El ladrón de destinos (Inspectora Escudero 7) 13
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Las hermanas Escudero están sentadas en un banco frente al Palacio de Congresos.

El viento les roza la cara mientras la estructura blanca de Calatrava brilla como una carcasa extraterrestre.

Ambas permanecen cabizbajas, con la insoportable sensación de moverse en un tablero desconocido, donde cada paso parece anticipado por alguien que siempre va por delante de ellas.

Marta repasa la llamada de Quiroga, esa advertencia de que el comisario sabe que ella está en Oviedo. ¿Cómo? ¿Desde cuándo? ¿Quién les sigue el rastro? Baja la mirada hacia sus manos, aún tensas por la llamada, y luego hacia el teléfono. Ese objeto cotidiano no es un simple móvil: es un rastro.

Levanta la cabeza y estudia a Lara de arriba abajo para averiguar si su hermana también lleva encima un dispositivo que no debería seguir usando.

—¿En qué piensas? —pregunta Lara.

Marta no aparta la vista del móvil.

—Que nos están siguiendo el hilo. Y que, en cuanto salgamos de aquí, nos quitamos estos teléfonos. Compramos tarjetas nuevas y punto.

Se pone de pie de inmediato.

—Pero antes voy a intentar una cosa.

Lara arruga el gesto, aunque la sigue sin discutir.

—¿El qué?

Marta echa a andar hacia la entrada lateral del Palacio de Congresos, la que da acceso a los servicios centrales y direcciones generales. Sus pasos resuenan huecos bajo el voladizo de hormigón.

—Hablar con gente de dentro.

—¿Con quién?

—Con quien vea a cada persona que visita el recinto.

El interior del edificio se abre ante ellas con un recibidor frío y luminoso, revestido de superficies blancas que exageran cada destello. El techo se eleva en una sucesión de costillas arquitectónicas que da la impresión de caminar bajo el esqueleto de una criatura gigantesca.

A pocos metros, un mostrador interrumpe la monotonía del espacio. Tras él, hay dos funcionarias. Una, de mediana edad, teclea con gesto concentrado, inclinada sobre su monitor. La otra sostiene el teléfono fijo entre la barbilla y el hombro mientras hojea papeles.

Las hermanas se detienen frente al mostrador. Marta adopta una expresión un poco insegura. Lara observa cada rincón del edificio.

La mujer del teléfono termina la llamada y deja el auricular en su base. Les dedica una sonrisa de esas que se reservan para la gente perdida.

—Decidme, ¿qué necesitáis?

Marta da un paso al frente.

—No sé si podrá ayudarme —empieza con voz suave, y deja asomar una vacilación calculada—. Mi hermana y yo venimos de fuera para intentar localizar a un familiar. Creemos que pudo pasar por aquí. ¿Puedo enseñarle una fotografía?

La funcionaria se inclina un poco, ya atrapada por la curiosidad.

—Claro.

Marta desbloquea el móvil, abre la imagen y amplía el rostro del hombre.

—Es este.

La mujer echa el rostro a un lado.

—No me suena… Quizá por el nombre. ¿Cómo se llama?

—Ese es el problema —responde Marta, con un pequeño suspiro—. Sabemos que conocía a nuestra hermana, pero no hemos conseguido averiguar su nombre.

La mentira sale limpia. Marta no añade que aquel rostro lleva semanas apareciendo en los márgenes de su vida, siempre demasiado cerca y siempre demasiado lejos.

La funcionaria frunce los labios, pensativa. Luego alarga la mano.

—Déjame verla mejor.

Marta le entrega el móvil. La mujer gira la pantalla hacia la otra funcionaria.

—A ver, Marisa, ¿te suena este chico?

La compañera reacciona de inmediato y alza la vista de golpe.

—Claro que sí. Es Nico.

Marta siente que el ángel acaba de perder una máscara. Por fin tiene nombre.

—¿Nico? —repite la compañera.

—Sí, mujer. Nico Vergara. El informático. Venía de vez en cuando a reparar el sistema o a revisar cosas de mantenimiento digital. —Entorna los ojos y vuelve a mirar la foto—. Y preguntaba mucho por los despachos de arriba.

Marta siente que una pieza se mueve dentro de otra.

—¿Sigue viniendo por aquí?

—Hace tiempo que no lo veo —responde la mujer, sin soltar el móvil—. Pero este chico venía bastante.

Entonces desliza los dedos sobre la fotografía y amplía un poco más.

—Espera… y esta mujer…

La otra funcionaria se acerca más.

—Déjame ver.

Apenas necesita un segundo.

—Sí, claro. Ella vino hace poco.

Marta nota cómo Lara se pone rígida a su lado.

—¿La recuerdan? —pregunta Marta, procurando que no se le quiebre la voz por la sorpresa.

—Sí —dice la de las teclas rápidas—. Vino a preguntar por un consejero. Trajo una caja de bombones. Muy maja, muy arreglada.

—¿Por quién preguntó? —insiste Marta.

La primera mujer entrecierra los ojos, haciendo memoria.

—A ver… ¿cómo se llamaba? El de Cultura. El que siempre va con prisas.

—Ricardo Moreno —dice la otra.

—Eso. Ricardo Moreno. Mirad, justo el que aparece en esos folletos de ahí.

Las hermanas observan el expositor. En la portada de uno de ellos, Ricardo Moreno inaugura unas jornadas culturales, con una hilera de banderas a la espalda.

Es un hombre de unos cincuenta años, alto y delgado, vestido con un traje oscuro.

Lleva el cabello peinado hacia atrás, con discretas canas en las sienes, y su expresión pulcra sugiere que está acostumbrado a posar para las cámaras.

Lara entrecierra los ojos.

—Se parece mucho a ese político inglés… ¿Cómo se llamaba?

—Tony Blair —responde Marta, sin apartar la vista del folleto.

Las funcionarias las observan con una sonrisa, atentas a su reacción.

Marta, de repente consciente de su entorno, levanta la vista.

—Sí. La mujer de la foto también es familia nuestra.

—Pues vino hace nada —añade la segunda—. Te diría que fue hace poco, aunque el día exacto se me escapa. Y tenía claro a quién buscaba.

—¿Recuerdan algo más? —pregunta Marta—. Cualquier detalle.

—Poca cosa. Era educada.

Lara se remueve a su lado, aunque consigue mantener la boca cerrada.

—Entiendo… —dice Marta—. ¿Y habría modo de saber si ese chico, Nico, sigue viniendo por aquí? O si trabaja para una empresa concreta.

La primera funcionaria duda un momento.

—Eso igual lo sabría Marco, el jefe de mantenimiento. Controla todas las empresas externas que entran y salen. Espera, voy a llamarlo.

Se aparta un poco, marca varias extensiones y pregunta por «Marco», por «el de mantenimiento», por «el del curso». Marta escucha solo fragmentos: no está, no contesta… Al final, la mujer cuelga con una mueca de disculpa.

—Nada. Está fuera, en un curso, y no volverá hasta el lunes.

—No pasa nada. Ya nos habéis ayudado mucho más de lo que imagináis. Gracias.

La funcionaria le devuelve el móvil. Ambas les dedican una sonrisa cómplice, como si les enterneciera aquella búsqueda familiar.

Las hermanas cruzan las puertas automáticas y regresan al frío de la calle. El viento les golpea la cara y Lara se sube la bufanda.

—Si Brenda ha venido hasta aquí y conocía a ese Nico…

No termina la frase.

Ve a Marta clavada en el sitio.

Sus ojos se han quedado fijos en el aparcamiento del edificio, justo cuando un coche maniobra para salir de su plaza. El motor ronronea. Las luces traseras se encienden. La carrocería gris se desliza despacio hacia la rampa.

—Marta, ¿qué pasa? —pregunta Lara, siguiéndole la mirada.

Marta tarda en encontrar la voz.

—Ese coche…

—¿Cuál?

—El gris.

El Renault Mégane termina de girar.

Marta palidece.

—Es el mismo que estaba en el cementerio de La Roda.