El ladrón de destinos (Inspectora Escudero 7) 19
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La terraza del hotel se asoma a la ladera como un mirador discreto. Más abajo, Oviedo se despliega en un cuenco de luces amarillas y blancas que parpadean entre las sombras.

Marta y Lara ocupan una mesa junto a la barandilla de hierro forjado.

Ante ellas hay dos tazas de infusión, una tetera metálica y un pequeño plato con dulces que ninguna ha tocado.

La noche está fría, aunque unas lámparas de calor en forma de seta intentan suavizarla.

Varias velas, repartidas por las mesas, proyectan círculos de luz cálida que bailan con cada soplo de viento.

Marta sostiene la taza con ambas manos, más por el calor que por el deseo de beber.

Siente los párpados pesados después del Trankimazin que se ha tomado.

Su piel sigue sensible tras la larga ducha en la que se ha vaciado.

El agua caliente ha sido lo más parecido a un abrazo que ha tenido en todo el día.

Cuando salió, arrugada hasta parecer una pasa y con los párpados hinchados, Lara ni siquiera hizo preguntas; simplemente le dejó el albornoz en la cama y propuso bajar a cenar.

Ahora observan las luces de la ciudad, a la espera de que una de ellas se apague y les dé una respuesta.

—No es justo lo que le están haciendo a Quiroga —dice Marta, con la vista fija en el horizonte—. Quieren deshacerse de él de la manera más ruin. Me temo que intentarán expedientarlo por agredir a un superior, y eso está muy castigado. Lo van a hundir. Pobre hombre.

Lara gira la cucharilla en su taza.

—¿De verdad es tan sencillo?

—Más de lo que parece. Los testigos serán afines al comisario: Córcoles y otros que le deban favores.

Ahí no hay nada que rascar. Lo único que podría salvarlo sería que un médico dijera que tiene una enfermedad mental que justificara «el brote».

—Marta hace un gesto de comillas en el aire—.

Pero, pase lo que pase, saldrá mal parado.

En el mejor de los casos, lo inhabilitarán o lo degradarán a tareas que desquiciarían hasta al más vago.

En la mesa de al lado, una pareja de unos treinta y tantos levanta dos copas de vino.

Ella lleva un vestido oscuro y un chal cruzado sobre los hombros.

Él, una camisa y chaqueta desenfadada. Brindan con complicidad y, durante un segundo, Marta ve en ese gesto algo que no quiere pensar: la imagen de Fran con una copa, riéndose y diciendo «mañana estoy allí, nos vemos en Asturias».

Recuerda el mensaje, el tono seguro y la naturalidad con la que él dio por hecho que todo entre ellos seguiría igual.

Debería contárselo a Lara. Debería decirle que Fran está de camino, que quizás en cuestión de horas suba por esas mismas escaleras del hotel.

Sin embargo, la idea de añadir un problema más a ese día se le hace insoportable.

A eso se suma la llamada con Brenda, el Bo.

Fitoria 20-C apuntado en su mente, el timbre de esa voz que no ha tenido fuerzas de comentar con nadie.

Lara bebe un sorbo de su infusión cuando Marta se gira hacia ella y rompe lo que venía callando:

—¿Qué hacías allí arriba?

—Dando un paseo —responde Lara—. Me sentía agotada, convertida en un mueble más en la habitación. Así que pensé: «Sube un poco, a ver si ves algo».

—¿Y viste algo?

Lara deja la taza sobre el plato y suspira.

—Subí por un sendero que cruzaba un ribazo bastante complicado. Me tropecé y estuve a punto de caer. Luego llegué a la carretera y un idiota perdió el control del coche. Por unos centímetros, no nos atropella a mí y a otro que caminaba por el arcén. Eso también me dejó de muy mala leche.

Marta la mira con incredulidad, con la sensación de escuchar la trama de una serie ajena y no su propia tarde.

—Llegué arriba media hora antes que tú —añade Lara—. Pensé que, si tú podías estar allí, yo también. Había turistas que tomaban fotos, parejas, jóvenes. Después bajé unos metros y me senté detrás de un pequeño contenedor de obra, donde nadie pudiera verme.

—¿Y viste algo o no?

Lara niega con un gesto abatido.

—La verdad es que no. No tengo ni idea de quién dejó el teléfono allí.

—¿Por casualidad no viste un Renault Mégane gris? Ya sabes…

—No me suena. Lo que sí puedo asegurarte es que Nico no apareció por allí, al menos mientras yo estuve. Así que tuvo que dejar el móvil mucho antes.

Marta se recuesta en la silla, pensativa. Las velas parpadean sobre el mantel de algodón. Un camarero pasa cerca con una bandeja de platos de carne a la piedra. El olor le golpea el estómago, pero no le abre el apetito.

Sobre sus cabezas, el cielo está completamente oscuro, salpicado por unas pocas estrellas.

Las hermanas permanecen en su burbuja, separadas del resto, con la mesa convertida en una isla.

—¿En qué piensas? —pregunta Lara, cansada de la calma forzada.

Marta bosteza con fuerza, incapaz de contenerlo. Le pesan la lengua y los párpados. El efecto del medicamento empieza a imponerse sobre el resto de sensaciones.

—Que ese teléfono quizás esperaba a otra persona, no a nosotras.

Lara está acostumbrada a esos momentos en los que Marta se sumerge en un análisis profundo, entregada a desentrañar un crimen invisible y a reconstruir intenciones a partir de pequeños detalles.

—¿Y qué piensas hacer?

Marta se toma un momento para responder. Sus ojos se pierden de nuevo en las luces distantes de Oviedo. El murmullo de la carretera les llega a intervalos, alternado con la alegría despreocupada de la pareja que acaba de pedir el postre.

—Descansar —responde finalmente—. Eso es lo único que puedo hacer ahora. Tú y yo necesitamos dormir, aunque sea unas horas, porque me temo que mañana será un día muy largo.

Se lleva la taza a los labios y da un sorbo. La infusión tiene un sabor amargo, acorde con la noche y el cansancio.

Lara extiende la mano por encima de la mesa. Marta duda, aunque al final se la deja agarrar.