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El trayecto en coche se vuelve cada vez más incómodo.
Marta apenas habla y Lara no sabe qué hacer con las palabras que le hierven por dentro.
Desde que encontraron el sobre en el cementerio, ha estado pidiendo que ponga música, cualquier cosa que ahogue las voces que la atormentan.
Marta no cede, concentrada en la autovía y en los coches que adelantan por la izquierda.
Aunque solo han pasado veinte minutos desde que se detuvieron en una estación de servicio para comer un bocadillo, Lara siente que han pasado horas.
El reloj del salpicadero marca las cuatro menos veinte y la entrada a Madrid comienza a mostrar un tráfico fluido, casi amable para esa hora.
—¿Por qué te desvías hacia Torrejón de Ardoz? —pregunta Lara, extrañada al ver cómo Marta toma la salida sin consultar.
Su hermana no responde. Se limita a ajustar la velocidad e incorporarse a una vía de cuatro carriles que discurre paralela a un polígono industrial.
—¿Te has equivocado? —insiste Lara, inquieta.
—No, no me he equivocado. Vamos a detenernos en un lugar, nada más.
—Vaya, por Dios. A la chica le apetece hacer turismo. ¿No íbamos directas al apartamento de Brenda?
—Sí, pero iremos después. Todo está bajo control —responde Marta, con la vista fija en el tráfico—. No le des más vueltas.
—¿Has quedado con tu contacto de la Policía de Madrid?
—Sí. Ya te dije que me está haciendo un favor. No estoy en posición de exigir. Estoy apartada del cuerpo, y eso significa…
Marta se detiene, incapaz de continuar. Lara lo nota de inmediato: ese pequeño temblor, ese instante en el que las palabras se le quedan atascadas en la garganta.
—Vale, vale, no empieces a rayarte —dice Lara, y rebaja el tono—. Pero ya que estamos, ¿me puedes decir a dónde te diriges? Solo eso.
Marta resopla, consciente de que el momento que temía ha llegado. Le gustaría contárselo todo sin medir las consecuencias, pero sabe que la reacción de su hermana será un terremoto. Sin embargo, la decisión la tomó antes de salir de Alicante y no piensa dar marcha atrás.
—Voy a parar unos minutos en un sitio. Y tú no vas a entrar.
—¿Cómo dices?
—Hay un asunto que me preocupa. He concertado una cita con el subdirector del Centro Penitenciario Alcalá-Meco.
Lara deja de respirar. La sorpresa le cae encima y la incredulidad le hace llevar la mano a la maneta del techo, como si necesitara sostenerse para no derrumbarse. Marta observa su reacción de reojo mientras mantiene la marcha.
—Voy a hablar con Andrea Gutiérrez —añade.
La respuesta de Lara no tarda ni un segundo.
—¿Con la Veneno? ¿Te has vuelto loca? Joder, Marta, ese tema ya estaba enterrado. No quiero volver a darle vueltas. Lo pasé fatal ahí dentro, ¿es que no lo entiendes? Esa mujer es peligrosa. Me hundió durante meses. ¿Para qué? ¿Qué esperas sacar de ahí?
Marta aferra el volante mientras bordean Alcalá de Henares.
—Quiero saber quién pagó tu deuda —dice Marta, en un tono que no admite réplica.
—¿Para qué? Marta… eso no tiene sentido.
—Claro que tiene sentido. Dime una cosa: ¿quién se presenta ante esa mujer y le entrega cuarenta y dos mil euros a cambio de nada?
—Madre mía… —Lara se cubre la boca con la mano—.
Me estás asustando. Creía que estaba dejando atrás lo que pasó con Cano y Rafita.
La Veneno me hizo pasar un verdadero infierno.
Me incitaron a consumir y luego me clavaron una deuda.
¿Y si se le ocurre volver a extorsionarme? Esa gente no se anda con…
—¡Basta ya! —interrumpe Marta—. Quien saldó la deuda se encargó también de borrar tu nombre de su radar, ¿te queda claro? No estás en riesgo. Hago esto porque es necesario, no porque quiera remover nada de tu pasado, ni porque me agrade hacerlo.
Lara señala hacia la derecha, en dirección al campus universitario que comienza a verse desde la carretera.
—Déjame aquí mismo —dice—. No voy a quedarme en el coche esperando. Me niego. No quiero volver a ver ese edificio, Marta. Se me revuelve el estómago de solo pensar que estoy cerca.
Marta mira por el retrovisor, activa el intermitente y busca un desvío donde detener el coche. Sabe que Lara no va a entrar en razón, ni pretende obligarla.
La deja junto a la acera del campus y espera a que cierre la puerta antes de incorporarse de nuevo a la carretera.
Mientras avanza, un pensamiento se cuela de forma insistente: si el comisario Albízar descubre lo que está a punto de hacer, la sanción de seis meses sería lo de menos.
Se estaría jugando algo mucho más difícil de recuperar que un destino o un expediente.
Y, aun así, no reduce la velocidad. Lo que ocurrió en el cementerio ha desplazado cualquier prudencia.
El desvío hacia Alcalá-Meco aparece señalizado en un cartel y conduce hacia un complejo de muros altos, cámaras en cada esquina y una sensación de aislamiento que crece con cada metro recorrido.
Aparca en una zona reservada para visitas autorizadas.
Delante de ella, el edificio principal se levanta con una arquitectura que no oculta nada: bloques rectangulares, hormigón expuesto y ventanales estrechos como rendijas.
Ningún adorno, ninguna concesión a la empatía.
Se presenta en la garita. El funcionario que la recibe levanta la vista del ordenador.
—La esperan en admisiones. —Señala un pasillo con puertas metálicas.
Se sienta en una hilera de sillas ancladas al suelo, bajo un cartel con normas impresas en tipografía antigua.
Consulta el reloj. Luego la puerta. La ayuda de su contacto en Madrid es un favor que aún no sabe cómo pagará.
La preocupación se diluye al ver a un hombre trajeado aparecer al fondo del pasillo.
—Inspectora Escudero —dice y le ofrece la mano—. Soy David Aracil, subdirector del centro.
Su voz es educada y profesional, con una firmeza calculada que Marta detecta al instante.
—Gracias por recibirme.
—Acompáñeme, por favor.
Inician el recorrido por un pasillo más ancho que el anterior. Marta camina a su lado sin perder el ritmo.
—¿Ha estado aquí antes, inspectora?
—Nunca.
—¿Conoce a la interna que solicita entrevistar?
—No personalmente.
—¿Tiene relación con el caso que se menciona en su solicitud?
—Estoy valorando varias posibilidades —responde Marta, que mide cada palabra.
Él asiente, aunque sus ojos revelan que sabe leer entre líneas.
Llegan a la zona de registros. Un arco detector domina el espacio, flanqueado por dos funcionarias que revisan bolsillos, zapatos y objetos personales. Marta entrega su chaqueta, deposita la llave del coche en una bandeja metálica y muestra su DNI. Va sin cartera, móvil ni cinturón.
—Puede pasar —dice una funcionaria.
A continuación, Aracil la conduce por un pasillo donde las puertas ya han dejado de parecer simples accesos: son estructuras diseñadas para detener, separar y limitar.
Finalmente, llegan a una sala rectangular con paredes lisas y un solo ventanal protegido por barrotes.
En el centro se alzan una mesa robusta y cuatro sillas de plástico duro. La estancia queda reducida a eso.
—La interna llegará en unos minutos —explica el subdirector—. La dejaré sola. Si necesita cualquier cosa, pulse el timbre junto a la puerta.
El sonido de la cerradura magnética detrás de ella acentúa la sensación de aislamiento.
Se acerca a la ventana.
El patio es un cuadrado de cemento dividido en zonas: una parte de sombra bajo un toldo desgastado, un par de bancos metálicos y una miserable parcela de tierra donde crecen tres arbustos que luchan contra el calor.
Un grupo de mujeres camina en círculos, sin urgencia, aferradas al movimiento para que el tiempo siga corriendo.
Dos de ellas conversan apoyadas en la pared.
Más lejos, una mujer sola permanece inmóvil, con la cabeza inclinada hacia el suelo.
El conjunto tiene una energía tirante y silenciosa, bajo un acuerdo tácito: sobrevivir exige discreción.
Un ruido metálico la obliga a girarse. La puerta se abre despacio. Primero entra un funcionario corpulento, con chaleco y expresión neutra. Se aparta un paso hacia la derecha y señala el pasillo con el brazo.
La mujer que cruza el umbral lo hace con una lentitud provocadora. Tiene el cabello recogido y unos ojos que se mantienen fijos, sin parpadeo. Sobran las presentaciones.
Andrea Gutiérrez, la Veneno.
Clava la mirada en Marta y muestra los dientes.
Un gesto que no celebra nada ni ofrece la menor cortesía. Una advertencia muda.