El ladrón de destinos (Inspectora Escudero 7) 5
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Marta lleva días recabando información sobre Andrea Gutiérrez: cuarenta y siete años, tres hermanos muertos por las drogas y una hermana viva, destrozada, en un centro de desintoxicación. Barrio áspero, infancia a la intemperie, supervivencia aprendida a mordiscos.

Nada de eso, sin embargo, la prepara del todo para verla entrar.

Ahora cruza el umbral con calma, viste unas deportivas Nike, un pantalón de chándal gris y una chaqueta plateada y brillante. Su cuerpo es delgado y parece frágil a primera vista. La barbilla alta y la expresión medida que dirige a Marta revelan a una mujer que nunca se presenta desarmada.

Marta se queda de pie unos segundos.

—¿Andrea Gutiérrez? —pregunta mientras le ofrece la mano.

Andrea asiente conservando ese gesto de suficiencia. No estrecha la mano; señala una silla.

—Si te parece bien, prefiero que nos tuteemos. Me llamo Marta e investigo un asunto en el que tu nombre ha salido varias veces.

Andrea entrelaza los dedos y la observa con gesto burlón.

—Tu cara me suena.

—Es la primera vez que coincidimos —responde Marta, esquivando la provocación—. Voy al grano. Hace unas semanas, una persona vino a verte y te entregó cuarenta y dos mil euros. Necesito saber quién fue.

Andrea inclina el rostro hacia un lado. Su sonrisa se ensancha mientras levanta el dedo índice y señala a Marta.

—Ahora caigo…

Marta sostiene el pulso sin apartarse.

—No me has dicho tu apellido —añade Andrea.

—No es relevante.

—Para mí, sí —insiste ella—. Los policías suelen presentarse con su apellido. Tú has decidido evitarlo. Muy práctico.

—Lo importante es esa transacción —repite Marta.

Andrea emite un chasquido con la lengua, seguido de una negación pausada, y deja claro que no le gusta cómo avanza la conversación.

Marta no retrocede ni modifica su postura.

Andrea apoya un codo sobre la mesa y acerca la cara un poco más.

—Vamos a hacer una cosa, Marta. Tú me cuentas por qué has venido de verdad y yo decido si te contesto.

—Me interesa la persona que realizó el pago.

—Eso ya lo sé. A mí me interesa por qué te interesa.

Hay una pausa breve que Andrea aprovecha para estudiar cada músculo del rostro de Marta. La examina como hizo con tantas internas antes de decidir si eran útiles o prescindibles. Marta lo percibe y no se mueve.

—No sabes mentir del todo bien —dice—. Y mucho menos cuando escondes a quien te importa.

Marta mantiene los brazos quietos. No baja la vista.

—Si continúas rodeando el asunto, voy a pensar que la persona que vino a verme es más importante para ti que para mí —insiste Andrea—. Y eso me da ventaja.

La sala se estrecha un poco más. Marta sabe que Andrea la provoca, tanteando sus fisuras.

—Voy a ponértelo fácil —prosigue la Veneno—. Si quieres un nombre, dame antes un vínculo. Aquí nadie pregunta por nadie si no sangra un poco al hacerlo.

Marta no responde. Andrea interpreta esa falta de respuesta como confirmación.

—Ya lo veo —dice—. Te cuesta. Eso significa que estás implicada.

Marta entiende que avanzará poco mientras siga protegiéndose. Andrea no soltará una sola pieza hasta saber dónde clavarla.

—Voy a preguntarlo de otra forma: alguien saldó la deuda de mi hermana y quiero su nombre.

La sonrisa de Andrea cambia. Conserva algo de burla, aunque ahora más afilada.

—Ya entiendo por qué has venido —dice y se recuesta en la silla—. Y yo pensando que esto iba a ser más divertido.

—No estoy aquí para entretenerte.

—Debiste mover favores para sentarte delante de mí —Andrea baja la voz, disfrutando del impacto.

Marta reprime el impulso de reaccionar. Andrea ha tocado la herida exacta.

—Dame un nombre —repite Marta.

—No.

Andrea observa un instante el ventanal y luego vuelve a fijarse en Marta.

—A cambio, puedo ofrecerte una verdad.

Marta espera en silencio.

—Quien vino a verme pagó por algo distinto a la deuda de tu hermana. —Andrea separa las palabras—. Pagó para apartarme de ti.

Ahora observa a Marta como si la hubiera desnudado desde dentro.

—¿Qué estás diciendo?

—Que ese dinero tenía otro propósito. Era para evitar que yo acabara fijándome en ti. —Andrea ladea la cabeza con una serenidad inquietante, y recupera el gesto burlón—. ¿Quieres saber lo realmente interesante? Esa persona sabía muy bien quién eras tú. Y tú sigues a ciegas.

Marta no esperaba aquella afirmación. Y, aunque intenta conservar la firmeza, algo se rompe por dentro. La posibilidad de que Andrea diga la verdad encaja demasiado bien.

—No entiendes nada —dice Marta, aunque su voz suena más baja de lo que pretendía.

Andrea se recrea en la grieta que acaba de abrir.

—Claro que lo entiendo. Mejor que tú, guapa.

Tú no has venido aquí por justicia ni por tu placa.

Has venido por tu hermana. Porque sabes que, si alguien vuelve a mover esa deuda, la destroza.

Y tú puedes hacerte la dura todo lo que quieras, pero se te nota.

Se te nota en la cara cada vez que la nombro.

Marta no cambia de postura.

—No he venido por miedo.

—¿No? —Andrea levanta una ceja—. Entonces igual has venido por culpa.

Marta contiene la respiración.

—No tienes ni idea de lo que ha pasado entre nosotras. Ni de lo que estoy investigando.

Andrea deja escapar un leve sonido, casi una burla.

—Eso crees tú. En este lugar una aprende a leer a las personas, especialmente a las que cargan con algo por dentro. Tú entraste aquí rota, Marta. Solo que muy bien peinada.

Marta se echa hacia delante, lo justo para no parecer intimidada.

—Aun así, no me iré sin respuestas.

Andrea vuelve a sonreír.

—¿Y qué crees que puedes ofrecer para obtenerlas?

—Sinceridad —responde Marta.

Andrea alza el mentón.

—Aquí dentro la sinceridad vale poco. Lo que importa es lo que puedes perder. Y tú tienes mucho que perder.

Marta sostiene la mirada. No puede permitir que Andrea la reduzca a esa inspectora suspendida que perdió el control en una cueva y disparó sin medir las consecuencias.

—Mi hermana merece la verdad. Y yo también.

Andrea suspira brevemente.

—¿Quieres tocar mi corazón? ¿Crees que eso funcionará conmigo?

—Creo que puedo apelar a la parte humana que aún queda en ti —responde Marta—. A la mujer que tuvo que cuidar de una familia deshecha. A la que perdió hermanos por las drogas. A la que sabe lo que es vivir rodeada de gente que se aprovecha del más débil.

Andrea parpadea por primera vez desde que entró. Un movimiento mínimo, suficiente para delatarla.

—Tú no sabes nada de mi familia —responde, más seca.

—Sé lo suficiente para reconocer el dolor cuando lo veo.

Andrea recupera el gesto burlón, aunque esta vez algo se le resquebraja en la boca.

—Has venido muy preparada.

—He venido con la verdad —insiste Marta.

Andrea apoya las manos en la mesa y marca territorio con los dedos abiertos.

—La verdad es peligrosa. Y tú estás pidiendo una que puede hacer más daño del que imaginas.

—Asumo el riesgo.

Andrea deja escapar un suspiro que suena a rendición parcial. Se reclina en la silla y se permite un silencio largo.

—La persona que vino a verme sabía exactamente lo que hacía. No traía miedo ni dudas. Tenía un objetivo. Y créeme, Marta, no era tu hermana.

Marta siente un nudo en el pecho, aunque consigue ocultarlo.

—¿Cuál era el objetivo?

—Evitar que yo me acercara a ti. Eso ya te lo he dicho. Además, vino a dejar un mensaje.

Marta se queda rígida.

—¿Qué mensaje?

Andrea baja la voz.

—Dijo que tú ibas a necesitar llegar hasta mí algún día. Y que, cuando eso ocurriera, debías recordar una frase exacta.

—¿Qué frase?

Andrea se aproxima hacia ella sin apresurarse.

—«La próxima vez, quizá el ángel no llegue a tiempo».

La frase penetra en Marta como una aguja. La reconoce al momento: es la misma que Lara le contó, la misma que aquel hombre pronunció después de protegerla en Madrid, la misma que ella intentó encajar en otro contexto porque no sabía qué hacer con ella.

—Veo que te resulta familiar —dice Andrea, satisfecha.

Marta tarda en recuperar el aliento.

—Quiero su nombre.

Andrea la observa con una lástima que resulta más ofensiva que cualquier burla.

—No te lo voy a dar.

—¿Por qué no?

—Porque todavía crees que esto funciona como un interrogatorio. Tú preguntas, alguien contesta y luego corres a escribirlo en un informe. —Andrea niega despacio—. Qué ternura.

Marta endurece el gesto.

—Así funcionan las investigaciones.

—No, guapa. Así funcionan las investigaciones cuando el enemigo teme a la ley. Y esa persona no teme a la ley.

—Todo el mundo responde por sus actos tarde o temprano.

Andrea deja escapar un sonido breve, más cercano al desprecio que a la diversión.

—De verdad que me sorprende lo ingenua que eres. Enciende la tele, abre un periódico, escucha una radio. Mira quién cae y quién se queda sentado en su despacho, dando lecciones. ¿Cuándo vas a despertar de ese sueño?

Marta apoya las manos sobre la mesa.

—Yo no vivo en tu mundo de chantajes y extorsiones.

—Claro que vives en él. La diferencia es que aún no lo sabes.

—Andrea se inclina un poco hacia ella—. Ese es el problema de la gente como tú: os pensáis que la mierda empieza en los bajos fondos, en los patios de prisión, en las esquinas donde se vende droga.

Y no. La mierda de verdad baja desde arriba.

Baja limpia, perfumada y con coche oficial.

Marta no responde y Andrea aprovecha esa fisura.

—Tú crees que buscas a una persona. No es eso. Estás rozando una puerta. Y al otro lado no hay un tipo misterioso esperando con una explicación bonita. Hay vidas arruinadas para que otros sigan subiendo.

—Dame el nombre —insiste Marta.

Andrea ladea la cabeza, como si empezara a perder la paciencia.

—Te buscará cuando necesite algo de ti. Así funcionan las cosas.

—Así funcionarán para quienes se dejan manejar.

—No, Marta. Así funcionan para quienes siguen vivos.

Andrea se incorpora. El funcionario de la puerta reacciona al movimiento y adelanta un pie.

Marta alza la voz.

—Tú no eres precisamente un ejemplo de…

Andrea le muestra la palma de la mano antes de que termine la frase.

—Como sigas adelante, no te va a gustar lo que vas a encontrar. —Se acerca lo justo para que solo ella la oiga—. No vuelvas a buscarme.

Andrea muestra una sonrisa fina y afilada.

Luego, se da la vuelta.

La puerta se abre y el funcionario la escolta hacia el pasillo, mientras Marta permanece sentada, rígida, y siente que la sala entera se inclina un grado hacia un lugar más oscuro que antes.

La conversación ha terminado.