El ladrón de destinos (Inspectora Escudero 7) 14
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Marta y Lara apresuran el paso por la acera, con la imagen del Renault Mégane gris aún grabada en la memoria. Al doblar la esquina, entran en una tienda y compran papel de aluminio.

Acceden al baño del primer bar que encuentran y Marta le pide a Lara que vacíe el bolso.

Revisa cremalleras, forros, compartimentos internos y hasta la base de la suela del calzado en un procedimiento rápido y metódico, guiado por años de protocolos policiales que ahora ejecuta a espaldas de la placa y a contrarreloj.

—Nada —dictamina Marta.

—¿Tú crees que se puede colocar un localizador en un zapato? —pregunta Lara en voz baja.

—Si han llegado hasta nosotras, ya no descarto nada.

Ambas sacan los teléfonos y extraen las tarjetas. Los dispositivos, envueltos en varias capas de papel de aluminio, se convierten en pequeños paquetes mudos y opacos, como si al hacerlo pudieran cortar de golpe cualquier hilo invisible que las una a quien las vigila.

—No quiero que esto vuelva a sonar hasta que lo decidamos nosotras —dice Marta.

Lara asiente, seria, sin una de sus réplicas habituales.

Salen del bar y recorren varias calles hasta encontrar una tienda de segunda mano, donde venden desde aspiradoras antiguas hasta auriculares sueltos. El dependiente las mira con desgana mientras Marta compra un teléfono barato y una tarjeta SIM prepago que activa con el DNI de Lara.

Caminan hacia la comisaría y se detienen junto a uno de los muros del Hotel de La Reconquista.

Desde allí pueden observar la puerta lateral de la comisaría, el flujo de agentes que entran y salen, los coches oficiales que llegan y los que se marchan.

Un sitio lo bastante visible para no parecer sospechosas y lo suficientemente resguardado para esperar.

Lara se cruza de brazos y hunde las manos bajo el abrigo.

—¿Estás segura de que Quiroga saldrá por aquí?

—Siempre sale por este lado. Odia atravesar el vestíbulo si hay movimiento de prensa —responde Marta, con la vista fija en el acceso.

La nueva tarjeta funciona. El teléfono barato se enciende con un pitido agudo, casi ridículo para el nivel de nervios que llevan encima. Marta comprueba la cobertura y marca el número de Anselmo Bueres. El corazón le late con un ritmo demasiado alto para una simple llamada.

Empieza a sonar.

Uno. Dos. Tres.

Lara mira la pantalla con ansiedad, empeñada en arrancar una respuesta del otro lado.

—Venga…

La llamada se corta de golpe, ni siquiera salta el buzón.

Marta baja el móvil y se lo guarda en el bolsillo.

La puerta lateral de la comisaría se abre.

Quiroga aparece, aunque no va solo.

Camina con las manos metidas en los bolsillos de la chaqueta.

A su lado lo acompaña un hombre más bajo, vestido con camisa y chaleco, demasiado pegado a él como para no estar marcándole el paso.

En la cara de Quiroga, junto a la mejilla izquierda, Marta detecta una línea roja y reprime el impulso de echar a correr.

El acompañante le da un empujón en el hombro, pequeño pero inequívoco, y lo desvía hacia el bordillo.

En ese instante, un Volkswagen Passat estacionado en la zona de vehículos autorizados enciende las luces intermitentes, en respuesta a una señal ya acordada.

El hombre del empujón abre la puerta trasera.

Lleva bigote y gafas de sol.

Quiroga sube al asiento con una rigidez que le endurece la espalda a Marta. La puerta se cierra y el coche se incorpora al tráfico.

—Son las tres y seis —dice Marta—. Tenía que haber salido andando.

Lara sigue el Passat con la mirada hasta que desaparece por la calle Marqués de Santa Cruz.

—¿No era así como habíais quedado?

—No. —Marta sigue inmóvil—. Le ha ocurrido algo. Y no puedo llamarlo.

La impotencia le cae encima con fuerza: esa mezcla de culpa, rabia y cálculo que siempre llega cuando otra persona entra en el radio de daño de una investigación.

—¿Tienes hambre? —pregunta al cabo de unos segundos, porque necesita sentarse antes de decidir el siguiente movimiento.

—No mucha, pero… ¿qué hacemos ahora?

—Esperar. Y pensar con calma, para no volvernos locas.

Cruzan la calle y se sientan en la terraza del bar Orly. El camarero les sirve dos refrescos y unos pinchos. Ninguna presta atención a la comida. Marta coge una servilleta de papel y anota los nombres que han recopilado a lo largo del día: Anselmo Bueres, Nico Vergara, Ricardo Moreno.

Lara mastica con desgana.

—¿Y con eso qué piensas hacer?

—Necesitamos ayuda —admite Marta—. Me siento inútil sin mis compañeros. En otro momento bastaría una llamada y tendríamos media docena de atajos. Ahora estamos solas.

—¿No puedes tirar de Internet? —propone Lara.

—Sí. Había pensado en ir a la biblioteca del Fontán. Tienen ordenadores públicos. Pero…

—Te preocupa Quiroga.

Marta asiente.

—Y mucho.

—Tienes su número personal. ¿Por qué no lo llamas?

—Porque no me fío. —La mira con seriedad—. Si saben que estoy aquí, también podrían estar escuchándolo a él. O aguardando a que dé un paso en falso.

Lara se encoge en la silla.

—No me pongas esas ideas en la cabeza, que luego me monto películas yo sola.

—Tranquila —dice Marta, con una mano sobre la suya—. Terminamos aquí y nos vamos a la biblioteca. ¿Vale?

Lara asiente. Está a punto de dar otro sorbo cuando observa la salida lateral de la comisaría.

Y el gesto se le endurece.

—Marta…

—¿Qué?

—Allí.

Un hombre está de espaldas, inmóvil, a la espera de una señal. Lleva vaqueros oscuros y chaqueta negra.

—¿Qué pasa con él? —pregunta Marta.

Lara tiene los ojos muy abiertos.

—Me ha parecido que es…

—¿Quién?

—Espera.

El hombre se lleva una mano al bolsillo y saca un móvil. Se lo acerca al oído, ofreciendo solo el perfil imprescindible.

Marta se incorpora en la silla.

—Lara, ¿quién es?

Lara traga saliva.

—Es Nico.

Marta siente un latido violento en el pecho.

—¿Estás segura?

—Es él. El ángel.

—El que pagó mi deuda. El que viste tras tu accidente. Y… —añade con un hilo de voz— el que me dijo que la próxima vez quizá el ángel no llegaría a tiempo.

Marta se paraliza.

En ese mismo momento, el hombre empieza a caminar calle arriba.

Marta reacciona.

Se pone en pie de un salto y la silla choca contra el pavimento.

—¡Vamos!

Lara rebusca a toda prisa en el bolso, deja un billete bajo el plato y sale detrás de ella.

El hombre desaparece entre la gente de la calle Gil de Jaz.

Marta acelera el paso.

—¡Corre tú! —jadea Lara detrás, incapaz de seguirle el ritmo.

La orden activa por completo a Marta, que echa a correr.

Su cuerpo entra en ese automatismo que conoce desde hace años: respiración corta, zancada medida, atención fija, cálculo de huecos.

Esquiva a un hombre que sale de una tienda distraído y se abre paso por el hueco de dos mujeres cargadas de bolsas.

Al doblar la esquina, alcanza a ver la chaqueta negra alejarse con rapidez.

Baja al asfalto.

Un coche frena y le pita, aunque ella ya ha cruzado por delante de varios vehículos detenidos por el tráfico de la tarde.

—¡Eh! ¡Deténgase! —grita.

Media acera se vuelve.

Ahora él camina con una calma desconcertante.

Marta reduce distancia: diez metros, ocho, seis. Él vuelve la cabeza, lo justo para confirmar que sabe que la lleva detrás, y tuerce hacia la calle Uría.

Marta lo sigue, hasta que un grupo de chavales sale de un portal de golpe e invaden la acera entre risas, mochilas y empujones. Ella está a punto de llevarse a uno por delante, frena en seco y salta hacia un lado.

—¡Perdón!

Recupera velocidad.

La figura de negro continúa calle abajo con el porte erguido. Marta percibe entonces que las manos del hombre manipulan un objeto, oculto por la chaqueta.

¿Un móvil? ¿Un arma?

La duda le pincha el estómago.

Reduce una fracción el ritmo. Lo tiene ya a pocos metros.

Entonces él hace algo inesperado.

Se desvía bruscamente hacia un portal estrecho, encajado entre dos escaparates.

Marta entra después.

La luz cambia de golpe. El portal está en penumbra, aislado del ruido de la calle Uría. El hombre se detiene. Permanece de espaldas, inmóvil, esperándola.

Marta recupera aire. No sabe si va a encarar a un aliado, a un enemigo o a alguien que se mueve en una zona más turbia que ambas cosas.

Él guarda silencio. Gira el perfil lo suficiente para que Marta reconozca la línea de la mandíbula.

El escalofrío le recorre la espalda.

No lleva las gafas de pasta de la fotografía con Brenda, pero es él.

El mismo que pagó la deuda de Lara. El que la observó tras el accidente. El que dejó aquella frase clavada dentro de las dos.

Levanta un brazo despacio y le tiende un papel doblado. Evita encararla.

Ella le golpea la muñeca antes de coger la nota.

—Se acabó el teatro —escupe—. Ahora vas a decirme para quién trabajas.

Nico Vergara mantiene el brazo suspendido, impasible.

Marta da un paso y lo agarra por la solapa de la chaqueta.

—¿Quién te envía? ¿Qué quieres de nosotras?

Él inclina la cabeza hacia ella. Muy cerca. Demasiado tranquilo.

—A las siete —dice.

Entonces le introduce el papel en la mano, y se zafa rápidamente de su agarre y empuja la puerta del portal.

Marta reacciona tarde. Lo alcanza por el hombro, intentando retenerlo, pero él ya ha ganado la calle. Un grupo de peatones se cruza en medio y ese breve instante le basta para desaparecer en la masa de abrigos, paraguas y bolsas.

—¡Eh! —grita Marta—. ¡Vuelve aquí!

Marta se queda en mitad de la acera, con la respiración agitada y el papel arrugado en la mano. Sabe que debería seguir corriendo, pero la nota ya se abre en su mano antes de que pueda evitarlo.

La letra es breve y precisa.

«A las 19 horas en el Cristo del Naranco».

Marta la relee una vez.

Luego otra.

No entiende qué papel juega Nico en todo aquello. No entiende por qué aparece cuando quiere, por qué desaparece con tanta facilidad ni por qué sabe tanto sobre ellas. Pero comprende una cosa: ya le han fijado el próximo movimiento.

Y ella no piensa faltar a la cita.