16
El hotel con encanto que emocionó a Marta, con su fachada de piedra vista, vigas de madera y campo a su alrededor, se convierte en un peso en su estómago en cuanto suben a la habitación.
El conflicto con Lara ocupa todo el espacio.
Apenas hablan, se mueven como dos extrañas que comparten un techo por obligación.
Marta le pide paciencia, promete explicaciones y asegura que solo desea mantenerla a salvo.
Lara la escucha con los brazos cruzados y una mirada oscura, y se encierra en el baño después de decir un «haz lo que te dé la gana».
Le queda tiempo antes de la cita. Demasiado para pensar, insuficiente para sentirse segura. Arranca el Golf y se dirige a la casa de Quiroga.
A medida que se aleja de Oviedo, la ciudad se desdibuja en rotondas, talleres y bloques dispersos.
Pronto, la carretera se estrecha a través de prados y fincas cerradas por muros de piedra.
El cielo se cubre de nubes que apagan el color del paisaje.
En dos ocasiones, Marta debe apartarse al arcén.
Primero deja pasar a un hombre que camina con cuatro cabras, que suenan con sus cencerros.
Luego, a dos jinetes que descienden charlando, ajenos a cualquier urgencia.
El contraste con la ciudad la golpea con claridad.
Allí todo es prisa, semáforos y situaciones estresantes.
Aquí, la quietud apenas se rompe con el balido de un animal o el cambio de marcha de un tractor.
Se pregunta cuánto tardaría en volverse loca en un lugar así, alejada del ruido y del estrés al que está acostumbrada.
Fran, en cambio, siempre pareció pertenecer a un lugar como este.
Vive en una casa de campo a las afueras de Alicante, sueña con plantar tomates y tener gallinas, con levantarse y decidir si ese día trabaja o no.
«Ni en eso coincidimos», piensa Marta, con ironía y tristeza.
Se le aparece la imagen de él diciéndole que mañana la verá en Asturias, con su voz decidida al teléfono.
Aparta el recuerdo como quien quita una rama del camino.
Ahora no puede permitirse abrir otro frente.
Ya tiene suficientes problemas fuera de control.
Al llegar a las inmediaciones de la casa de Quiroga, la carretera se estrecha todavía más. Hay curvas cerradas y taludes cubiertos de helechos. Cuando finalmente aparece la vivienda, un caserón de fachada encalada y tejado oscuro, busca el coche de Quiroga.
La ausencia del vehículo le provoca un vacío inmediato. Mira a su alrededor: el camino, la cuneta, el cobertizo de herramientas. Todo está demasiado quieto.
La calma que sigue es tan compacta que le permite percibir su propio pulso. Baja del coche y observa la fachada: persianas bajadas, puerta cerrada, ninguna luz se filtra por las rendijas.
Ese silencio trae más preguntas que paz.
No tarda en abrir el maletero. Ha estado horas reflexionando sobre algo que no ha querido expresar en voz alta: ¿cómo demonios supo el comisario de Oviedo que ella estaba en Asturias?
Una filtración podría explicar parte de la situación, pero la sensación de estar fichada va más allá.
Si han descartado la triangulación del móvil, que ahora duerme envuelto en papel de aluminio… ¿Quizás lleva un localizador en el coche?
Esa idea es la que la impulsa a actuar.
Comienza por el maletero, donde extrae la rueda de repuesto, palpa la tapicería y levanta plásticos.
Luego se agacha para revisar los bajos, el chasis y los espacios cercanos al eje trasero.
Nada extraño a simple vista, aunque la desconfianza se instala en ella.
Abre el capó y revisa los recovecos junto a la batería, el filtro de aire y los conductos.
Cualquier dispositivo ajeno podría pasar desapercibido en aquel laberinto de piezas.
Pasa al interior y registra la guantera, el hueco del salpicadero y los respaldos.
Desplaza los dos asientos hacia delante y hacia atrás, busca bajo las alfombrillas, en la unión del tapizado, en los raíles del asiento del conductor y bajo el volante.
Lo único que ve es un paquete de tabaco Fortuna que se ha deslizado bajo el asiento.
Lo mira con una ceja arqueada.
—Así que tres meses sin fumar, ¿eh? —murmura al imaginar la expresión de Lara cuando le muestre el hallazgo.
Devuelve el paquete al salpicadero y cierra la puerta del coche.
Se dirige hacia la casa. Llama al timbre, aunque sospecha que nadie responderá.
Espera de pie mientras oye el murmullo lejano de los pájaros y el goteo de un canalón.
Tras un par de minutos, se rinde y se sienta en el banco de piedra junto a la entrada, a la sombra de un enorme macetero donde aún asoman restos de tierra húmeda.
Enseguida imagina a Modestina, la madre de Quiroga, sentada en ese mismo banco con el mandil puesto, cosiendo un botón o remendando un paño, como la ha visto en otras ocasiones. Ese recuerdo le arranca una sonrisa que se desvanece en cuanto la realidad la alcanza de nuevo.
La preocupación por Quiroga la consume por dentro: el coche que se lo llevó tras un empujón y la marca roja en su mejilla… Un dibujo que todavía se le resiste y que huele a peligro.
En ese momento, el móvil recién comprado vibra en el bolsillo con un tono agudo que la sobresalta.
Observa el número oculto y la piel de su nuca se eriza al instante.
Nadie más conoce ese número. Lo ha usado una vez, y fue para llamar a Anselmo Bueres.
Marta traga saliva, acepta la llamada y se lleva el teléfono al oído.
—¿Hola?
—¿Es usted el electricista? —pregunta una voz femenina, ligeramente alterada.
—¿Yo? —se le escapa a Marta. La pregunta la desconcierta; el timbre y la cadencia, todavía más.
—Estamos esperando a que vengan —continúa la mujer—. No funciona la mitad de la casa.
Marta reacciona y se aferra a la primera coartada que se le ocurre.
—A ver… Déjeme comprobarlo en el ordenador —improvisa—. ¿Puede recordarme su nombre?
—Anselmo Bueres.
Ese nombre, pronunciado así, con ese acento que le resulta familiar, activa su memoria. De repente, la voz deja de pertenecer a una extraña: trae consigo un rostro, un gesto, unos ojos que identifica demasiado bien.
Brenda.
La certeza llega antes de que pueda analizarla.
Marta fuerza la voz para que no tiemble.
—Sí, aquí está. —Finge consultar una pantalla imaginaria—. El técnico estará llegando. La calle es…
Se distrae un segundo y deja que el papel del electricista la sostenga.
—Bo. Fitoria. El 20-C.
—Eso es, Fitoria.
Marta ya tiene bastante. Su corazón le retumba en las sienes. Sostiene el teléfono callada, mientras la pausa se vuelve más densa.
Brenda también respira al otro lado.
Y entonces, se pregunta si ella la habrá reconocido, si habrá percibido en ese «a ver» un eco del pasado, de las pocas veces que coincidieron.
Marta decide cortar antes de cometer una imprudencia.
—Perfecto, entonces —concluye—. En cuanto termine el parte, subimos.
—Gracias —responde la voz.
Marta cuelga despacio. Se queda con la pantalla apagada en las manos, a la espera de que el teléfono le explique qué acaba de suceder.
Ya tiene una dirección. Y va más allá de la casa del abogado inhabilitado: en este momento, Brenda está allí.
Son las seis menos cuarto. Si se dirige ahora al barrio de Fitoria, le resultará imposible llegar a las siete a la cima del Naranco. Dos citas, una con un fantasma que aparece cuando quiere y otra con una mujer que ha mentido, ha huido y, aun así, es la única que puede poner orden en este desastre.
Y en medio de esas dos incertidumbres, la figura de Quiroga se convierte en un tercer vértice que no puede ignorar. Han pasado tres horas desde el final de su turno. Sabe lo meticuloso y responsable que es: jamás desaparecería porque sí, menos aún después de la llamada nerviosa de esta mañana.
Marta sube al coche y da la vuelta en el camino estrecho. Mientras recorre los kilómetros, decide que no utilizará el número nuevo para llamarlo. Si han interceptado las comunicaciones, no piensa facilitarles el trabajo.
En menos de cinco minutos, las casas dispersas se transforman en portales, bloques contiguos y tiendas de barrio.
Entra en Oviedo por una calle de barrio y busca un lugar donde aparcar.
Da con un sitio frente a un portal adornado con flores vistosas en las ventanas.
Deja el coche y se acerca a la primera terraza que ve.
Un hombre de unos sesenta años, con un jersey grueso y expresión tranquila, está sentado en una mesa junto a la puerta del bar. Delante de él hay un vaso de vino tinto y una rebanada de pan con lacón. Marta se aproxima apresurada.
—Disculpe, ¿sabe si hay un teléfono público cerca? Necesito hacer una llamada urgente y me he quedado sin batería.
El hombre la observa de arriba abajo, evalúa sus ojeras y su prisa, y niega con la cabeza.
—Teléfonos públicos, ya quedan pocos —responde—. Pero si quiere, puede usar el mío. —Saca un móvil del bolsillo y se lo ofrece.
La expresión de Marta cambia de inmediato.
—Se lo agradezco muchísimo. Solo será un momento.
Consulta su pequeña agenda telefónica, marca el número de Quiroga con más cuidado del necesario y se aparta un poco, aunque aún puede oler el lacón y el vino.
Un tono. Dos. Tres. Su corazón late con cada uno. Al cuarto tono, descuelgan.
—¿Diga?
La voz que llega al auricular es la de Quiroga, pero suena pastosa. Las palabras le pesan en la boca atravesadas por una nube de cansancio.
—¿Quiroga? —Marta casi se lanza sobre la palabra.
—Sí… soy yo —Le cuesta articular, parece que debe esforzarse para coordinar cada sílaba.
—Soy Marta —dice ella, de forma contundente—. ¿Dónde estás?
Hay un breve silencio. Al otro lado se oye un golpe metálico, quizá una puerta o un carro.
—¿Marta…? —repite él.
—¡Sí! ¿Dónde estás? —insiste ella.
—Estoy… en el hospital.
Con la última sílaba, la llamada se corta de forma abrupta, como si le hubieran arrancado el teléfono de la mano.
Marta sostiene el móvil ajeno sin reaccionar, oyendo el pitido muerto de la desconexión.