15
—¿Eres idiota? —recrimina Lara—. ¿Por qué lo dejaste escapar?
Marta guarda la nota en el bolsillo de sus vaqueros.
—No lo dejé escapar.
—No, claro. Se fue por pura educación. —Lara se golpea la frente con la palma de la mano, como si quisiera aclararse las ideas—. Tenías al tipo delante, cara a cara, y ahora te ha citado en el Naranco. ¿Te escuchas?
—Se me escapó —corrige Marta.
—¿Se te escapó?
—Sí. Se me fue. Y antes de que sigas: no llevo placa, no llevo arma y no sabía qué llevaba él en la mano.
Lara abre la boca, pero Marta se le adelanta.
—Lo vi manipular algo bajo la chaqueta. Podía ser un móvil, una navaja o una pistola. Lo tenía a medio metro, en un portal estrecho, contigo detrás y media calle mirando. Si forcejeaba allí y sacaba un arma, no habríamos tenido una detención, sino un desastre.
Lara se queda quieta unos segundos, todavía furiosa.
—Podrías haberle pegado un rodillazo.
—Lo pensé.
—Pues haberlo hecho.
—También pensé que, si venía preparado para desaparecer, quizá venía preparado para que yo intentara retenerlo. Ese portal no lo eligió al azar, Lara. Nos llevó hasta allí. Me dio la nota cuando quiso y se largó por donde ya tenía calculado.
Lara mira hacia la calle, como si esperara verlo aparecer de nuevo entre la gente.
—Eso no me tranquiliza.
—A mí tampoco.
—Entonces, ¿por qué pareces tan segura de que debemos ir?
Marta saca otra vez el papel y lo mira, aunque ya se sabe la frase de memoria.
—Porque podía haberse limitado a seguirnos. O a matarnos. O a entregar nuestra posición a quien se llevó a Quiroga. En cambio, ha hecho algo mucho más arriesgado: se ha dejado ver.
—Para citarnos en mitad de un monte.
—Para sacarnos de aquí —responde Marta—. De la comisaría, de la calle, de los teléfonos, de todo lo que pueden estar vigilando. No sé si está de nuestro lado y tampoco pienso fiarme de él. Pero ahora mismo es el único que ha venido a buscarnos a cambio de nada.
Lara suelta una risa sin humor.
—¿A cambio de nada? Te acaba de pedir que subas al Naranco a las siete.
—Y por eso iré preparada.
—¿Preparada cómo?
Marta dobla la nota con cuidado y la guarda.
—Aún tengo que pensarlo. Pero no voy a ir para obedecerle. Voy a ir para entender por qué está tan empeñado en que lleguemos vivas al siguiente paso.
Lara la observa con rabia y miedo.
—Vas a ir sola.
—Sí.
—Ni de coña.
—Lara…
—Ni Lara ni hostias. Ese hombre pagó mi deuda. Me amenazó. Te rondó después del accidente. Ahora aparece, desaparece y nos cita en el Cristo como si esto fuera una película mala. Si vas, voy contigo.
—Me niego a ponerte en peligro más de lo que ya estás.
Lara da una patada a la base de una farola cercana y el metal vibra con el golpe.
—Es increíble.
—Ahora lo importante es localizar a Quiroga —continúa Marta, evitando entrar en la discusión.
—Pues llámalo desde el número nuevo.
—Mejor desde un teléfono público.
Lara se vuelve hacia ella, incrédula.
—¿Estás loca? Si las cabinas se han extinguido. Son como los diplodocus.
—¡Qué va! —Marta comienza a andar—. Te aseguro que todavía quedan algunas por ahí.
—¿Y lo de ir a la biblioteca, qué? —insiste Lara, caminando a su lado—. Tú misma dijiste que necesitábamos información.
—La biblioteca puede esperar. Esto nos ha explotado en la cara y no pienso pasar ni un minuto más sin saber si Quiroga está en peligro.
Caminan a ciegas, atentas a ambos lados de la calle. Preguntan en un estanco, en una tienda de recuerdos y en un kiosco. Al final, una señora que pasea a su perro les señala con el bolso.
—Creo que hay una ahí abajo, cerca del Campoamor.
Junto a la esquina del teatro, cubierta por carteles de espectáculos y anuncios, se levanta una cabina de color desvaído, con los cristales rayados.
—Mírala, en vías de extinción —anuncia Lara.
Marta entra, cierra la puerta y el murmullo de la calle se amortigua. Extrae la pequeña agenda de teléfonos que lleva en el bolso e introduce una moneda. Marca el número de Quiroga y apoya la frente en el cristal mientras oye los tonos.
Uno. Dos. Tres. Cuatro.
Nada.
Al quinto tono, salta el buzón de voz. La voz mecánica le ofrece dejar un mensaje. Marta cuelga de manera brusca.
—¿Nada? —pregunta Lara desde fuera, pegada al cristal.
Marta niega y busca otro número en la memoria.
—¿A quién llamas ahora? —insiste Lara, con la mano en la manilla de la puerta.
—A Teo.
—¿A tu compañero informático?
—Sí.
Lara arruga el gesto.
—Pero… ¿no estás inhabilitada? Dijiste que no podías pedir favores a nadie de la unidad.
Marta se lleva el auricular al oído mientras marca.
—Esto se está poniendo negro.
Da tono al otro lado de la línea.
Las dos esperan, conscientes de que, si Teo responde, abrirán una puerta que quizás ya no puedan cerrar.
Una voz femenina responde al otro lado.
—¿Diga?
—Hola, buenos días —improvisa Marta—. ¿Podría hablar con Teo, por favor?
—¿De parte de…?
Marta se muerde la lengua. Sabe perfectamente que no le cae bien a la mujer de Teo; demasiadas guardias y demasiadas llamadas a deshoras.
—Del trabajo —resuelve al final—. Solo será un momento.
Hay un silencio en el que imagina a la mujer considerando si pasa la llamada o no. Al momento, escucha un ruido de pasos, un murmullo lejano y el golpe del auricular contra otra mano.
—¿Sí? —dice la voz de Teo.
—Ni se te ocurra colgar ni decirle a tu mujer que soy yo. Segundo: perdona por llamarte al fijo. Y tercero: ¿qué tal estás?
—¿Te has vuelto loca? Si el comisario se entera de que…
—No debe enterarse. Por eso te llamo desde un teléfono público. Lo tengo todo controlado.
—Eso lo dices tú. ¿Dónde estás?
—En Asturias, con mi hermana. Buscando a Brenda.
Teo suelta un bufido.
—Y ya te has metido en problemas, claro.
—No, hombre, todo está muy tranquilo. Venimos de tomar sidras y cantar «Asturias, patria querida» —responde Marta, con ironía—. Te enviaría una foto, pero…
—Si estuvieras tan bien, no te haría falta llamarme. ¿Qué necesitas?
—Teo, ¿quién te ha dicho que necesito nada?
—Venga, que nos conocemos. ¿Lo has intentado con Silvia y te ha mandado a paseo?
Marta se frota el puente de la nariz.
—Voy a ser sincera.
—Ahora sí que me asustas.
—Necesito la dirección de varias personas. Si todavía existieran las viejas guías telefónicas, lo haría yo sola, pero… —Mira el teclado oxidado de la cabina—. Tú lo tienes a golpe de clic y a mí me han dejado apartada como si fuera basura.
—¿Solo direcciones?
—A ver… Si te sale información adicional, tampoco me quejaré.
Al otro lado se oye un cajón que se abre, el roce de un bolígrafo…
—Espera, que busco dónde apuntar. Dispara.
—Anselmo Bueres —empieza Marta—. Abogado penalista.
Cerró el despacho hace un mes y no me coge el teléfono.
Sé que tiene respuestas. Otro es Nico Vergara.
No tengo el segundo apellido. Sé que vive en Oviedo y que aparece en una foto con Brenda.
Es una persona cercana a ella. Y el último, Ricardo Moreno, consejero de Cultura del Principado.
También ha tenido contacto reciente con Brenda.
—Vaya trío —murmura Teo, a la vez que escribe—. Esto tiene pinta de lío gordo.
—Bienvenido a mi mundo.
—No te prometo nada —añade él—. Estamos hasta arriba con un tema de malos tratos y la mitad de la plantilla echando horas extra.
—Búscame un hueco, Teo. Aunque sea por los viejos tiempos.
Hay un breve silencio, y cuando habla, su tono ya resulta más suave.
—Vale, lo miraré. Pero si me la juego, me la juego solo hasta cierto punto.
—Tranquilo, que no voy a arrastrarte más de la cuenta.
—¿Y cómo quieres que te lo haga llegar?
—Apunta este número de móvil —dice Marta—. Es nuevo. El viejo digamos que guarda cuarentena.
Se lo dicta despacio.
—Recibido. Y ten cuidado. Aquí el ambiente está raro. Y cuando el ambiente está raro, contigo suele acabar peor.
La frase le amarga el gesto a Marta.
—Te lo agradezco. Cuidaos por ahí.
Cuelga. El eco de la cabina queda suspendido en sus oídos antes de abrir la puerta.
Lara la espera apoyada en el cristal.
—He hablado con Teo. Si consigue algo, nos llamará.
—¿Dónde vamos ahora?
Marta camina.
—Te pregunto que a dónde vamos —insiste Lara, siguiéndola—. ¿Vas a contestar o tengo que gritarte en mitad de la calle?
—Al hotel.
Lara se detiene en seco.
—¿Al hotel?
—Sí. Y allí te quedarás.
—¿Cómo que me quedaré? Ni hablar, bonita. Tú no me mandas, por mucha inspectora que seas. ¿A qué viene eso?
Marta se detiene un momento, atiende al tráfico que pasa por delante del Campoamor y las fachadas alineadas, buscando en ellas una respuesta que la convenza.
—Todo se está complicando —dice al fin—. No quiero que te veas más involucrada.
—Oye, que no soy una cría.
—Lo sé. Pero tengo que manejar dos asuntos delicados y prefiero que te quedes al margen.
—¿Qué dos asuntos?
—Localizar a Quiroga y reunirme a las siete en el Naranco.
Lara se queda ante ella como si acabara de oír que piensa saltar desde lo alto de un puente.
—¿Y qué se supone que hago yo en el hotel y sin móvil, mirar al techo?
—Tienen un spa precioso. Te prometo que habré vuelto para la cena.
—¡Y una mierda!
—¿Cómo dices?
—Que eso no te lo crees ni tú. —Lara se contiene—. Ya te lo he dicho muchas veces: no juegues conmigo. Otra vez vuelves a tratarme igual que a una niña de doce años.
Marta abre la boca, pero no encuentra las palabras adecuadas.
—¿Por qué dices eso?
—Por nada. —Lara agita la mano, cortando el tema—. Lo sabes de sobra. Tu trabajo va siempre por delante, incluso cuando estás apartada.
Llegan al borde del aparcamiento. Los coches entran y salen, reflejando la luz de la tarde.
Lara se detiene y se coloca frente a ella.
—Saca el maldito coche y vámonos. Te espero aquí fuera.
La inspectora sostiene su mirada durante un largo segundo. Después asiente en silencio y se dirige hacia la rampa del parking.