11
Marta apenas ha dormido. Al final, no subieron al hotel del Naranco: se hizo tarde, Lara cayó rendida en el sofá y Quiroga insistió tanto que acabaron quedándose en su casa.
Ahora, la luz del móvil ilumina su rostro en la penumbra del salón.
La chimenea ya está fría. El rocío empaña los cristales con un velo espeso.
Solo se oye el canto aislado de un gallo.
Alicante queda lejos, pero Fran parece aún más lejos que eso.
Tiene once llamadas perdidas y cinco mensajes de él, uno de ellos, enviado a las cuatro y pico, todavía por leer.
Fran se resiste a aceptar que la relación se esté desmoronando.
O quizá sí lo acepta a medias y se niega a soltarla.
Todo se torció cuando se fue al Congo y comenzó a encadenar un proyecto tras otro, fascinado por el caos y la adrenalina de esos lugares donde la vida late de otra manera.
A Marta le duele menos el viaje que la certeza de que él ha encontrado un mundo en el que ella no tiene sitio.
Aun así, siente el pinchazo de la culpa. Ignorarlo le parece injusto, aunque es la única forma que encuentra de hacerle entender que lo suyo ha llegado al final. La distancia entre ellos ha dejado de medirse en kilómetros: ahora pertenece a dos vidas que avanzan en direcciones distintas.
Suspira, bloquea la pantalla y deja el móvil boca abajo. Justo en ese momento, escucha unas pisadas en el pasillo.
Quiroga aparece con una camiseta vieja y el pelo desordenado, rascándose la nuca.
—Coño, Marta… —dice, medio bostezando—. ¿Sigues levantándote con las gallinas?
Ella sonríe con poco ánimo.
—No podía dormir.
Él abre un armario de la cocina y saca el tarro de café.
—Te advierto que, si pensabas salir a correr, aquí no encontrarás un metro llano ni aunque lo reces. Y las vacas no frenan. Te lo digo por experiencia.
Marta se incorpora, se envuelve en una manta y se acerca a la mesa donde él prepara las tazas.
—Me siento rara sin la placa. Me falta una parte de mí. Es como salir de casa sin llaves… o sin una capa de piel.
Quiroga sonríe.
—Te vendrá bien. Aprovecha para respirar y pensar. Estás acostumbrada a llegar a los sitios con la placa por delante.
—No he venido a descansar; he venido a investigar. Y tal vez necesite una mano.
Quiroga se detiene antes de verter el agua en la cafetera.
—Estoy atado de pies y manos, Marta. No puedo mover un dedo. Córcoles está encima, y Espinosa más. Si me ven cometer un error, acabaré expedientado igual que tú… o peor. Y tengo a mi madre, la casa y demasiadas cosas cogidas con alfileres.
Marta asiente. Él no necesita justificarse.
—En Alicante me advirtieron —continúa ella— que ni se me ocurriera llamar pidiendo favores. Están todos avisados, así que me tratan como si yo fuera material inflamable.
Quiroga deja las tazas en la mesa y se sienta frente a ella.
—¿Y qué piensas hacer?
Marta coge la taza entre las manos. El calor le devuelve una tenue sensación de claridad.
—De momento, voy a acercarme a una dirección que encontré. Es poca cosa, pero es lo único sólido que tengo.
—¿Y esa dirección qué es?
Marta sonríe sin alegría.
—Una intuición con letra de Brenda.
Oviedo las recibe con un cielo encapotado y un frío que les muerde las manos. Marta y Lara han dejado el coche en un aparcamiento subterráneo cerca de la plaza del Fontán y ahora suben calle arriba. Lara se ajusta la bufanda que Quiroga le ha prestado y gira la cabeza en todas las direcciones.
—Joder, aquí la gente parece estar en una pasarela.
Marta sonríe mientras repara en una pareja que pasa junto a ellas, con zapatos impecables, abrigos de piel y bufandas anudadas con esmero.
—En Oviedo se arreglan hasta para sacar la basura. Y espera a ver a las señoras de abrigos largos. No se despeinan ni con tormenta.
Doblan por una calle tranquila y entran en una confitería donde el aroma a hojaldre las recibe de golpe. La dependienta, una mujer mayor con moño, abre mucho los ojos al reconocer a Marta.
—¡Mira quién vuelve a casa! ¿Cuándo pensabas pasarte a saludar, guapa?
—Llegamos anoche y es el primer sitio al que vamos. ¿Nos pones dos cafés y dos carbayones?
Lara, que no sabe lo que su hermana ha pedido, acepta sin rechistar. Cuando prueba el dulce de almendra y azúcar, se queda inmóvil.
—Esto es pornografía pastelera —susurra.
Marta ríe, y durante unos segundos todo parece más fácil de lo que es.
Después de desayunar, entran en una pequeña papelería llena de archivadores y estuches. Marta conecta su móvil a la máquina de impresión y selecciona la fotografía de Brenda junto al hombre de las gafas de pasta.
Ambas salen al exterior y Marta señala hacia una bajada donde las sidrerías se alinean a uno y otro lado.
—Esa es Gascona, la calle de la sidra. La gente bebe, canta y tropieza. Es… pintoresco.
Lara inspira profundamente.
—Huele a manzana. Esto sí me lo esperaba.
Marta avanza unos metros y, al llegar a cierto punto, su expresión cambia. Saca la libreta que tomó en casa de Brenda. Pasa con el pulgar una esquina doblada y consulta la dirección escrita a mano.
Alza la vista.
La placa de la pared dice: «JOVELLANOS, 25».
—Es aquí.
Lara camina a su lado mientras se acercan al portal, donde hay varias placas metálicas con nombres grabados: fisioterapeutas, psicólogos, asesorías. Una de ellas destaca en letras sobrias:
«ANSELMO BUERES – ABOGADOS».
Lara arquea una ceja.
—¿Abogados? ¿Qué demonios hacía Brenda aquí?
Marta pulsa el timbre. No obtiene respuesta y consulta la hora.
—Son las once y diez. Tal vez estén en el café.
Esperan unos minutos en la acera de enfrente. Entonces, dos personas con maletín y vestidas con trajes oscuros se detienen en el portal. Un hombre de unos cincuenta años, con cabello gris peinado hacia atrás, y una mujer joven, con coleta tirante y abrigo entallado.
Marta reacciona de inmediato. Cruza la calle justo antes de que ellos abran la puerta.
—Perdonen, ¿trabajan en este edificio?
Ambos se detienen y la estudian, midiéndola.
—Sí —responde el hombre.
Marta señala la placa de Anselmo Bueres.
—Buscamos este despacho.
Después de una pausa breve, la mujer esboza una sonrisa cortés.
—El despacho cerró hace un mes.
Marta confirma una sospecha que ya estaba preparada para oír.
—¿Se han trasladado a otro lugar?
Los dos intercambian una reacción breve. Esta vez el gesto cambia: más que una consulta, parece una advertencia muda.
—Que sepamos, no —responde el hombre.
Marta se toma unos segundos antes de continuar.
—Necesito localizar a Anselmo Bueres. ¿Saben dónde podría encontrarlo?
El hombre duda. Aprieta el asa del maletín con una fuerza que delata su nerviosismo.
—Tengo su teléfono particular.
—Me vendría bien.
Él no se lo entrega. Aún no.
—Antes de dárselo… —Endurece el gesto—. Quiero saber quiénes son ustedes y por qué lo buscan.
Lara da un paso atrás y se cruza de brazos. Marta sostiene el pulso.
El teléfono empieza a sonar en el bolsillo de Marta. Nadie habla. Ni la pareja del portal, ni Lara, ni ella. Solo ese sonido insistente que parece ensanchar la incomodidad.
Marta se contiene un instante. Le gustaría ignorar la llamada, aunque tampoco quiere que el timbre la delate. Finalmente, saca el móvil, comprueba que es Fran otra vez y rechaza la llamada.
—Venimos desde Alicante por un asunto familiar —dice, sin apartarse del hombre—. Nuestro padre falleció y… Anselmo era amigo suyo. No sabíamos que había cerrado.
La mujer da la explicación por buena demasiado deprisa. El hombre inclina la cabeza hacia el maletín, incómodo.
—Tuvo un problema. En fin… mejor que él mismo les dé los detalles.
Marta percibe en esa frase un resto de miedo o de vergüenza que no termina de entender.
El hombre saca una libreta pequeña del bolsillo y arranca un trozo de papel. Escribe un número antes de entregárselo a Marta.
—Aquí tiene. —Baja aún más la voz—. Y le agradecería que no mencionara de dónde lo ha sacado.
Las hermanas caminan por las calles empedradas que rodean la Catedral, junto a jubilados con paraguas recogidos y estudiantes que cruzan la plaza en grupos dispersos.
Lara se distrae siguiendo el movimiento de un grupo de turistas que fotografía el rosetón, mientras Marta enciende el móvil y escribe el nombre del abogado:
«Anselmo Bueres».
La búsqueda ofrece una serie de titulares casi idénticos, hasta dar la impresión de que todos los medios hubieran recibido la misma consigna para contar la historia.
«El prestigioso penalista Anselmo Bueres, apartado definitivamente del ejercicio».
«La carrera brillante de un jurista se apaga tras un dictamen médico devastador».
«Ilustre abogado ovetense inhabilitado de por vida tras una evaluación psiquiátrica concluyente».
Marta frunce el ceño y abre la noticia más reciente. El texto es técnico y despersonalizado hasta la crueldad. Entre términos clínicos y referencias legales, hay una frase que se repite en todos los artículos, siempre en la misma posición, con la cadencia inquietante de un mantra:
«Pérdida absoluta de capacidades cognitivas para el ejercicio profesional».
La contundencia del diagnóstico resulta difícil de conciliar con la reputación del abogado, que, según uno de los artículos, fue conocido durante décadas por su agudeza jurídica y un carácter que imponía respeto incluso a los jueces más veteranos.
Lara se inclina para leer por encima del hombro de Marta.
—¿Un abogado estrella? ¿Inhabilitado de por vida? ¿Y así, sin más?
Marta no responde.
—Dicen que tuvo una crisis —continúa Lara—, pero… ¿qué tipo de crisis puede arruinar una carrera en cuestión de días?
En la pantalla aparecen noticias, siempre con el mismo patrón: titulares que hablan de un desplome profesional, de la sorpresa entre sus colegas, de una mente prodigiosa convertida de pronto en un tema del que nadie quiere hablar demasiado.
El teléfono vibra de nuevo en la mano de Marta. Es otra notificación de Fran.
Lara observa a su hermana de reojo.
—¿En qué piensas?
—Que este hombre no se ha ido —dice con voz baja y apagada—. A este hombre no lo apartaron. Lo borraron.