18
Marta cruza el vestíbulo del hospital con la vista perdida. En la mano, todavía aprieta la pegatina verde convertida en una bola.
En el exterior, se detiene en la acera y abre la mano. La pegatina, sudada y arrugada, parece una broma de mal gusto. La tira al suelo y la aplasta con la suela, una y otra vez, hasta que el adhesivo queda pegado al pavimento.
—Hijos de puta. Cobardes.
No tiene cómo defender a Quiroga. No puede entrar, no puede verlo, cualquier llamada podría delatarla.
Sube al Golf y cierra la puerta de un portazo que suena como un disparo en el interior del habitáculo. Golpea el volante con el puño.
—¡Joder! —grita para liberar la rabia acumulada.
El grito rebota en los cristales y se apaga. Mira el reloj: faltan quince minutos para las siete. El papel en el bolsillo arde contra su pierna: «A las 19 horas en el Cristo del Naranco».
No tiene elección.
Sale del aparcamiento del hospital con una maniobra brusca y se incorpora a la carretera.
Mientras conduce, las palabras de Córcoles le martillean por dentro, una y otra vez, convertidas en un audio en bucle: «Te das la vuelta y regresas a Alicante a cumplir tu sanción…
». «Ha explotado. Se ha puesto a insultar al comisario…
». «Se ha autolesionado en la cara. Una pena».
—No te lo crees ni tú. Autolesionado, mis cojones.
La ciudad queda atrás. Las casas se hacen más bajas, los edificios se separan, y en cuanto empieza el ascenso al Naranco, la carretera se estrecha, con prados y árboles oscuros a ambos lados. El cielo se ha teñido de un naranja sucio que se deshace en gris.
Toma una curva demasiado rápido. El coche se inclina y los neumáticos protestan contra el asfalto. Marta afloja un poco el acelerador. No conduce: descarga la rabia en cada cambio de marcha.
El paisaje se abre a ratos a su derecha y muestra la ciudad abajo. Una mancha de tejados y calles que comienza a encender luces. Ninguna de esas ventanas sabe lo que le están haciendo a Quiroga. Nadie oye cómo le arrancan el teléfono de la mano en mitad de una llamada.
La imagen de esta tarde se le clava como una aguja: él abandonando la comisaría con la marca roja en el pómulo y el empujón hacia el Passat del tipo de las gafas de sol que lo acompañaba. Ahora sabe su nombre: inspector Córcoles, el perro guardián del comisario.
—No te van a callar, Quiroga —dice a modo de promesa—. No pienso permitir que te entierren ahí dentro.
Una curva cerrada. La toma demasiado abierta e invade parte del carril contrario. El susto la obliga a reducir la velocidad y a controlar el pie.
Por fin, la carretera se endereza y la llanura del Naranco se abre ante ella, una superficie amplia donde se adivina la silueta de un aparcamiento. Estaciona el coche entre las plazas pintadas. Ve otros dos vehículos: uno pequeño y oscuro junto a la salida, y otro más grande, aparcado de lado.
Apaga el motor. La quietud cae de golpe, brusca.
Marta levanta la cabeza.
El Cristo del Naranco se alza unos metros más arriba, majestuoso e inmóvil, con los brazos extendidos sobre la ciudad que se enciende a sus pies. Una figura blanca y enorme que parece observarlo todo, incluida a ella.
Marta sube por el sendero mientras el viento le corta la cara y sigue atrapada en el torbellino que la arrastra desde el hospital.
La impotencia se le arraiga en los hombros y camina con una rigidez que delata su enfado.
A media ladera se cruza con una pareja que desciende hacia el aparcamiento.
Ella muestra orgullosa la pantalla de su móvil, él la abraza por la cintura y le da un beso en la frente.
Marta aparta la cara de inmediato, irritada por la ternura ajena en un momento en que cualquier atisbo de serenidad le resulta intolerable.
En la cima quedan tres personas: un hombre vestido con ropa deportiva que descansa frente a la ciudad a sus pies, y dos adolescentes con cascos de moto en los antebrazos que se toman selfis con el Cristo de fondo desde todos los ángulos posibles.
Más allá solo hay vegetación apagada por la luz del atardecer y un relieve desigual que se pierde en la sombra.
Nadie se oculta entre los árboles, ni una figura que pueda confundirse con el hombre de la chaqueta negra.
Marta consulta la hora en el teléfono: son las siete menos un minuto. Debería aprovechar el silencio que envuelve la ladera, pero la rabia le tensa cada músculo y su respiración se vuelve corta, hasta dejarle el pecho reducido a la mitad.
Mientras intenta ordenar sus pensamientos, una melodía cercana se abre paso en el murmullo del viento.
Marta se gira hacia la base del Cristo, convencida de que el sonido proviene de allí.
Da unos pasos y localiza un teléfono apoyado en la hierba, semiescondido bajo dos piedras planas.
Tiene la apariencia de haber sido colocado allí a propósito, protegido del viento y fuera del alcance de cualquiera que pasara por casualidad.
La melodía vuelve a sonar, persistente en la quietud del lugar. Marta observa a las tres personas que todavía permanecen allí y ninguna parece notar su presencia o la del teléfono. Todo sigue igual, excepto por ese pequeño dispositivo que insiste desde el suelo, destinado a ella y a nadie más.
Decidida a zanjar la espera, recoge el teléfono.
El cristal está empañado por el frío y la llamada entrante sigue activa.
Respira hondo, pulsa el botón verde y se lleva el aparato al oído.
Al principio no percibe voz ni respiración alguna, únicamente el viento que rodea la base del Cristo.
Aun así, siente con absoluta claridad que hay alguien al otro lado midiéndola, quizás incluso observándola desde un punto oculto de la zona.
—Ya estoy aquí, como habíamos quedado —dice, mientras repasa el entorno en busca de una sombra, un movimiento, cualquier pista.
Una breve pausa, un parpadeo largo, y de repente la voz aparece, clara y reconocible:
—Bien hecho.
La voz la golpea como un recuerdo que llevaba semanas escondido. Es masculina, serena, un poco ronca, igual que la que oyó la tarde del accidente de moto en Alicante, cuando ese hombre la ayudó a quitarse el casco y desapareció antes de que pudiera agradecerle nada.
—¿Dónde estás? —pregunta ella, mientras la desesperación se le cuela en la garganta sin que logre tragársela a tiempo.
—Es mejor así, créeme.
—¿Así? ¿Por qué?
—Eres demasiado inteligente para no entender cuándo algo está fuera de tu alcance.
Marta siente que la sangre le sube al rostro.
—¿A qué te refieres?
—Llevas toda la vida luchando contra ti misma por lograr justicia. Para ti es el summum, del mismo modo que otros persiguen la fama o la felicidad. Pero la justicia, ya lo sabes, resulta tan efímera que nunca consigue llenarte. A estas alturas deberías haber entendido que el mundo pesa más que tú.
Marta siente unas ganas locas de estrellar el teléfono contra el suelo.
—¿A qué viene ahora esta lección de moralina? —escupe—. Estás jugando conmigo, y eso me enfada todavía más.
—Entiendo tu disgusto. A veces es preferible retirarse a tiempo. Sobre todo si la partida está en clara desventaja para ti.
—¿De qué demonios hablas? Dilo claro.
—Lo sabes muy bien. Solo intento protegerte.
—¿Protegerme? ¡Por favor! —Marta deja escapar una carcajada que suena rota—. Tus palabras son amenazas disfrazadas. ¿Me haces venir hasta aquí para decirme que dé media vuelta y me vaya a casa, así, porque sí? Dime qué eres dentro de todo esto. Dime para quién trabajas y qué pretendes.
—Es mejor que no lo sepas.
—Cada vez que apareces, dejas más preguntas que respuestas. —Marta da un paso atrás. El viento le levanta un mechón de pelo—. Te haré una sola: ¿estabas ayer en el cementerio de La Roda?
La voz guarda un silencio largo, como si también respirara el frío del Naranco.
—No voy a responder a eso, pero sí voy a decirte algo que quizás no has considerado todavía.
Desactivaste una red de tráfico de órganos.
Tus superiores te taparon para que tu nombre no saliera a la luz, pero los implicados sabían que tú habías orquestado todo.
Marta, saben quién eres y te la tienen jurada.
Por mucho menos han acabado con el futuro de otras personas.
Tú eres un grano cojonero, ¿entiendes a lo que me refiero?
—Yo cumplo con mi trabajo y estoy del lado del bien, te guste o no a ti y a los tuyos.
—Yo estoy de tu lado, ¡créeme! —dice Nico alzando la voz—. Todos tenemos un destino, y el tuyo ahora mismo está en juego.
—¿Por qué no vienes aquí y me lo dices a la cara? ¡Cobarde! ¡Eres un cobarde! ¡Tú y todos los que te rodean! Dejad de seguirme, dejad de manipularme y dejad en paz a Quiroga. Él no tiene culpa de nada. ¡Desgraciados!
La última acusación sale convertida en un alarido. Varias cabezas se vuelven hacia ella en la distancia. Entonces percibe pasos rápidos que se acercan con urgencia.
Se gira y ve a Lara avanzar hacia ella, con las palmas de las manos pidiendo calma.
—Baja la voz —susurra Lara al llegar a su lado—. ¿No ves que te están grabando?
Marta descubre a los dos adolescentes con sus móviles en posición vertical enfocándola. El hombre del chándal también la observa desde la barandilla.
—Mierda… —Se lleva una mano a la frente.
Camina hacia el aparcamiento para poner distancia con los curiosos. Lara intenta abrazarla por los hombros, pero Marta la esquiva.
—Vete a descansar —le aconseja el hombre por teléfono—. Mañana súbete al coche y regresa a Alicante. Todo volverá a la normalidad, te lo prometo.
La risa que le sale a Marta no tiene rastro de humor. Cierra la mano en torno al teléfono y lo aleja unos centímetros de su oreja. Duda si guardarlo o arrojarlo contra el suelo hasta convertirlo en circuito molido y cristal.
Se lleva el terminal de nuevo a la cara, con los dedos aún crispados alrededor del plástico.
Abre la boca para decir cualquier cosa que lo hiera, que lo arranque de ese tono condescendiente.
Pero las palabras se le atascan, tiene demasiadas y ninguna parece suficiente.
Busca a Lara, que permanece frente a ella con una mano levantada a medio camino, contenida por el miedo a tocarla y hacerla estallar del todo.
Los segundos se alargan. Al otro lado, nadie habla. El viento envuelve a las dos hermanas mientras el zumbido lejano de la ciudad asciende desde abajo. De pronto, la llamada se corta. La pantalla queda negra, sin número ni registro.
Marta siente que algo se rompe en su interior. El vacío del dispositivo se refleja en respiración y una oleada de impotencia le sube hasta la boca.
—Se ha ido… —susurra, más para sí misma que para Lara.
Deja de contenerse y lanza el teléfono contra una roca cercana. Se descompone en tres piezas: la carcasa por un lado, la batería por otro, la pantalla rebota y acaba boca abajo. Durante unos segundos, todo queda inmóvil, en espera de su siguiente reacción.
Entonces, Marta empieza a aplastarlo hasta quedarse sin aliento.
Lara intenta sujetarle el brazo, pero Marta lo sacude con tanta violencia que la desequilibra.
Tiene los ojos enrojecidos y las manos temblando.
A su alrededor, los adolescentes han dejado de grabar y fingen mirar sus móviles, mientras el hombre del chándal da un par de pasos hacia atrás, temeroso de acercarse más a ese epicentro de rabia.
Marta permanece inmóvil frente a los restos del teléfono.
Siente un ardor en la garganta, las sienes le palpitan y una certeza se instala bajo toda esa furia: alguien juega con ella desde las sombras, alguien que conoce cada uno de sus puntos débiles y acaba de demostrarle que puede dirigirla como si fuera una pieza más en un tablero que todavía no entiende.