El ladrón de destinos (Inspectora Escudero 7) 8
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El portero esconde el cigarrillo detrás de la espalda y finge leer un listado de correspondencia pegado a la pared. Beltrán le muestra su placa e intercambian unas palabras.

Marta cruza el umbral en primer lugar. El vestíbulo la recibe con mármol claro y una pared de cristal que refleja los buzones de acero.

Todo transmite una modernidad diseñada para convencer a quien entra de que está pagando por un edificio exclusivo: un par de esculturas minimalistas junto al ascensor, un panel electrónico con el directorio de plantas y unas butacas impecables más decorativas que funcionales.

Beltrán señala la cabina e introduce una tarjeta en el lector magnético.

—Revisad lo que necesitéis y grabadlo bien en la memoria. No voy a preguntar por qué os interesa tanto esta chica.

Aprovecha el trayecto para sacar el móvil del bolsillo interior. Desliza el pulgar por la pantalla hasta dar con un mensaje.

—La clave del teclado está aquí. Se la pedí al compañero que lleva el asunto. Dice que descubrieron la alarma desconectada.

El pasillo de la sexta planta se abre ante ellos, largo, con puertas numeradas en acero. El apartamento de Brenda queda al fondo. Tras franquear la puerta, ven un pequeño teclado junto al marco. Beltrán marca seis dígitos y presiona la tecla verde. Un pitido discreto confirma la desactivación.

—Ya no tenéis que preocuparos por los sensores.

La entrada conduce a una estancia donde salón y cocina comparten el espacio.

A la derecha se despliega un frente de líneas rectas: muebles blancos, encimera de piedra gris y electrodomésticos integrados.

A la izquierda, el salón se abre hacia unos ventanales que dan a la calle.

Una chaise longue color crema ocupa el centro, aunque su presencia queda anulada por el caos que lo rodea.

Cojines, libros y revistas esparcidos por el suelo. Cajones desencajados. La mesa baja tiene una pata torcida, apartada quizá de un golpe. Sobre la encimera descansan vasos vacíos, un plato con restos de salsa y un sacacorchos.

—Brenda vivía muy bien —murmura Lara, sin ocultar cierta envidia.

Marta presta atención a cada detalle. En la pared junto a la cocina cuelga un póster enmarcado del festival de cine de Gijón, de hace dos años.

En una estantería baja hay manuales de cirugía, atlas de anatomía, guías de viaje y novelas en inglés.

Un altavoz inalámbrico yace boca abajo junto a una botella vacía de ginebra premium.

Más que lujo ostentoso, encuentra una vida cara, rápida, funcional, vivida con poco tiempo para poner orden.

Se agacha y alza un cuaderno de tapas rojas que ha caído junto al sofá. Son notas técnicas, esquemas de intervenciones y referencias a artículos científicos. No aprecia relación inmediata con su caso y lo deja donde estaba.

Beltrán recorre el perímetro.

—Los compañeros sospechan que quienes entraron en el piso y lo dejaron así de desastrado buscaban objetos de valor.

Marta se acerca al mueble que ocupa la pared frente al sofá, una especie de aparador moderno con puertas acristaladas y estantes internos.

Varias fotografías están apoyadas en la parte superior, unas rectas y otras ladeadas.

Reconoce al instante la que las ha llevado hasta allí: Brenda abrazada por el hombre enigmático, frente al Palacio de Congresos de Oviedo.

—Aquí está —murmura.

Lara se acerca y la expresión se le endurece.

—El ángel —dice, casi sin voz.

Marta observa el rostro del hombre. Viste un jersey azul marino sobre una camisa blanca y lleva unas gafas de pasta que endurecen un poco más sus facciones.

Sonríe mientras rodea a Brenda con el brazo, demasiado cerca para parecer casual y demasiado sereno para transmitir ternura.

Parece un joven de éxito, alguien acostumbrado a moverse en lugares donde las puertas se abren antes de llamar.

Es el mismo rostro que se cruzó con Lara en Madrid, el mismo que apareció tras su accidente y desapareció antes de que ella pudiera retenerlo.

—Seguimos sin saber cómo se llama —dice Marta—. Pero cada vez tengo más claro que Brenda no lo tenía enmarcado por casualidad.

Deja el marco en su sitio, con cuidado de no alterar más el desorden general.

Se acerca al ventanal y contempla el tráfico constante, la parada de autobús y la terraza de la cafetería donde estuvieron hace un momento. Busca una repetición: un coche inmóvil, una silueta que regresa, una espera demasiado quieta. Nada destaca.

—Voy a ver las habitaciones —anuncia.

El pasillo que parte desde el salón lleva a tres puertas. En la primera, descubre un baño amplio y moderno, equipado con una ducha vanguardista y baldas de toallas desordenadas, varias de ellas caídas al suelo. Un frasco de colonia masculina reposa junto al espejo, entre perfumes femeninos.

La segunda puerta da acceso al dormitorio principal. Hay una cama con cabecero tapizado y mesillas que sostienen lámparas de diseño. El colchón está apoyado contra la pared, rajado.

En el armario empotrado, las puertas están abiertas y la ropa cuelga desordenada, mezclada con perchas vacías.

Hay vestidos elegantes, vaqueros caros y camisas de seda.

En el suelo descansa una maleta semivacía, y zapatos esparcidos fuera de sus cajas.

Un abrigo de piel sintética está tirado sobre la alfombra.

Lara, incapaz de resistir la tentación de esa montaña de ropa, entra detrás de Marta y saca una chaqueta azul marino de una percha.

—Esta debe costar un dineral. ¿Has visto la etiqueta?

No espera respuesta. La coloca sobre sus hombros, contempla su reflejo en el espejo del armario y ajusta el cuello.

—¿Se puede saber qué haces? —pregunta Marta, sin ocultar su desaprobación.

—Curiosear, de momento.

—No es el mejor sitio para probarte nada.

—Admítelo: es una pasada. —Lara gira de perfil ante el espejo—. Brenda debía de entrar en una tienda y señalar sin preguntar el precio.

—¡Lara!

Ella baja un poco la vista del espejo, aunque permanece con la prenda puesta.

—No lo hago por robarle nada —dice, con la frivolidad ya borrada del rostro—. Lo hago porque me cuesta creer que viviera así, tan lejos de nosotras, tan tranquila, tan… montada. —Se toca la manga con dos dedos—. Ponerme esto es casi la única forma de imaginarla de verdad.

Marta piensa antes de responder. La frase desactiva parte de su enfado.

—Aun así, déjala donde estaba.

Lara se quita la chaqueta con un gesto más lento de lo que cabría esperar y la deja sobre la cama, todavía por colgar, incapaz de desprenderse del todo de lo que representa.

La tercera puerta da a un despacho. Una mesa rectangular ocupa el centro, con dos sillas a cada lado.

Las paredes están cubiertas de estanterías bajas repletas de archivadores rotulados, cajas y carpetas.

Hay tubos con radiografías enrolladas, esquemas de anatomía impresos y pósteres de congresos médicos apoyados en una esquina, junto a un flexo de brazo articulado.

La ventana da a un patio interior con tendederos y aparatos de aire acondicionado alineados en las fachadas contiguas.

—Aquí trabajaba —concluye Marta en voz baja.

Beltrán se apoya en el marco de la puerta.

—Los compañeros pasaron horas en este despacho. Se llevaron tres cajas enteras de documentación. Lo poco que queda se considera accesorio.

—Lo accesorio a veces es lo que más importa —dice Marta.

Sobre la mesa hay varias carpetas apiladas. Las primeras hojas contienen informes clínicos, contratos de colaboración con clínicas privadas y hospitales, y programas de congresos de cirugía. Nada destaca a primera vista.

Marta abre uno de los cajones de la mesa y encuentra bolígrafos y clips.

En otro, aparecen facturas y recibos ordenados por meses, con tiques grapados.

El último cajón ofrece una ligera resistencia.

Cuando por fin logra extraerlo del todo, encuentra un pequeño álbum de fotos de tamaño cuartilla, con tapas negras.

Las páginas interiores revelan fotografías antiguas.

Una niña que podría ser Brenda corre por la playa con un perro negro.

En la siguiente imagen, la misma niña sostiene una cometa junto a un hombre robusto, con barba y gafas metálicas.

El fondo muestra un paseo marítimo que Marta identifica como Gijón.

En una fotografía posterior, ese hombre, ya canoso, la abraza frente a una sidrería.

Ella tiene el mismo hoyuelo en la barbilla que Brenda, pese al desenfoque de la imagen.

—El hombre debe ser su abuelo, se parece a Mauricio —susurra.

Sigue pasando páginas. Aparecen cumpleaños, una comunión y una fotografía frente al Palacio Real de Madrid, siempre con la presencia constante de ese hombre que no falta en ninguna escena familiar. No hay pies de foto ni fechas anotadas.

El álbum no resuelve nada, pero sí corrige un detalle esencial: Brenda no empieza en Madrid, ni en ese piso, ni en su trabajo. Viene de una historia trabada con Asturias, con Mauricio.

Marta duda unos momentos, consciente de que retirar cualquier objeto del piso podría considerarse irregular. Aun así, decide arriesgarse. Introduce el álbum en su chaqueta, pegado al costado, y desliza la cremallera con cuidado. Prefiere examinarlo sola, sin prisas y lejos de curiosos.

Continúa explorando los cajones. En el fondo del más estrecho, bajo un bloc de notas sin usar, detecta una pequeña libreta de tapas verdes, oculta de manera deliberada. No está a la vista, la colocaron junto al lateral, en un hueco que evita que se deslice al abrir el cajón.

La rescata con dos dedos.

La libreta tiene las esquinas dobladas y varias páginas arrancadas.

En la primera hoja legible hay listas de tareas, recordatorios y números de teléfono.

Más adelante, referencias a guardias en distintos hospitales, fechas de intervenciones y nombres abreviados de colegas de quirófano.

Nada decisivo hasta que llega a una página con un recuadro.

«Calle Jovellanos, 25. Oviedo. 1.º Izda.

Anselmo Bueres. Abogado»

Marta siente una sacudida interna. Ese nombre no le resulta familiar, aunque la dirección sí: una zona céntrica de la ciudad, cercana a una plaza con bares y pequeños comercios. Un sitio discreto, fácil de alcanzar y fácil de perder de vista.

Dobla la esquina de la página para localizarla con rapidez y guarda la libreta en el mismo bolsillo interior donde reposa el papel que encontró en La Roda.

Desde el salón, se escucha la voz de Lara.

—Tienes que ver este armario. Esta mujer pagaba más por chaquetas que por su hipoteca.

Marta sale del despacho y encuentra a su hermana frente al espejo del dormitorio. Se está ajustando la prenda azul marino, ya sin ligereza, ahora hay desafío y melancolía en el gesto.

—¿Sigues con la chaqueta?

—Por supuesto. —Lara se mira de perfil ante el espejo—. Esto cuesta por lo menos mil euros. Si la dejo aquí, acabarán tirándola en cualquier saco de ropa. Y me niego a que la vida de Brenda termine convertida en restos.

—No estamos de compras.

—Estamos de visita familiar. —Lara sube la cremallera hasta la mitad—. Recuerda: hermanas por parte de padre. Algo de ella también me pertenece, aunque no nos haya dejado casi nada más.

Beltrán levanta una mano en gesto conciliador y consulta el reloj.

—Tenemos que ir terminando. No conviene alargar más la función.

Antes de salir, Marta se acerca de nuevo a la ventana del despacho. Abajo, la calle mantiene el ritmo de cualquier tarde madrileña. Coches, peatones, la terraza de la cafetería. Nada destaca, aunque la sensación de vigilancia persiste en ella.

—Vámonos —dice, al fin.