10
A las nueve de la noche, cuando el cielo empieza a oscurecerse en el norte, el coche de Marta y Lara cruza el túnel de El Negrón. El sonido cambia, el aire se vuelve más húmedo al otro lado, y Marta siente ese cosquilleo que siempre la acompaña al regresar a Asturias.
Marta no deja de hablar. Señala montañas, valles, bosques, pueblos…
y cada explicación está impregnada de una calidez que Lara apenas reconoce en su hermana.
La geografía, el verdor oscuro de los montes e incluso la forma en que la lluvia empaña los cristales parecen devolverle una parte de sí misma que llevaba meses perdida.
—Cuando tengamos tiempo, te llevaré a Somiedo. Y a Cudillero. Y a comer nécoras a Candás. Después, subiremos al Naranco, desde donde se ve Oviedo entero…
A Lara le sorprende el cambio de Marta: la expresión endurecida que traía desde Madrid se ha suavizado. Incluso su voz suena menos crispada.
—¿Y de comer? Me prometiste gastronomía.
—Fabada, cachopos, la mejor carne que vas a probar en tu vida —enumera Marta—. Y arroz con leche, con su azúcar requemada.
—Dios… —Lara se lleva una mano al estómago—. No he cenado y me estás matando.
La autovía se convierte en carretera local. Los carteles indican desvíos a pequeños pueblos cuya pronunciación hace sonreír a Lara. A ambos lados se abre un paisaje oscuro, pero reconocible: prados infinitos, casas aisladas de piedra y luces dispersas como luciérnagas.
—¿Y este pueblo?
—Aquí vive Quiroga.
El coche asciende por una carretera entre muros de piedra y portillas de prado. A lo lejos, se distingue un grupo de casas, unas con luces encendidas y otras sumidas en la penumbra.
—Bienvenida a Pumares —dice Marta—. No busques el cartel, que no lo tiene. Pertenece a El Berrón.
Lara pega la frente al cristal.
—Parece un decorado.
—Sí, uno donde todo huele a leña y humedad —responde Marta—. Y donde la gente te saluda como si te conociera desde siempre.
—¿Eso es bueno?
—A veces.
El coche gira a la izquierda, bordea una pequeña plaza y se detiene frente a una casa de piedra con contraventanas verdes y un porche cubierto de hiedra. Marta aún no ha apagado el motor cuando aparece Quiroga, apoyado en el marco de la puerta, con la misma postura tranquila que Marta recordaba.
Lara lo observa mientras él baja los escalones. Es alto, de complexión robusta, con una barba incipiente y unos ojos capaces de imponer respeto con apenas una mirada. Lleva una sudadera oscura y un pantalón amplio manchado de serrín.
Marta baja del coche antes de que él llegue al camino. La sonrisa que se cruzan tiene algo inmediato, algo demasiado asentado para fingirse.
—Joder, Marta —dice él mientras la abraza—. Pensaba que venías mañana.
—No podía esperar más. Tenía que salir de Alicante.
Quiroga la evalúa con atención. Luego se vuelve.
—Tú debes de ser Lara.
—La que sale ganando en el reparto genético —responde ella, que le estrecha la mano—. Y tú eres Quiroga. He oído hablar de ti.
Él sonríe de medio lado, conservando su aire reservado.
—Pasad, que hace frío. Marta, mi madre preguntó por ti el lunes. Te echa de menos.
—¿Está bien?
Quiroga asiente mientras caminan hacia la puerta.
—Perfecta. Se fue una semana a León, a casa de su prima, y volverá el domingo. ¿Te dije que, desde que se puso los audífonos, se ha transformado? Ahora oye hasta los pensamientos.
La entrada de la casa huele a madera y ropa recién tendida. Sobre un banco descansan botas de montaña, un paraguas colgado y un abrigo grueso.
—Qué gusto de sitio —dice Lara mientras curiosea a su alrededor.
—Es humilde —responde Quiroga—, pero tiene lo necesario. Aunque la calefacción funciona cuando quiere, así que abrigaos.
Las conduce al salón: una estancia amplia, dominada por una chimenea de piedra en la que arde una llama tranquila. Encima de la repisa hay un par de fotografías familiares y una radio antigua. El sofá, cubierto con una manta gruesa de cuadros, invita a sentarse.
Lara se acerca al fuego, acerca las manos hacia la llama y deja escapar un suspiro.
Marta contempla la escena desde la entrada del salón. El peso del día empieza a desprenderse de ella. Tal vez el olor a leña o tal vez la presencia de Quiroga terminan por aflojarle el nudo que traía desde Madrid.
Quiroga regresa de la cocina con dos tazas de caldo.
—Bebed esto antes de que os caigáis redondas.
Lara lo prueba y cierra los ojos.
—Hostia… ¿Qué lleva?
—Nada raro —responde él—. Solo un remedio para un día de mierda.
Marta aparta la mirada.
Quiroga la estudia desde el borde del sofá.
—Marta. —Ella levanta la vista—. ¿Quieres contarme qué ha pasado?
La inspectora sostiene la taza como si necesitara el calor para ordenar las palabras. Finalmente, se sienta en el borde del sofá, junto a la chimenea.
—La sanción es firme: seis meses fuera. Sin placa, lejos de la calle y de cualquier investigación. Me han impuesto un curso obligatorio y varias visitas al psicólogo del cuerpo.
—¿Seis meses?
—Sí. Y estaba empezando a ahogarme allí. Así que pensé que lo mejor era moverme, pasar unos días con Lara, alejarme un poco de todo.
Quiroga reparte la atención de una a otra. Siempre supo que la relación entre ambas era un campo minado desde la infancia.
—¿Trabajas estos días? —pregunta Marta.
Quiroga se cruza de brazos y ladea la cabeza.
—Mañana saldré a las tres, así que no podré acompañaros de excursión.
Me parece mal que no os quedéis aquí. Tengo habitaciones de sobra.
No os faltarán huevos frescos y embutido.
Aunque yo no esté, podéis bajar ahí. —Señala hacia la parte posterior de la casa—.
Vive una guisandera que cocina de maravilla.
Lara sonríe.
—Suena tentador.
—Gracias, Quiroga —interviene Marta—. Ya sabes que nos apetece pasar tiempo solas. Además, siempre he tenido la ilusión de ir a ese hotel que hay en el Naranco. El que está en la ladera.
—Tienes buen ojo, amiga —dice él—. Desde allí tenéis las mejores vistas de Oviedo y se cena de lujo. Aunque aviso: os van a clavar.
—Lo gestionaremos.
Quiroga la observa y trata de decidir si ese entusiasmo por el hotel es auténtico o una forma elegante de no aceptar refugio. Pero no insiste.
—¿Y qué planes tenéis, además de comer cabrales a lo bestia?
Marta deja la taza en la mesa y junta las manos.
—Vamos tras la pista de Brenda. Tenemos indicios de que tenía un vínculo especial con Oviedo. Y, ya que estamos aquí, queremos movernos por varios sitios, preguntar, entender qué hacía, con quién se relacionaba…
Quiroga vuelve a girarse hacia Lara.
—¿Sabes que tu hermana tiene un imán para atraer problemas? La última vez que vino, supuestamente de turismo, acabó deteniendo a un asesino en serie.
—Acabamos tomando gin-tonics en el Hotel de La Reconquista —añade Marta, sin perder el gesto divertido.
—Exacto —asiente él—. Todo muy normal.
Esa complicidad pequeña y sincera aligera el ambiente. Incluso Lara se contagia. Durante unos segundos, la casa parece más luminosa, a pesar de la hora y del cansancio del viaje.
Marta vuelve a tomar la taza, aunque el caldo ya se ha templado.
—¿Y tú qué tal? ¿Cómo te va en la comisaría?
El gesto de él cambia de golpe. Inclina la cabeza hacia el suelo, se frota las manos y exhala despacio.
—Agobiado —admite—. Entre el inspector Córcoles y el nuevo comisario, me tienen al límite. Estoy pensando en ir al médico y pedir la baja.
Marta tarda en asimilarlo.
—¿Qué ha pasado?
Quiroga apoya los codos en las rodillas y se queda pensativo frente al fuego, incapaz de encontrar por dónde empezar.
—Todo se torció cuando cambiaron al comisario. —Por fin se vuelve hacia Marta—. ¿Te acuerdas de Adrián Aguilar?
—Claro. Lo conocí la última vez que vine.
—Pues lo destituyeron. Encontraron una conversación en su WhatsApp con el jefe de una banda y lo bajaron de categoría.
Aquello fue una emboscada. Alguien de arriba se lo quería cargar y se la jugaron.
Ahora está haciendo pasaportes. Fue un golpe para todos, pero a mí me dejó vendido.
Por aquella fecha estaba a punto de cambiarme de equipo para mantenerme lejos del inspector Córcoles —continúa Quiroga—.
El comisario Aguilar me estaba echando una mano.
Y justo entonces… lo relegaron. En su lugar trajeron a un enchufado: Blas Espinosa.
Sobrino de un pez gordo del Principado. Antiguo compañero de instituto de Córcoles.
Y desde que apareció… cada día entro pensando cuál va a ser la siguiente.
—¿La siguiente qué? —pregunta Marta.
—Humillación, zancadilla, marrón… Lo que toque.
—Se pasa una mano por la frente—. Llevo varias semanas viendo cosas raras, de esas que huelen mal.
El inspector Córcoles sale del despacho del comisario con carpetas y, en plena ronda, me hace detenerme en las puertas de hoteles, organismos públicos y algún restaurante.
Me dice que espere un momento con el motor en marcha y se va.
Al rato regresa con las manos vacías, a veces con bolsas que esconde de manera disimulada para que yo no vea el logotipo.
Chanchullos, Marta. Aunque creo que ambos están metidos en algo grande. Tengo ese presentimiento.
—¿Y asuntos internos?
—A ver quién se atreve a denunciarlos. El inspector ya me ha pillado varias veces husmeando en sus papeles. Vi una revista donde aparecía un tipo señalando unos planos y su rostro estaba circundado por una línea de rotulador rojo. Le pregunté quién era y literalmente me mandó a tomar por culo.
—¿Tan mal te trata?
—La semana pasada desapareció un informe mío donde señalaba una intervención en la que mi superior no cumplió el procedimiento. Y volvió a aparecer… modificado y con mi firma.
Marta se incorpora un poco.
—¿Falsificaron tu firma?
—Sí. Y ahora estoy atrapado. Si lo denuncio, me machacan. Si me callo, parezco cómplice. Y el inspector Córcoles, mientras tanto, lo contempla todo desde atrás, divertido.
Por un momento, solo se oye el crujido de la leña.
—Marta… —murmura él, con una honestidad que rara vez deja ver—. Me están asfixiando. No duermo. No pienso bien. Me levanto con el estómago cerrado. Y hoy, de vuelta a casa… por primera vez pensé en dejarlo todo.
Marta se acerca hasta quedar frente a él.
—No puedes hacer eso.
—Pero tampoco puedo seguir así.
Lara se levanta despacio.
—Oye —dice, con una seriedad rara en ella—. Si necesitas largarte un tiempo, en Alicante tienes casa. Te lo digo yo, que no regalo hospitalidad ni dormida.
Quiroga sonríe débilmente. Marta le aprieta el brazo y le dice:
—Mañana lo hablamos. Seguro que encontramos una solución. Pero tú no vas a caer. Ni en broma.
Él asiente, tragando saliva.