El ladrón de destinos (Inspectora Escudero 7) 3
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A veces basta con doblar una esquina para que el pasado regrese con una claridad insoportable.

Marta y Lara recorren las calles de La Roda en silencio.

El coche circula despacio mientras ambas observan los lugares que marcaron su infancia.

La ciudad ha cambiado, aunque reconocen los negocios que han resistido el paso del tiempo, las esquinas donde se reunían con amigos, los bancos en los que pasaron tardes enteras inventando historias o discutiendo por cualquier tontería…

Frente a su antiguo colegio, Marta reduce la velocidad.

El edificio sigue en pie, aunque los colores han cambiado y las ventanas son nuevas.

Sin embargo, puede imaginar a don Manuel en la puerta, apuntando con su bastón de madera a quienes no mantienen el orden.

Lara, sin necesidad de mirarla, sonríe levemente; esa escena, tan insignificante en apariencia, pertenece a ambas.

Unos metros más adelante, aparece la iglesia donde tomaron la primera comunión y donde, años después, despidieron a su madre.

—¿Esa no es Maruja? —pregunta Marta, fijándose en una mujer que carga con una bolsa de supermercado.

Lara se inclina hacia el cristal.

—Está muy mayor —responde, sin ocultar su sorpresa.

—¿Te acuerdas de cuando saliste corriendo del quiosco con una revista?

—¿Cómo voy a olvidarlo? Estuvo a punto de llamar a la policía. Aunque tú tampoco te quedaste corta: aquella vez que le dijiste al alcalde que tenía la bragueta bajada…

Marta se lleva la mano a la cara.

—Mamá se moría de la vergüenza. Lo pasó fatal.

La risa se desvanece al girar en una esquina y ver el solar que antes ocupaba su casa.

Del viejo edificio que servía de vivienda y horno apenas sobrevive un muro irregular y cuarteado, además de un terreno interior donde la hierba crece a su antojo.

El espacio parece más pequeño de lo que recordaban, como si la ausencia lo hubiera encogido.

—¿Por qué lo vendiste?

—Porque no había nada que conservar —responde Marta, sin apartar la vista del lugar—. Y porque me traía más recuerdos malos que buenos. Tras el incendio, la estructura quedó dañada y la reparación no compensaba el esfuerzo.

—No me suena haberte dado permiso.

—El abogado te llevó los papeles a la cárcel y allí los firmaste. Él me dijo que no pusiste objeción. Aquel dinero te hacía falta.

Lara aprieta los labios, sin insistir. El coche recorre unos metros y, de repente, ambas reconocen a un hombre que camina con dos bolsas de fruta.

—¿Es Roberto? —pregunta Lara.

Marta parpadea varias veces antes de confirmarlo.

—Eso parece. ¿Quieres que pare?

—No, no, no —responde Lara con brusquedad, enderezando la espalda.

—Solo te he preguntado; tampoco iba a lanzarme —dice Marta—. ¿Cuánto tiempo estuvisteis juntos?

—Un año, más o menos.

—Era un buen chaval. Inteligente, atento, de familia estable…

Lara se gira con una mirada afilada.

—¿Acaso te gustaba?

—No —responde Marta, sorprendida—. Solo digo que contigo tenía paciencia.

—Vaya consuelo.

—No iba por ahí.

—Pues lo parece.

Marta mantiene la vista al frente.

—Quiero decir que, con él, quizá habrías tenido una vida más…

Marta decide no seguir la conversación.

El camino hacia el cementerio se vuelve silencioso.

Marta aparca junto al único vehículo estacionado en la entrada: una furgoneta del Ayuntamiento, con el logotipo descolorido y los cristales cubiertos de polvo.

Ambas toman el ramo que trajeron de Alicante y cruzan la pequeña explanada que precede al arco de piedra.

El interior del camposanto conserva una quietud casi física. No hay un alma entre los pasillos estrechos ni junto a los cipreses, y las hermanas caminan sin prisa. Sus pasos apenas levantan sonido sobre la grava fina, un roce que basta para romper la inmovilidad del lugar.

A medida que se adentran en el recinto, el pasado aflora sin previo aviso.

Lara observa las placas y reconoce los apellidos de vecinos que marcaron su infancia, como los de la ferretería de los Soto, los de la panadería de la familia Galiano, la maestra de preescolar que le daba miedo…

Marta, en cambio, se detiene frente a un banco donde, años atrás, su madre solía sentarse a observar.

Le vuelve la escena de su dedo deslizándose por encima de los nombres, como si quisiera memorizar cada letra para evitar que el tiempo los borrara.

Al fondo se vislumbra el pasillo donde descansa Lucía.

Ambas se detienen al mismo tiempo y contienen la respiración.

El nicho de su madre sigue igual que la última vez que estuvieron allí: la fotografía impecable, el marco sin desgaste y las flores ya secas en un jarrón torcido.

Lara abre la bolsa que lleva colgada del hombro, saca un paño y limpia el cristal con una delicadeza que contrasta con la energía brusca que la caracteriza.

Mientras tanto, Marta se fija en el nicho contiguo.

El retrato de Mauricio Vega le devuelve una serenidad que la perturba desde que conoció la verdad.

Llegó tarde a él: demasiado tarde para pedirle explicaciones, demasiado tarde también para construir nada.

Y, sin embargo, cada vez que se enfrenta a su imagen siente una mezcla extraña de gratitud y desorientación.

Sabe que él quiso a su madre. A veces piensa que la quiso mejor que nadie, aunque esa idea no la consuela.

Un ruido leve proviene del lado izquierdo.

Marta se gira hacia el largo pasillo que termina en la zona más antigua del cementerio.

La luz allí es más escasa y la estrecha perspectiva dibuja una línea recta que se pierde en la penumbra.

Durante un instante, se le eriza la piel.

Recuerda la aparición de Brenda en aquel mismo lugar semanas atrás.

Y su repentina desaparición. Aquella imagen fugaz le cruza la mente con la violencia de un fogonazo.

Es ese mismo pasillo donde creyó distinguirla la última vez, quieta, a una distancia inalcanzable.

Marta afila la mirada. No percibe movimiento, ni sombras que indiquen presencia humana, ni siquiera un sonido atribuible a un animal. Solo ese pasillo vacío, igual que entonces.

—Lara, deja de hacer ruido un momento.

Su hermana detiene el movimiento de la mano, sin comprender. Marta permanece orientada hacia el fondo del pasillo, presa de una inquietud que intenta racionalizar sin éxito. No está segura de haber oído nada real, podría haber sido una impresión o un eco tardío de algo que nunca logró resolver.

Lara termina de limpiar el cristal y suspira al ver que ha quedado brillante.

Luego introduce la mano en el jarrón para retirar las raíces marchitas, que salen en un bloque, acompañadas de polvo.

Lo que ninguna de las dos espera es que, entre los tallos quebrados, aparezca un sobre pequeño, amarillento, pegado al fondo del recipiente.

Cae al suelo sin hacer ruido.

Marta lo ve antes que su hermana. Se arrodilla y lo recoge. Lara se queda a su lado y observa con creciente nerviosismo cómo Marta desliza un dedo bajo la solapa.

Ninguna habla. Marta lo abre con cautela, temiendo rasgar una reliquia. Dentro hay un papel doblado en dos, tan fino que permite adivinar la tinta antes de deshacer el pliegue.

Las letras aparecen nítidas.

«Dejad de buscar».

Nada más.

Ni firma, ni fecha, ni indicio de quién podría haberlo dejado.

Marta siente una rigidez repentina en los músculos del cuello mientras relee la frase.

Lara, que lleva unos segundos inclinada a su lado, se incorpora lentamente.

Necesita recuperar el equilibrio antes de enfrentarse al peso del mensaje.

Ninguna de las dos se atreve a romper el silencio.

Ahora sí saben una cosa: alguien ha estado allí y sabía que ellas irían.

Marta recorre el entorno con cautela. Repasa los pasillos, las lápidas, el muro lateral donde creyó ver a Brenda semanas atrás. Todo parece igual que antes; a partir de ese instante, sin embargo, el camposanto pierde su apariencia de lugar vacío. Parece recién abandonado.

Lara se agacha de nuevo y examina el jarrón, luego la parte interior del nicho y, finalmente, el suelo de alrededor, como si esperara encontrar otra pista que confirmara el origen del sobre.

No halla nada. Alza la vista y encuentra a Marta pendiente de cualquier detalle que pueda darle sentido a lo que tiene entre los dedos.

—¿Estaba ahí dentro? —pregunta Lara.

—Sí. Oculto en las flores.

Marta mira de nuevo hacia el pasillo lateral.

—Esto es para nosotras.

Y se guarda el papel antes de detenerse una última vez ante el nicho de su madre.

Al cruzar bajo el arco de piedra, la luz exterior las obliga a entornar los ojos. Caminan hasta el coche calladas. El ramo nuevo ya descansa en el nicho, y el papel con la advertencia continúa guardado en el bolsillo interior de la cazadora de Marta.

Marta levanta la vista hacia la fachada del cementerio para hacer una última comprobación. El portalón sigue cerrado, la garita permanece vacía y la furgoneta municipal continúa en el mismo lugar.

Lo único diferente es el turismo aparcado a su lado: un Renault Mégane gris, con el motor apagado y las ventanillas ligeramente tintadas. En el parabrisas se reflejan el muro y los cipreses, y dentro no se aprecia movimiento alguno.

Marta se detiene con la mano en la manilla de la puerta del Golf, atenta a cualquier señal. No escucha portazos, ni pasos, ni voces. Nada. Aun así, siente una incomodidad, una alerta que no sabe cómo clasificar.

Abre la puerta. Lara ya se ha acomodado en el asiento de al lado y enciende la radio para romper la calma de la explanada. Marta se sienta, se ajusta el cinturón y, antes de arrancar, dirige una última mirada al retrovisor. El Mégane continúa quieto, gris, discreto.