El ladrón de destinos (Inspectora Escudero 7) 17
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Marta Escudero descubre este día que su placa es más que un simple trozo de metal. Sin ella, el Hospital Universitario Central de Asturias deja de ser un lugar familiar y se transforma en un laberinto hostil de pasillos y normas.

Está frente a la ventanilla de Admisión de Urgencias, con los codos apoyados en el mostrador y la paciencia al límite. Al otro lado, una administrativa consulta la pantalla del ordenador.

—Le repito que la normativa me impide facilitarle esa información —dice, con un tono ensayado—. Ley de Protección de Datos. Si no es familiar directo, el acceso no está autorizado.

—Entiendo —responde, sin discutir—. Gracias, de todas formas.

Se aparta un paso y finge revisar su móvil, aunque en realidad estudia el terreno.

Frente a ella, dos puertas automáticas dan acceso a la zona de Observación.

Un guarda de seguridad alto, con chaleco azul marino y aspecto cansado, controla quién entra y sale.

Todos los acompañantes llevan pegada una pegatina redonda y verde con la palabra «Acompañante».

No es la primera vez que Marta pisa este hospital, pero sí la primera en la que no cuenta con un vigilante dispuesto a guiarla a donde quiera. Echa de menos la autoridad que le confería la placa. Ahora solo es una mujer más queriendo colarse sin autorización.

El guarda saluda a un celador que aparece con una silla de ruedas. El paciente, envuelto en una bata verde, tiembla ligeramente. El vigilante se adelanta para abrir el paso y acompaña a ambos hacia el interior.

—Lo llevo a Triaje —dice el celador.

La puerta automática se desliza. Marta sabe que tendrá unos segundos, y eso le basta. Se levanta del asiento y camina hacia la abertura, sin prestar atención a nadie, con la prisa exacta de quien parece tener permiso.

La hoja de cristal se está cerrando cuando ella cruza el umbral. Nota el soplo de aire en la nuca y su corazón acelerado por la adrenalina.

Ya está dentro. En la zona de observación.

A derecha e izquierda encuentra cortinas que ocultan camillas, monitores y sueros. Una enfermera pasa a su lado mientras revisa una gráfica. Un médico, con el fonendo colgado al cuello, avanza en dirección contraria y le dice unas palabras a una residente.

Nadie presta atención a Marta, que aparta la primera cortina y encuentra a un hombre que duerme con la boca entreabierta, conectado a oxígeno. En la segunda, una mujer joven sostiene la mano de un chico con vendajes en la cabeza.

En la tercera cortina, se detiene.

Dentro, una enfermera ajusta la vía de un paciente que permanece con la vista fija en el techo, inexpresivo. A los pies de la cama hay una silla con una chaqueta apoyada sobre ella. En la solapa brilla una pegatina verde, redonda, de acompañante.

Marta abre un poco más la cortina y calcula el ángulo.

La enfermera está de espaldas a ella y el paciente ni siquiera gira el rostro.

Alarga el brazo y despega la pegatina de la tela con un gesto rápido.

La guarda en la palma, sale del cubículo y se la adhiere a la chaqueta mientras continúa caminando.

Ahora sí.

Al fondo del pasillo hay un pequeño mostrador donde dos auxiliares revisan documentos. Una de ellas lleva gafas al borde de la nariz, la otra tiene un bolígrafo metido entre el moño y la goma del pelo. Marta se acerca y apoya los dedos en la madera.

—Perdonad. Busco a mi hermano. Me han dicho que lo tenéis aquí, en Urgencias. Se llama Emilio Quiroga.

La auxiliar con gafas levanta la vista. Lo primero que observa es su cara y después la pegatina verde en su pecho. Parece dudar un momento, hasta que gira el monitor hacia ella y mueve el ratón.

—Emilio Quiroga… —repite, tecleando—. A ver…

Marta aparenta serenidad, mientras su reloj interno se acelera.

—Sí, estuvo aquí —confirma al fin la auxiliar—, aunque ya lo subieron a planta.

—¿Me dice la habitación, por favor?

La mujer recorre la pantalla con la vista.

—Lo han ingresado en Psiquiatría. Quinta planta del bloque C. Habitación quinientos diecisiete.

Marta agradece y se da la vuelta antes de que las piernas la traicionen.

Abandona la zona de Urgencias y se adentra en el laberinto del hospital. Los pasillos se suceden uno tras otro, con letreros azules en el techo que indican bloques y plantas, recordándole a cada paso lo pequeña que es sin placa.

En el ascensor pulsa el botón con más fuerza de la necesaria. El espejo del interior le devuelve una cara cansada, con el cabello un poco revuelto y la pegatina verde destacando en la chaqueta.

Cuando las puertas se abren, la recibe un pasillo silencioso. Al fondo, una puerta blanca con un pequeño ventanuco y un timbre al lado. En un letrero se lee:

«HORARIO DE VISITAS: DE 17:00 A 18:00 HORAS».

Marta mira el reloj de su móvil. Son las seis y diecisiete. Cierra la mano alrededor del teléfono y pulsa el timbre. Un zumbido precede a una voz metálica que brota del pequeño altavoz.

—¿Quién?

—Verá —improvisa Marta—, mi hermano acaba de ser ingresado. ¿Podría hablar con un responsable?

Un sonido corta la comunicación. Piensa que la han ignorado, pero enseguida escucha el mecanismo de la cerradura y la puerta se abre unos centímetros.

Una mujer con uniforme blanco asoma la cabeza. Lleva el pelo recogido en una coleta baja y una tarjeta identificativa en el bolsillo que dice: «Enfermera».

—Dígame.

Marta adopta la expresión agobiada de un familiar que llega tarde a una mala noticia.

—Hola. Salí a recoger a mi hijo de extraescolares y, al regresar, me dijeron que habían ingresado a mi hermano —dice, señalando hacia el interior—. Se llama Emilio Quiroga.

La enfermera parpadea y repasa mentalmente el nombre.

—Ah, sí, lo subieron hace poco. Espere aquí un momento.

Marta se queda sola en el pasillo y se apoya en la pared. «Psiquiatría». La palabra se le clava. ¿Qué hace Quiroga ahí dentro? Esta mañana estaba nervioso, asustado, aunque lúcido. Perfectamente lúcido. No encaja.

Pasan un par de minutos que se le hacen eternos, medidos en respiraciones contenidas. El Naranco, Fitoria, Brenda… todo se reordena en su mente, detrás de la única imagen que ahora le importa: Quiroga con la mejilla roja entrando en un coche que no era el suyo.

La puerta se entreabre y aparece la misma enfermera con una carpeta apoyada en el pecho.

—Verá, su hermano ha sido ingresado por un brote psicótico. —Marta siente la frase hundírsele en el estómago—. El psiquiatra ha restringido temporalmente las visitas.

—¿Un brote psicótico? —repite, incapaz de disimular la incredulidad.

—Así es —confirma la mujer, señalando un documento en la carpeta—. De momento, está agitado y el médico considera que es mejor limitar los estímulos.

—Me gustaría verlo. Aunque solo fuera un par de minutos.

La enfermera niega con una mueca de disculpa.

—Lo siento mucho. Debemos esperar a que el paciente esté más estable.

Marta guarda silencio y toma una decisión.

—Verá —dice bajando la voz—, y perdone la insistencia. Soy inspectora de la Policía Nacional y necesito preguntarle algo muy importante para una investigación. ¿Podría acompañarme usted misma? No quiero molestar a nadie más.

La enfermera se tensa. Sus ojos bajan hacia la pegatina verde de Acompañante y luego regresan al rostro de Marta.

—No puedo tomar esa decisión. Espere a que lo consulte con un superior y, si lo considera oportuno, no tendré inconveniente en permitirle esos minutos. Siéntese allí. —Señala unas sillas junto a la pared.

Marta obedece. La sala de espera es un rectángulo mal iluminado, decorado con un par de pósteres de paisajes y frases bienintencionadas que no alivian nada: playas desiertas, bosques, «Cuidar de tu mente es cuidar de ti».

La sensación de soledad es abrumadora. Podría haber gente a su alrededor y aun así se sentiría igual de aislada. Consulta la hora en su móvil, las seis y veinticuatro, cuando el sonido de la cerradura le obliga a alzar la vista.

La puerta cede de nuevo. Esta vez no es la enfermera.

El hombre que aparece llena el marco con su presencia. Lleva una camisa y un chaleco oscuros. Su bigote recorta su boca en una línea seria. Tiene los ojos claros y una verruga junto a la ceja izquierda.

Marta lo ha visto antes empujando a Quiroga hacia el Passat.

Ambos se reconocen en el mismo segundo.

—¿Eres tú quien busca a Quiroga? —pregunta él, con un brillo extraño en el rostro.

Marta se incorpora despacio.

—Sí. Soy yo.

Él la recorre de arriba abajo, fija su atención en la pegatina verde y vuelve a su cara. El tono cambia, se endurece.

—¿Y tú quién eres? —dice y da un paso hacia delante.

—¿Qué le pasa a Quiroga? —contraataca Marta.

—¿Y por qué quieres saberlo? —avanza otro paso—. Te he hecho una pregunta.

La distancia entre ambos se acorta. Marta puede oler su aliento. Lleva años lidiando con tipos así, aunque siente que en este pasillo él juega en casa.

—Porque esta mañana estaba sanísimo, y ahora está ingresado en Psiquiatría.

Él entorna los párpados.

—Identifíquese.

La orden le cae a Marta como un golpe.

—¿Cómo dice?

—Que se identifique —repite él, más despacio, mientras saca una cartera del bolsillo y despliega su placa—. Se lo exijo.

El brillo metálico resuelve la duda: Cuerpo Nacional de Policía.

—Inspector Córcoles.

Marta siente un golpe de rabia. Respira hondo, se mete la mano en el bolsillo de la chaqueta y saca el DNI. Se lo tiende sin apartar la vista de su rostro.

—Aquí tiene.

Él lo examina con calma. Apenas mueve los labios mientras lee.

—Marta Escudero. Así que eres la amiga inspectora. Vaya, vaya… —Levanta la cabeza y esboza una media sonrisa—. He oído hablar de ti. Quiroga te tiene en alta estima.

Marta sostiene la mirada sin pestañear.

—Inspector, solo quiero…

Él alza la mano para interrumpirla.

—Vamos a hacer una cosa —dice, cargando la voz de autoridad—. Primero, quítate esa pegatina ahora mismo, si no quieres que te denuncie por mentir sobre tu parentesco y colarte.

Marta mira su pecho. Siente la humillación, y arranca la pegatina de un tirón y la arruga en la mano.

—Y ahora, te das la vuelta y regresas a Alicante a cumplir tu sanción, si no quieres que informe a tus superiores de esta visita tan… irregular. ¿Está claro?

Cada frase es una puerta que se cierra ante ella. Marta siente cómo se le calienta la cara, mientras la rabia y la impotencia se amontonan detrás de los dientes. Sabe que está contra las cuerdas.

Aun así, permanece quieta.

—Dime qué le ha pasado.

La expresión de Córcoles se endurece aún más y niega despacio. Después, traga saliva.

—Lleva varias semanas muy tenso y hoy ha explotado.

Se ha puesto a insultar al comisario, ha perdido los papeles, ha comenzado a decir barbaridades…

y se ha autolesionado en la cara. —Hace un gesto vago hacia su mejilla—.

Hemos tenido que reducirlo entre varios compañeros.

Estaba fuera de sí, inspectora. Una pena.

Una pena. Habla de él con la frialdad de quien despacha un expediente caducado.

Marta lo encara. En ese momento, Córcoles encarna algo más que a sí mismo: todo el sistema plantado ante ella, diciéndole desde arriba que se aparte.