El ladrón de destinos (Inspectora Escudero 7) 12
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El número de Anselmo establece el tono desde el primer intento.

Uno, dos, tres… hasta que la llamada se desvía al buzón de voz.

Marta cuelga antes de que salte el mensaje grabado, vuelve a marcar por inercia y obtiene el mismo resultado: una línea activa al otro lado que, sin embargo, no conecta con nadie.

En otra ocasión, habría recurrido al comodín habitual: una llamada a Teo, el informático de la unidad en Alicante, y en cuestión de minutos tendría direcciones, contratos y recibos vinculados a Anselmo Bueres.

Pero ahora está sancionada, sin respaldo y con media comisaría advertida de que no le hagan favores.

Ni tan siquiera puede apoyarse en Quiroga, que también camina sobre un hilo fino y podría arrastrarlo con ella.

—Y ahora, ¿qué hacemos? —Lara rompe el silencio con una impaciencia que se nota en la manera de encoger y estirar las piernas en el banco.

—Vamos —dice Marta.

—¿A dónde? —Lara la imita, aunque la pregunta surge más por llevar la contraria que por verdadera curiosidad.

—¿No querías conocer Oviedo? —Marta se cuelga el bolso al hombro—. Pues habrá que patearlo. Volveré a llamar a Anselmo dentro de un rato.

Abandonan la plaza de la catedral y se adentran en el casco antiguo.

Las calles desembocan en la plaza de la Escandalera, con sus edificios solemnes y las marquesinas de autobús repletas de carteles.

Se detienen frente al Teatro Campoamor. Lara observa la fachada e imagina estrenos, alfombras rojas y trajes de gala.

—¿Es aquí donde dan esos premios?

—Sí, los Princesa de Asturias. O los Príncipe, según el año que mires —responde Marta mientras sigue avanzando—. Cuando cruzan la calle, media ciudad se vuelve loca.

La calle Uría se extiende en un eje de tiendas y oficinas. Al entrar en el campo de San Francisco, el ruido se amortigua bajo los árboles. El suelo está cubierto de hojas húmedas y los pavos reales pasean con una dignidad absurda entre bancos y gente corriendo.

Mientras caminan, Marta señala lugares y dibuja un mapa en el aire con las palabras.

—La comisaría en la que trabajaba queda por ahí atrás —explica—. Nada glamurosa.

Lara la escucha con atención, aunque de vez en cuando levanta la vista hacia las torres de oficinas y los bloques de viviendas modernas que asoman más allá del parque.

Se acercan al Palacio de Exposiciones y Congresos, el edificio de Calatrava, que se alza al fondo, varado sobre la ciudad como una nave espacial. A pocos metros de la entrada, el teléfono de Marta vuelve a sonar dentro del bolso.

—¿Es Anselmo? —Lara alza las cejas con una chispa de expectativa.

—No, qué va —responde Marta. El nombre de Fran parpadea con insistencia.

—¿Vas a contestarle de una vez?

Marta duda. Siente la tentación de apagar el móvil, de borrar de un gesto todo lo relacionado con él, aunque también sabe que las personas no desaparecen por el simple hecho de bloquearlas.

—Si no quieres nada con él, díselo y punto —dice Lara, sin rodeos—. Cuanto más lo alargues, peor.

Marta la mira, indecisa. Esa simplicidad le resulta ofensiva y deseable al mismo tiempo.

—Trae, déjame el teléfono, que se lo digo yo —propone Lara, ya con la mano extendida.

—Ni se te ocurra. —Marta aparta el móvil—. Déjame hacerlo a mi manera. Ve tú delante, que ahora te alcanzo.

El móvil vibra en la mano de Marta, reacio a dejarse ignorar otra vez.

Ella respira hondo, lo justo para reunir el valor que lleva horas esquivando, y desliza el dedo para aceptar la llamada.

Cuando se acerca el teléfono a la oreja, escucha primero una respiración entrecortada y luego la voz de Fran, cargada de ansiedad.

—¿Marta? ¿Marta? ¿Estás ahí?

—Sí, aquí estoy. Dime.

—Oye… ¿Estás bien?

—Sí —responde, demasiado deprisa.

Él tarda en reaccionar.

—¿Podemos hablar?

—Estoy ocupada con un caso.

—Vale, lo entiendo. En algún momento volverás a casa. ¿Puedo pasar a verte?

Marta se queda desconcertada.

—¿A verme?

—Sí. Estoy en Alicante —confiesa él—. Llegué esta mañana. Te lo escribí por WhatsApp.

Marta nota un pinchazo en el pecho.

Por eso no quiso abrir el mensaje. Porque leerlo habría sido admitir que Fran ya había llegado, empujando otra vez una puerta que ella lleva semanas intentando cerrar.

—Lo siento… Es que estoy muy liada.

—¿Tienes un momento? —pregunta Fran, y su voz ha perdido la serenidad, está llena de una urgencia que no puede disimular—. Tengo muchas ganas de verte. Y de hablar. Marta, tenemos que aclarar muchas cosas.

Ella cierra los ojos un instante.

—Ahora no puedo. No estoy allí.

Al otro lado tarda en llegar la respuesta.

—¿No?

—He venido a Asturias a investigar un asunto.

—Ah —responde él, apagándose un poco—. Vale. Entiendo.

—Mejor en otro momento —insiste ella, aferrándose a una frase que siente cada vez más débil.

—No hay problema —responde él tras un suspiro—. Te veo mañana.

—¿Mañana? Acabo de decirte que estoy en Asturias.

—Lo sé —dice él. Su tono ha dejado atrás la vacilación y ahora suena decidido—. Por eso te digo que mañana te buscaré por allí.

Marta abre la boca, aunque tarda en encontrar palabras.

—¿Aquí? ¿Qué coño dices? ¡Estás loco!

—No te molesto más. Hasta mañana.

La llamada se corta. El silencio que deja detrás es tan brusco que Marta casi pierde el equilibrio.

Permanece quieta, con el móvil aún en la mano, temerosa de que se rompa en cuanto lo suelte. Siente un torbellino que le sube desde el estómago: rabia, pena, confusión… y una punzada de duelo que creía adormecida.

La distancia con Fran empezó antes que los kilómetros y los proyectos.

Empezó cuando comprendió que él se estaba enamorando de una vida en la que ella apenas encontraba sitio: un aeropuerto, una escala, una promesa aplazada para más adelante.

Y cuando ella le dijo que lo suyo se había terminado, él se aferró con más fuerza, convencido de que la negación podía sustituir a la pérdida.

Unos metros por delante, Lara se gira y alza el brazo para señalar dónde está, temiendo que su hermana se haya quedado atrapada dentro de la llamada.

Marta retoma el camino y guarda el móvil en el bolsillo con la mano cerrada en torno a un pulso vivo.

El edificio Calatrava se alza ante ellas con trazos que amenazan con desprenderse y aplastar media ciudad. Lara enfoca el edificio con el móvil mientras intenta captar su inmensidad.

—¿A quién se le ocurre construir semejante mastodonte en un lugar como este?

—Eso mismo se pregunta todo el que pasa por aquí —responde Marta, aún anclada en la llamada de Fran.

Lara baja el teléfono.

—Tienes mala cara. ¿Lo has mandado de una vez a la mierda?

Marta no contesta. Desvía la mirada hacia un portal cercano, uno de esos bloques anónimos que para cualquiera sería una fachada más y que para ella arrastra otro recuerdo: allí vivía un sospechoso al que tuvo que seguir durante una investigación.

—¿Estás aquí? —insiste Lara—. Te he preguntado si lo has despachado ya.

—Ha vuelto a Alicante y quiere hablar conmigo —admite por fin.

—¿Y qué le has dicho?

—Que ya nos veremos cuando regrese.

Lara emite un gruñido que podría ser una carcajada si no llevara tanta burla.

—Eres de piedra en el trabajo, y para estas cosas, joder, pareces una tontorrona. No te lo he dicho hasta ahora, pero a ese tío lo tengo atragantado. ¿No ves que no te conviene? Se largó a hacer fotos al culo del mundo, pues que se quede allí. Tú a lo tuyo.

—¿No crees que te estás pasando un poco? —le reprocha Marta, que echa a andar hacia la parte trasera del edificio, donde el cristal refleja las nubes.

Saca el móvil de nuevo, esta vez para abrir la fotografía de Brenda junto al hombre de las gafas de pasta.

Marta levanta la vista y compara formas, ventanas y plantas, hasta que identifica el punto exacto desde donde debieron tomarles la foto.

Sobre sus cabezas se alzan los niveles donde están las consejerías de Presidencia, Economía y Empleo, Educación, Cultura y Deporte.

Lara se acerca para mirar mejor la pantalla.

—¿Tú crees que se conocían de antes?

—Tiene que ser alguien importante para Brenda —responde Marta—. Si no lo fuera, esa foto no estaría colgada en medio de su salón.

—¿Y por qué la tomaron aquí, precisamente?

—Eso mismo estoy pensando.

Marta hace zoom en la imagen en busca de más pistas: una placa, un reflejo, cualquier detalle útil. Justo en ese instante, la fotografía desaparece de la pantalla.

—Es Quiroga —dice, más para sí que para Lara.

Acepta la llamada al primer tono.

—Quiroga, qué sorpresa.

La respuesta llega envuelta en una respiración agitada.

—Marta, atiéndeme. Lleva cuidado.

Ella se detiene en seco.

—¿Cómo dices?

—Lo que escuchas. Joder… qué hijos de puta.

La voz de él ha perdido la ironía serena de siempre. Hay rabia, sí, y por debajo, miedo.

—¿Qué ocurre? —pregunta ella, y siente cómo le sube la adrenalina.

—De alguna manera, saben que estás aquí.

—¿Quién?

—El comisario. —Quiroga escupe el título con asco—. Ya te dije que esto se estaba pudriendo. Pues ahora huele peor.

Marta respira y se obliga a mantener la calma.

—A ver, tranquilízate. Cuéntame qué ha pasado.

—Hace diez minutos me llamó a su despacho —empieza él, todavía acelerado—. Me miró como si hubiera pisado una mina y me suelta: «Subinspector, su excompañera Escudero anda por aquí. Le informo que cumple una sanción. No hace falta que le diga más». Esas fueron sus palabras. Ni una más.

—¿Cómo…? ¿Cómo se ha enterado de que ando por aquí?

—Ni idea, pero lo saben. A ti, a mí o a los dos nos tienen medidos. El caso es que están encima. Y esto no pinta nada bien. Estoy acojonado, Marta. Acojonado de verdad.

La sinceridad de esa confesión le cae encima con dureza. Quiroga nunca admite miedo así, sin blindaje.

—¿Dónde estás ahora?

—He salido a la calle a respirar, aunque tengo que volver a la comisaría. Llevo unos nervios encima que no te imaginas. Me tiembla todo.

Marta rastrea a su alrededor por puro reflejo, a la espera de detectar unos ojos fijos en ellas desde una esquina o desde un coche aparcado. La ciudad sigue con su rutina mientras ella ya la percibe de otra manera.

—Escúchame. Vas a hacer lo siguiente: no vuelvas a llamarme. Ni una sola vez más. Ya te buscaré luego. ¿A qué hora terminas?

—A las tres.

—De acuerdo. Trabaja lo justo y vete a casa. Antes pasa por una farmacia y cómprate algún calmante. No quiero que te dé un ataque por mi culpa. Luego hablamos, ¿vale?

Quiroga tarda en responder.

—Vale… Por Dios, ve con cuidado.

La llamada se corta.

Marta baja despacio el teléfono. Y, mientras intenta ordenar la angustia que le ha dejado la voz de Quiroga, un recuerdo se le impone con la violencia silenciosa de un sobresalto: el sobre que ella y Lara encontraron en el florero de la lápida de su madre, el papel húmedo, anónimo, sin firma, y aquella frase escrita como una advertencia:

«Dejad de buscar».