El ladrón de destinos (Inspectora Escudero 7) 6
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Marta abandona la sala escoltada por el mismo funcionario que abrió la puerta.

Sus pasos resuenan en el pasillo, aunque ella apenas percibe el eco.

La conversación con Andrea permanece en su mente como una sirena lejana.

«La próxima vez, quizá el ángel no llegue a tiempo».

Esa frase la acompaña mientras recorre las losas grises hasta la zona de registros.

La funcionaria de antes le devuelve sus pertenencias. Marta se coloca la cazadora y guarda la llave del coche en el bolsillo opuesto al papel encontrado en La Roda.

Al cruzar uno de los pasillos, se encuentra con David Aracil, el subdirector de la prisión, que habla con un guardia de seguridad.

—¿Todo bien, inspectora?

—Todo en orden. Gracias por todo.

Marta atraviesa el vestíbulo y sale del edificio.

El contraste con el exterior es brusco: luz directa, un cielo despejado y el hormigón del recinto rodeado de alambradas.

No hay voces ni motores. Marta se dirige hacia el aparcamiento con el gesto endurecido, aún atrapada por lo que Andrea le ha dicho.

«Pagó por ti».

La frase resuena en bucle mientras localiza su coche.

Al fondo, pasa junto a un par de vehículos oficiales: un todoterreno de la Guardia Civil y un turismo oscuro que no identificó al llegar.

Ni siquiera se detiene a mirarlo. Sigue atrapada en la sala rectangular, frente a esa mujer que siempre lleva el control.

Al llegar al coche, apoya la mano en el techo unos segundos antes de tirar de la puerta. Necesita ese pequeño contacto firme para no desmoronarse. Entra, se sienta, cierra la puerta y se deja ir unos centímetros hacia atrás hasta que su nuca se apoya en el reposacabezas. No arranca.

Cierra los ojos un momento. Siente el pulso acelerado en las sienes. Andrea la ha leído demasiado bien.

«Has venido por miedo, o quizás por culpa».

Lo niega en voz baja, casi sin mover los labios, como si necesitara escuchar su propio rechazo.

Se repite que ha acudido a la prisión por sentido del deber, por la necesidad de encajar piezas que se han desordenado durante años.

Intenta aferrarse al recuerdo del sobre encontrado en el cementerio, la nota escrita con la certeza de que la vigilan allá donde va. «Dejad de buscar».

Sin embargo, en lo más profundo sabe que Andrea ha tocado un punto verdadero.

Cada decisión reciente gira en torno a Lara: su recaída potencial, su fragilidad, los peligros que la rodean sin que ella misma los vea.

Marta se ha convertido en una especie de muro improvisado.

Y hasta los muros ceden si se conoce dónde golpear.

Torrejón y el campus universitario están a pocos minutos. Mientras conduce, la frase de Andrea vuelve una y otra vez.

«Esa persona sabía quién eras tú. Y tú no tienes ni idea de quién es ella».

Durante el trayecto, repasa mentalmente todas las posibilidades. La idea de un extraño moviendo dinero en negro para salvar a su hermana le genera una incomodidad difícil de explicar. Cuarenta y dos mil euros no salen de cualquier bolsillo.

Al llegar al campus, localiza a Lara en las inmediaciones de la entrada principal, sentada en un murete junto a una papelera, con los auriculares colgados en el cuello y el móvil en la mano. Se levanta al reconocer el coche y eleva el brazo, impaciente.

—Has tardado casi dos horas —espeta, mientras se abrocha el cinturón—. Pensé que te habían dejado dentro.

—No ha sido tanto.

Lara observa la manera en que Marta evita cualquier contacto visual.

—¿Qué te ha dicho? ¿Te ha amenazado? Porque si esa hija de…

—No ha pasado nada que no pudiera manejar —interrumpe Marta.

Abandona el campus y toma la salida hacia la autovía. Lara no se conforma.

—¿Nada? ¿Has entrado en Alcalá-Meco para nada?

—No he dicho eso.

—Entonces, ¿qué?

Marta decide no responder. Su silencio no busca castigar a Lara, aunque pueda interpretarse así. En realidad, necesita ordenar lo que puede decir sin hacer saltar todo por los aires.

Lara se remueve en el asiento.

—Te recuerdo que soy yo la que estuvo encerrada allí dentro. Tengo derecho a saber qué se cuece con la Veneno.

—Y yo te recuerdo que yo acabo de salir de hablar con ella —responde Marta—. Déjame pensar unos minutos.

La expresión de Lara se endurece. Aparta la vista hacia la ventanilla, donde desfilan edificios grises de oficinas y vallas publicitarias. Aun así, no tarda en retomar la ofensiva.

—No pienso callarme hasta que me cuentes qué ha pasado. Llevas semanas ocultando cosas, y esto ha sido la guinda. No soy una niña, Marta.

—Lo sé.

—Pues no lo parece.

La circulación hacia Madrid comienza a complicarse. Marta ajusta la velocidad y se integra en el flujo sin perder la concentración. Una parte de ella continúa en aquella sala.

—Ha confirmado lo del dinero —dice al fin.

Lara deja de juguetear con el cable de los auriculares.

—¿Lo ha reconocido?

—Sí.

—¿Y te ha dicho quién lo pagó?

Marta duda. La respuesta negativa encenderá todas las alarmas de su hermana. Aun así, no puede mentir.

—El nombre, no.

—¿Cómo que «el nombre, no»? —Lara gira el torso hacia ella—. ¿Te ha montado un teatrillo?

—Ha sido muy clara. Dice que la persona que se presentó allí sabía exactamente quién era yo. Que el dinero tenía que ver conmigo, más que contigo.

Lara se queda callada, lo justo para digerir la información. Después, su reacción explota.

—¿Cómo que por ti? ¡La deuda era mía!

—Según ella, no. O no del modo en que tú creías.

Lara suelta una exclamación ahogada y hunde la espalda en el asiento.

—Esa mujer sabe cómo manipular. Lo hizo conmigo y lo hace con todas. Te ha visto vulnerable y se ha aprovechado.

—Puede que en parte, aunque hay detalles que no encajan con una simple manipulación.

—¿Qué detalles?

—Ha repetido una frase que tú ya escuchaste: «La próxima vez, quizá el ángel no llegue a tiempo».

Los ojos de Lara se abren más de lo habitual.

—¿Te ha dicho eso?

—Dice que fue esa persona quien se lo pidió. Que debía repetírmelo si alguna vez yo iba a verla.

A Lara le cuesta procesar esa conexión. Sus dedos juegan con el cierre del cinturón.

Una serie de imágenes desfilan por su mente con claridad: la Veneno incitándola a consumir droga durante sus años de prisión; la extorsión de Cano y Rafita, sus dos secuaces, para que pagara una deuda que no dejaba de crecer; la aparición en Madrid de aquel hombre que la salvó de una paliza y le dijo por primera vez la famosa frase del ángel; el pago anónimo de la deuda…

Lara tiene la sensación de que una línea invisible conecta todos esos momentos.

—Entonces no iba tan desencaminada —concluye—. Ese hombre sigue al tanto de nuestros movimientos.

—O sabía que acabaríamos moviéndonos así —puntualiza Marta.

En la autovía, un camión se cambia de carril demasiado cerca y Marta tiene que frenar para dejar espacio. El sobresalto interrumpe la conversación durante un momento. Cuando el vehículo pesado se sitúa delante y el riesgo se reduce, Lara retoma el tema.

—¿Y no hay nada más? ¿No te ha dado ninguna pista?

—Dice que no es ella quien debe revelarlo.

—Claro, así mantiene el control. —Lara niega despacio—. Ya la conozco. Juega con medio mundo. ¿No ves que te ha lanzado un anzuelo para que vuelvas?

—Ha dejado claro lo contrario. Me ha pedido que no regrese.

Madrid se dibuja ya al fondo, una sucesión de bloques, torres y carteles. Una parte de Marta necesita saber quién es ese supuesto ángel. Otra teme descubrir que detrás hay alguien que nunca imaginó.

Lara se abraza las rodillas, dentro de los límites del cinturón, y mantiene la vista fija en la carretera. La imagen del Renault Mégane junto al cementerio vuelve al pensamiento de Marta. Recuerda el coche gris, quieto, aparentemente inofensivo. Un detalle menor que ahora adquiere otra dimensión.

—Alguien sabe que nos movemos.

Marta se gira lo suficiente para observar los vehículos que circulan detrás: un utilitario rojo, una furgoneta blanca y un sedán oscuro que mantiene cierta distancia. A simple vista, nada destacable.

—¿Y qué vamos a hacer ahora? —dice Lara.

—Seguir el plan; ir al piso de Brenda.

—¿Y si ese tipo nos sigue los pasos? ¿Y si lo del cementerio, el sobre, lo de hoy en la cárcel… todo forma parte de un juego que no entendemos?

—Es lo más probable.

—¿Y aun así quieres seguir?

—Si abandonamos la investigación, el mensaje se impone. —Marta mantiene la vista fija en la carretera—. Nos dicen que paremos, y paramos. No puedo aceptar eso.

Lara se gira hacia ella.

—Necesito saber una cosa, ¿hasta dónde piensas llegar con esto?

La pregunta queda en el aire mientras se adentran en Madrid, donde las señales indican diversas salidas hacia el centro, la M-30 y barrios periféricos. Se dirigen hacia el lugar donde vivía Brenda.

—Hasta donde haga falta —responde al fin—. Aunque no puedo prometerte que salgamos indemnes.

Lara guarda silencio, porque no encuentra una mejor manera de protestar ante esa conclusión.

—Entonces, prométeme al menos una cosa. Nada de decisiones en solitario. Ni con la Veneno, ni con nadie. Si ese hombre está pendiente de nosotras, quiero que cuentes conmigo.

Marta tarda en responder. Podría engañarla, ofrecerle una promesa vacía para tranquilizarla. En lugar de eso, opta por una respuesta menos cómoda.

—Haré todo lo posible por mantenerte informada, aunque no siempre podré contártelo todo.

—Me vale de momento —concede Lara—. Marcaré en la agenda que tengo derecho a enfadarme cuando descubra que me has ocultado cosas.

Una leve sonrisa asoma en las comisuras de su boca, suficiente para aliviar un poco el peso acumulado.

Mientras el coche se adentra en la ciudad, la sensación de amenaza no se disipa: se pega a los cristales, al retrovisor, a la distancia muda que queda entre las dos.