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Las hermanas llegan a Madrid con tiempo de sobra. El contacto de Marta les ha dado una hora aproximada para la visita al piso de Brenda, y cuando por fin encuentran aparcamiento a dos calles, el reloj del salpicadero indica que han llegado con más de media hora de adelanto.
—¿Tomamos algo para despejarnos? —propone Lara, que lleva un rato lanzándole miradas inquietas desde el asiento del copiloto.
Marta acepta, consciente de que necesita sentarse y ordenar el zumbido que trae consigo desde Alcalá-Meco. Caminan hasta una cafetería con una amplia cristalera y un televisor colgado cerca de la barra de acero.
Se acomodan en una mesa junto a la ventana. Desde allí pueden ver el portal del edificio de Brenda y la figura encorvada del portero, que fuma en la puerta.
—Un café con leche y una caña —pide Lara al camarero por su cuenta—. Tú necesitas cafeína y yo, algo fresco.
Marta se queda pendiente del cristal de la entrada, donde se dibujan vehículos, peatones apresurados y bolsas de supermercado. Ninguna imagen logra apartarla de la frase que Andrea le susurró antes de marcharse: «La próxima vez, quizá el ángel no llegue a tiempo».
El camarero deja las bebidas sobre la mesa.
En la televisión terminan unos anuncios y comienza el informativo de la tarde.
Un rótulo rojo ocupa la parte inferior de la pantalla mientras la presentadora adelanta titulares.
Luego aparece una imagen en directo: montones de escombros, un cordón policial y bomberos entre restos de hormigón y cristales.
Lara eleva la barbilla hacia el televisor.
—Fíjate. Dicen que ha sido en Gijón.
Marta levanta la vista y reconoce enseguida el tono gris del cielo y la forma del paseo marítimo al fondo. El titular se despliega en letras negras: «El edificio más esperado de España se derrumba con su arquitecto en el interior».
La cámara se centra en la estructura colapsada.
El locutor habla de un proyecto emblemático, de polémicas por el presupuesto y de vecinos que escucharon un estruendo.
A Marta le cuesta seguir el relato; se fija en detalles menores: una lona azul que ondea sobre polvo blanco, cascos amarillos alineados junto a una valla y el desconcierto de un obrero cubierto de polvo.
Asturias.
Durante unos segundos, el recuerdo la devuelve a otro derrumbe, el que supuso su sanción, el disparo en la cueva, el expediente disciplinario. Todo parece venirse abajo igual: primero la superficie, luego lo que realmente sostiene.
—¿Marta? —insiste Lara—. Han dicho que el arquitecto estaba dentro.
—Sí, lo he visto.
Su voz suena más ronca de lo que esperaba. En la pantalla aparece ahora un retrato del arquitecto. Marta desconoce los detalles, aunque la imagen le deja un mal presentimiento, como si la realidad le lanzara advertencias que aún no sabe interpretar.
Toma un sorbo de café. El líquido le quema la lengua, y agradece la sensación; le ayuda a mantenerse en el momento y a no seguir encadenando pensamientos. Se recuerda que el mundo se desmorona en muchos lugares a la vez, y no todos los derrumbes tienen que ver con ella.
Lara sigue atenta a la pantalla.
—Llevaban años hablando de ese edificio. Lo veía en todas partes. «El icono del norte», decían. Pues vaya icono.
—Deberían esperar a tener datos antes de especular —comenta Marta, más por decir algo que por auténtico interés.
En ese instante, el teléfono vibra en su bolsillo. Lo siente antes de escuchar el zumbido. El nombre que aparece le descarga un latigazo por dentro. Lo oculta, coloca el móvil boca abajo sobre la mesa y, con el pulgar, silencia la llamada.
Lara no pierde detalle.
—¿Quién es?
—Da igual.
—No parece que te dé igual. —Señala el móvil—. Has cambiado de color.
—Últimamente me llaman muchas compañías para venderme cosas —improvisa Marta—. Seguros, alarmas, líneas de teléfono… Es spam. Tenemos que centrarnos en Brenda.
Lara resopla, escéptica. Siente que hay una puerta cerrada entre las dos y, cuanto más intenta abrirla, más gira Marta el cerrojo.
La atención de Marta permanece en el portal del edificio, donde el portero ha apagado el cigarrillo y habla con una mujer que empuja un carrito de la compra.
Calcula el tiempo que falta para la hora acordada y ordena mentalmente lo que harán después: hablar con el portero, subir al piso, revisar el lugar con calma, intentar sentir la presencia de Brenda en cada detalle.
Y, por debajo de todo, late otra pregunta: ¿estarán siendo observadas desde algún rincón de esa calle?
Lara remueve la espuma de la cerveza con el dedo y lo chupa distraída.
—Estás rara desde que salimos de La Roda. Y lo de hoy en la cárcel te ha rematado. Te conozco, Marta. Cuando te cierras así es porque has visto algo que no sabes cómo contarme.
—He visto a una mujer que vive de intimidar a los demás. Y no permitiré que vuelva a apoderarse de ti.
—Sobre mí ya estuvo —corrige Lara—. Me preocupa que se apodere de ti. Por eso quiero saber qué ha pasado ahí dentro.
Marta sostiene la vista en su hermana y capta el brillo nervioso en sus pupilas y el pulso acelerado en la base del cuello. Sabe que Lara tiene derecho a pedir explicaciones. También sabe que la verdad completa podría empujarla a un terreno del que le costaría salir.
—Cuando entremos en ese piso, necesitaremos la cabeza fría. Te prometo que hablaremos después.
—Siempre después —protesta Lara.
La presentadora del informativo cambia a la sección de política, pero ninguna de las dos presta atención. Marta apura el café, deja unas monedas sobre la mesa y se levanta.
—Vamos. Si llegamos antes, mejor. Quiero ver el portal con tiempo.
Lara se cuelga el bolso al hombro y la sigue hacia la puerta de la cafetería.
Mientras se acercan al edificio de Brenda, Marta siente unos ojos clavados en la espalda.
Desconoce si es sugestión o el reflejo del miedo que ha despertado Andrea, aun así, se gira.
Encuentra gente caminando, un ciclista que esquiva a un peatón distraído y un repartidor de paquetes que consulta su móvil.
Un hombre alza la voz desde la puerta del edificio.
—¡Marta!
Un tipo alto, con barba de tres días y una americana azul marino sin abotonar, levanta una mano. La corbata cuelga ligeramente torcida.
—Fíjate, ahí está Beltrán —comenta Marta.
Lara lo examina de arriba abajo con curiosidad.
Beltrán cruza la calle. Se detiene ante Marta con la confianza de quien ya la conoce bien.
—Hostias, Marta, sigues igual.
—¿Ya empiezas con tus cumplidos? Te presento a Lara, mi hermana.
Lara se acerca y se saludan con dos besos. El gesto resulta un poco torpe.
Marta aprovecha para estudiar a su antiguo compañero. Lo recuerda más delgado la última vez que lo vio en Logroño, con trajes baratos y un entusiasmo desbordante. Ahora parece más contenido, con ligeras marcas junto a los párpados y un cansancio que apenas consigue disimular.
—Gracias por esto —dice ella—. Sé que meterse aquí no es sencillo.
—No te preocupes —responde Beltrán—. Esta visita quedará fuera de cualquier informe. Para los registros, hoy estoy en otra parte de Madrid. Así que no me lo pongáis difícil.
Señala el portal.
—El caso está asignado a una unidad diferente.
Un compañero me debe un favor y me ha pasado la llave.
Lo único que me ha pedido es que no toquemos demasiado.
Mencionó que hace unas semanas entraron a echar un vistazo y encontraron el piso destrozado: cajones volcados, ropa por el suelo, la cama deshecha…
Marta asiente y se vuelve hacia Lara. Van a entrar en una casa que otros registraron antes que ellas.