54
Oviedo se despliega ante ellas en una extensión húmeda de tejados apagados. Desde el monte del Naranco, todo parece más pausado, incluso el ruido. El cielo es de ese tipo de gris que suaviza los contornos y obliga a respirar más despacio.
Lara está sentada en un banco de merendero, a los pies del Cristo.
Lleva un rato inmóvil, con los hombros encogidos dentro de su chaqueta azul y la vista perdida en el horizonte.
Entre sus manos sostiene el álbum de fotos de Brenda, el mismo que Marta sacó a escondidas del piso en Madrid.
Lo apoya sobre la mesa, lo abre, lo cierra y vuelve a abrirlo en otra página.
Más que una imagen concreta, busca un sentido.
Subieron allí por insistencia de Lara: quería marcharse de Asturias con algo distinto a la imagen del Naranco anudada en la garganta y a la sensación de que el monte era únicamente una escena de miedo. Quería algo más. Llevarse otra impresión.
Marta se aparta unos metros para atender una llamada de Teo desde Alicante.
—Tu información fue crucial para llegar hasta el final.
—Jefa, me habría gustado apoyarte más, pero estaba con las manos atadas.
—Bastó para tirar del hilo.
Observa de reojo a Lara. Ella sigue en el banco, pasando una página con cuidado.
—¿Hay pruebas suficientes?
—De sobra. Organigramas, correos, nombres, vínculos… Todo encaja.
Al otro lado se oye un silbido breve.
—Vaya… Qué bien suena eso.
La imagen de Ricardo, de Córcoles, de los barrotes, vuelve y se va, pero ya no manda.
—Te costaría imaginar la cantidad de vidas que han torcido.
Teo tarda un segundo en responder.
—¿Y ahora qué?
—Me quedan cuatro meses de sanción. Los dedicaré a leer y pasear…
Teo se ríe.
—No te imagino mucho tiempo de sofá y manta.
Marta observa a Lara y la ve bajar el álbum un instante.
—De momento, nos quedaremos unos días en Asturias. Lara y yo necesitamos recobrar energía. Y… dejar otra huella en este lugar.
—Estáis en el sitio adecuado —responde Teo, ya con tono de despedida—. Pero no te metas en líos.
—No prometo nada —responde Marta, y esta vez sí le sale una sonrisa.
—Cuídate.
—Tú también.
Marta mantiene el teléfono en la mano, mirando la ciudad, y deja que la idea de «final» se asiente poco a poco.
Vuelve hacia Lara. No pretende invadir ese recogimiento, apenas acercarse.
Lara levanta la vista al notar su presencia. Tiene los ojos cansados. Da una palmada suave sobre el álbum y acaricia el dedo por el borde.
Marta guarda el teléfono en el bolsillo y se sienta a su lado.
—¿Me lo dejas?
Lara tarda en soltar el álbum. Marta lo abre despacio y el viento mueve la primera página por sí mismo.
Mauricio Vega aparece con un delantal, concentrado, mientras cocina una paella frente al mar.
Marta reconoce la casa al fondo, la esquina del porche, ese trozo de barandilla donde se apoyaron la primera vez que coincidieron y donde, sin ser conscientes, lo vieron por última vez.
En la foto desaparecen el misterio y el monstruo, y queda un hombre que sonríe con la atención puesta en lo que cocina, pendiente de que el arroz no se le pase.
A Marta se le encoge algo por dentro porque, durante unos segundos, lo imagina así cada domingo: dando órdenes a nadie, riéndose de cualquier tontería, siendo un padre libre de toda la carga que arrastró después.
Entonces vuelve la realidad, esa otra versión de sí mismo, la que movía hilos, la que administraba secretos, la que decidía quién debía saber y quién quedaría al margen.
—Llegó tarde a todo —dice Lara.
Marta pasa el pulgar por el borde del álbum, aún de espaldas a Lara.
—Aun así, llegó —responde y se odia un poco por lo fácil que suena.
Lara suelta una risa breve que no es risa.
—Nos quiso mal, aunque nos quiso.
Marta cambia de página y aparecen fotos de cumpleaños, de mesas largas, de veranos que parecen felices porque una cámara los congeló justo antes del ruido. La vida reducida a coartada y, al mismo tiempo, una prueba de que hubo un intento verdadero.
Entonces ve una fotografía que sobresale por el lateral, ligeramente doblada. La extrae con cuidado.
Son ellas. Marta y Lara, pequeñas, con la piel salada y el pelo apelmazado por el agua del mar. Brenda está en el centro, las abraza con una sonrisa que no pertenece a ningún recuerdo de ellas y que, aun así, las ata a una verdad. Detrás, la playa y un horizonte libre de amenazas.
Marta nota la rigidez de los dedos de Lara sobre la tela de la chaqueta azul.
—Brenda estaba… —empieza, pero no termina. No sabe cómo decirlo.
Marta deja la foto sobre el álbum para que las dos la contemplen al mismo tiempo.
—Esto no lo guardó un hombre para olvidarlo. Lo guardó para recordarse una verdad. O para recordarnos esa verdad.
—¿Que éramos su «prioridad»? —La ironía de Lara le sale con dolor—. Nos vigiló, nos escondió, nos tuvo lejos… y aun así nos metieron en la misma máquina.
Marta no discute. Sigue observando la foto y comprende que lo que un día llamaron protección terminó por convertirse en otra forma de decidir destinos. Y que todos, de un modo u otro, crecieron dentro de esa mentira.
La foto no explica el monstruo, aunque lo vuelve humano, y eso es lo que más miedo da: entender que el horror también se alimenta de excusas bonitas.
Lara estira el brazo y toca con un dedo la esquina de la imagen, justo donde el sol brilla en el hombro de Brenda.
—A lo mejor este fue el único momento en que estuvimos las tres… sin que nadie decidiera por nosotras.
Marta cierra el álbum despacio, como si al cerrarlo pudiera conservar dentro la calma que no tuvieron. Deja la tapa bajo la palma y nota el relieve del cartón, la carga de una vida entera que no cabe en pruebas ni en titulares.
Lara, de pronto, apoya la cabeza en el hombro de Marta, que la rodea con el brazo y vuelve la vista hacia Oviedo, hacia la ciudad que sigue con su rutina, ajena a lo que ellas han arrastrado.
—¿Y ahora? —pregunta Lara, con un hilo de voz.
El viento sopla desde el monte, húmedo y frío, y mueve las páginas del álbum cerrado, empeñado en abrirlo, empeñado en recordar.
Se quedan así un rato, abrazadas, dejando que el silencio haga su trabajo. Apenas una tregua.
Entonces, sin saber muy bien por qué, a Marta le vuelve la voz de Andrea Gutiérrez, la Veneno, en la sala de visitas de la cárcel. La manera en que repitió aquella frase, ajena incluso a su propia voz, limitada a custodiarla hasta entregarla a tiempo.
El ángel.
Ahora entiende que jamás habló de salvación. Apenas de una prórroga. De quien a veces llegaba lo bastante pronto para contener el golpe, aunque no para borrar el daño.
Marta estrecha un poco más a Lara contra sí. Mira la ciudad, el cielo, el álbum bajo su mano.
Y piensa, con una claridad que no consuela pero al menos ordena:
«La próxima vez, seguramente, el ángel no llegue a tiempo».