco el periódico para que Lara la escuche.

—Mira, aquí hablan del accidente de Gijón que vimos en las noticias.

Lara regresa con un plato donde se amontonan una palmera de chocolate y dos minidonuts.

Deja la bandeja sobre la mesa y se inclina para ver la página.

Marta gira el diario y señala la fotografía: el andamio retorcido contra la fachada de cristal, un amasijo de hierro y polvo.

En un recuadro, la cara cansada de un hombre de unos cincuenta años, con barba de varios días y expresión perdida. Debajo, el nombre: Héctor Lamuño.

—Es el arquitecto del edificio. Dicen que sigue ingresado en el HUCA y que las primeras investigaciones apuntan a que el accidente fue provocado. Los tensores de sujeción de la plataforma estaban manipulados, por eso se vino abajo.

Lara queda impresionada y arranca un trozo de dónut.

—¿Provocado? ¿Quién puede ser tan cabrón para hacer eso? Podría haber muerto.

—Y podría haber sido una desgracia mayor —añade Marta, pasando el dedo por el margen del artículo—. Según su abogado, necesita alejarse de los focos para «recuperarse». Eso significa que alguien está muy interesado en que se mantenga callado, o que él tiene mucho que perder si habla.

La idea le deja un regusto amargo. La imagen del arquitecto, con los ojos entornados y la expresión apagada, le recuerda a Quiroga, a quien imagina entre sedantes y diagnósticos convenidos.

—Y si no, fíjate en esta otra: dimite Daniel Solana, diputado gallego y candidato a presidir la Xunta, después de difundirse un vídeo con prostitutas mientras daba un mitin sobre la abolición de la prostitución en Galicia.

Lara suelta una exclamación ahogada.

—¿En serio? Joder con los políticos. No se cortan ni un pelo.

—Ese hombre está acabado —sentencia Marta—.

Cuando te cazan en algo así, no hay vuelta atrás.

Puede hacerse la víctima, llorar en ruedas de prensa o pedir perdón…

Pero ya no hay nada que hacer. En el comunicado dicen que el político asegura que el vídeo estaba manipulado.

¿Quién le va a creer después de la repercusión que ha tenido la noticia?

Hoy en día, tu reputación se puede ir al garete tras un tuit.

Marta vuelve la vista hacia la ventana, donde el cielo aún muestra un tono lechoso de primera hora y las luces de la ciudad empiezan a apagarse.

Después, cierra el periódico con la intención de clausurar ese desfile de injusticias antes de hundirse del todo.

El reloj de la pared marca las nueve y media, y Marta recoge el teléfono de la mesa.

—¿Nos vamos?

Lara se limpia las migas de los dedos con una servilleta.

—¿Cuál es el plan?

—He conseguido la dirección del abogado —responde Marta—. Y después quiero intentar ver a Quiroga. El horario de visitas es de doce a una.

Lara juega con la cucharilla, mientras piensa en cuánta tensión puede soportar en un solo día.

—¿Y me llevarás a comer a algún sitio chulo? —pregunta al final, con una media sonrisa que suena más a tregua que a entusiasmo.

Marta duda. La comida pesa menos que todo lo acumulado en su cabeza.

—Espero que a esas horas tengamos apetito. Vámonos.

Lara guarda en el bolsillo del abrigo un último sobrecito de azúcar, un gesto diminuto e infantil que, sin embargo, provoca en Marta una mueca de ternura.

Los otros huéspedes hablan de excursiones, museos y rutas de senderismo.

A sus oídos llegan retazos de planes ajenos que suenan a otro mundo: «playa si no llueve», «comeremos donde nos recomienden»…

Ellas caminan hacia la salida con la sensación de comenzar una jornada en la que la improvisación será supervivencia antes que turismo.

Marta da el primer paso hacia el aparcamiento. Sabe que, mientras esté en movimiento, mientras siga llamando a puertas y molestando a quienes prefieren la quietud, aún habrá una posibilidad de enderezar algo de todo este desastre.

Maniobra para salir del aparcamiento del hotel y empieza a hablar casi de manera automática.

Le cuenta a Lara anécdotas de sus años en Oviedo: cómo los camareros la llamaban «mi reina» aunque no la conocieran, cómo en invierno la niebla parecía instalarse a vivir en las rotondas, y cómo los ovetenses discuten con fervor sobre dónde se come el mejor chuletón.

Lara la escucha apoyada en la ventanilla, atenta a cada detalle, desconcertada ante una versión tan habladora de su hermana.

Marta, consciente de que la observa, procura mantener un tono amable, más narradora que inspectora.

Sabe que el equilibrio es frágil, basta una chispa o un mal gesto para que la conversación derive en discusiones similares a las de ayer.

Mientras conduce, intenta no pensar en Fran.

Él le dijo que llegaría hoy a Asturias. Imaginarlo buscándola por la ciudad, incapaz de localizarla porque los móviles de Marta y Lara están apagados, le provoca un nudo en el estómago.

Si Lara se entera de que él podría aparecer en cualquier momento, rompería esta calma recién construida.

Ajusta las manos en el volante y se concentra en la carretera que baja hacia la zona este de la ciudad.

El día ha amanecido gris y la luz tenue envuelve Oviedo con ese aspecto de postal que Marta siempre ha asociado a esta tierra.

Le señala a Lara un par de plazas, una panadería donde solía comprar bollos preñados durante los turnos diurnos y un puente que cruza la autovía con vistas a las naves industriales.

Rellena los minutos con pequeñas historias que suavizan la pausa entre ambas.

Lara observa a través del cristal. Ve las casas dispersas en las laderas, los muros de piedra oscurecidos por la humedad y la sucesión de curvas que las alejan de la ciudad.

—¿Y dónde vive ese abogado? —pregunta Lara mientras suben por una calle estrecha, encajonada por paredes altas.

—En Fitoria. Una zona tranquila. Ideal para esconderse… o para que nadie te moleste si no quieres que te encuentren.

Avanzan por un tramo resguardado. A ambos lados se alzan grandes fincas, muchas con portones metálicos y cierres que ocultan los interiores. Marta reconoce el camino con un leve estremecimiento: fue aquí donde Brenda la llamó desde la finca de Anselmo reclamando un electricista.

La carretera gira a la izquierda y deja al descubierto otro quiebro del barrio: casas aisladas, cuestas pronunciadas sobre el pavimento.

Marta reduce la velocidad y busca los números de las viviendas.

Al doblar una curva, aparece la verja de la finca: un gran portón con los buzones incrustados y un contenedor de basura a un lado. Detrás, una rampa asciende hacia una fachada rojiza y un tejado oscuro apenas visibles tras el cierre.

Marta presiona el botón del portero y, de pronto, suena la voz de una mujer en el altavoz. No es Brenda.

—Me gustaría hablar con Anselmo Bueres.

—¿Quién pregunta por él? —responde la mujer con un claro acento asturiano.

—Dígale, por favor, que me llamo Marta Escudero y que he venido desde Alicante a propósito para hablar con él.

—Espere un momento.

Un chasquido corta la comunicación. Solo llega el ruido lejano de un coche y el roce del viento al colarse en la finca.

Lara vuelve la cabeza, incómoda ante la sensación de estar expuesta en mitad de aquella carretera.

Un hombre pasa cerca, montado en una bicicleta con una caja sujeta al portaequipajes trasero.

De la caja sobresalen hierbas frescas y encima lleva una bolsa de pan que se balancea con cada pedalada.

Les lanza un vistazo antes de seguir su camino.

—Oye, arriba. —Lara señala con la frente hacia la casa.

Marta alza la vista. A través del hueco entre dos troncos distingue un fragmento de fachada y, detrás del cristal de una ventana, la silueta de un hombre.

Está inmóvil, apenas separado de la cortina, aunque la forma de sus hombros, su calvicie incipiente y su barba coinciden con la imagen que vio en las noticias: Anselmo Bueres.

Su corazón comienza a latir más rápido. Siente que tiene delante a quien, en ese momento, decide si le abre la puerta o la condena a la misma ausencia de respuestas que ha elegido para su vida.

De nuevo suena el altavoz.

—Márchese, por favor. El señor Bueres no desea recibirla —dice la mujer.

Marta mantiene la atención en el hombre de la ventana, que también la contempla. No pierde más tiempo insistiendo a la voz del portero y saca su móvil del bolsillo. Busca el número de Anselmo, al que llamó varias veces en vano el día anterior, y lo marca.

Tras un par de pitidos, ve que el hombre gira la cabeza hacia un lado, se aparta del cristal y desaparece. En ese instante, descuelgan al otro lado y se percibe una respiración contenida. Anselmo regresa a la ventana, esta vez con la mano pegada a la oreja.

—Anselmo, te prometo que no soy periodista ni pretendo hacerte daño. Mi hermana y yo queremos hablar contigo porque necesitamos respuestas. Nada más que eso. Estamos seguras de que puedes ayudarnos.

Durante un momento, solo percibe un roce leve en la línea.

—No tengo nada que aportar —responde con un tono apagado que parece venir de muy lejos.

Marta lucha contra la tentación de elevar la voz. Sabe que si lo acorrala, se marchará.

—Sí que tienes. Te lo aseguro. Y te estaríamos agradecidas. Queremos entender qué está pasando.

En la ventana, Anselmo permanece inmóvil. El reflejo del cristal oculta parte de su expresión y Marta distingue cómo sus hombros se encogen. Está pensando, y cada segundo que tarda en contestar es una puerta que puede cerrarse.

—Sé que Brenda estuvo ayer contigo —añade Marta, jugando su carta más arriesgada—. Yo misma la escuché. Y no quiero que nadie más sufra.

La frase queda suspendida entre ambos. Anselmo reacciona. Marta observa cómo aleja el teléfono de su mejilla, vuelve la vista hacia el interior de la habitación y se aparta del cristal. Su silueta desaparece.

En el auricular, la llamada se corta.

Marta permanece con el móvil pegado a la oreja, aferrada todavía a la posibilidad de retener a Anselmo al otro lado. Al poco rato, baja la mano y guarda el teléfono en el bolsillo.

—¿Qué ha pasado? —pregunta Lara—. ¿Qué te ha dicho?

Marta no responde. Observa la ventana vacía, a la espera de que él vuelva a asomarse. Lara le agita el brazo.

—¿Escuchaste a Brenda? ¿Cuándo? ¡¿Qué es todo esto?!

Marta abre la boca, aunque no logra contestar. Un zumbido eléctrico interrumpe cualquier explicación. Ambas se giran hacia la verja.

La hoja metálica se desliza hacia un lado con un traqueteo lento. A medida que el hueco se ensancha, la finca revela un poco más de sí misma: el camino de cemento que sube en pendiente, las plantas que desbordan los muros, el rojo oscuro del tejado al fondo.

Marta y Lara se miran un instante.