El ladrón de destinos (Inspectora Escudero 7) 2
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Es la tercera vez en una hora que Marta Escudero le pide a su hermana Lara que baje los pies del salpicadero. El Volkswagen Golf de alquiler avanza por la autovía que une Alicante con Madrid.

El paisaje se abre al otro lado del parabrisas, con suaves lomas, matorrales secos, urbanizaciones dispersas y un cielo limpio que no logra calmarla.

Lleva semanas sin encontrar un lugar que lo consiga.

La suspensión del cuerpo de Policía, las llamadas insistentes del comisario Albízar, la presión contenida de su compañera Silvia, el peso de lo ocurrido en aquella cueva, el disparo que nunca debió producirse…

Lara, que viaja a su lado con el cinturón mal ajustado y el cabello enredado, la observa con preocupación.

—Sigues tensa —dice—. Diría que incluso peor que cuando salimos del apartamento.

Los pensamientos de Marta están lejos del asfalto.

La medicación, las visitas al psicólogo, las lecturas recomendadas, los ejercicios de meditación… Su apartamento se había convertido en una cárcel después de varias semanas encerrada, buscando respuestas a preguntas que le hacían otros.

Abandonar el servicio ha tenido un efecto más devastador del que anticipaba. Durante años, Marta ha construido su identidad en torno al trabajo. Ahora, sin él, se siente en una tierra de nadie difícil de reconocer.

—Estoy bien —responde Marta, aunque la frase carece de convicción.

—No, no lo estás. Por eso quise hacer este viaje. Ya era hora de hablar de Brenda.

El nombre cae en el interior del coche como una piedra en un estanque sin fondo.

Brenda.

Ese asunto pendiente.

Esa hermana que por sorpresa conocieron hace menos de un año, y a su padre, Mauricio Vega. A él lo asesinaron poco después, en una gasolinera cuando fue destapada una red de tráfico de órganos. Brenda huía con él. Desde aquel día, continúa desaparecida.

Lara es quien más ha insistido en buscarla.

Llegó a colarse en su apartamento de Madrid.

Allí había una fotografía de Brenda sonriendo junto al hombre al que Lara, desde hacía semanas, llamaba «el ángel»: el mismo que la había protegido en Madrid, el mismo que Marta creyó reconocer después de su accidente de moto en Alicante.

No sabían su nombre, ni qué relación exacta tenía con Brenda, pero aquella imagen delante del Palacio de Congresos de Oviedo no había dejado de perseguirlas.

Marta inspira mientras intenta mantener el equilibrio entre lo que siente y lo que es capaz de expresar, incluso de admitir.

—No es el momento de hablar de Brenda —dice al fin, aunque sabe que esa evasiva ya no funciona.

—Si esperas a estar preparada, no hablaremos nunca —replica Lara, sin elevar la voz—. No quiero presionarte, pero llevo meses viviendo con la sensación de que nos falta una pieza. De nuestra historia. De nosotras. Y tú lo sabes.

Un camión de gran tonelaje las adelanta con un zumbido profundo. El movimiento del aire sacude el coche. Marta ajusta la velocidad y continúa.

—No he dejado de pensar en ella —admite al fin—. Ni en esa foto. Ni en lo que pudo ocurrir.

—Entonces, ¿por qué seguimos callando? —insiste Lara—. Necesitamos respuestas. Y no me refiero solo a Brenda. También a lo tuyo. No levantas el vuelo desde el incidente de la cueva. No duermes, no comes bien, y, para colmo, ahora te apartan seis meses.

El recuerdo golpea a Marta: el estampido, la bala perdida, el cuerpo que cae. Los gritos. El caos.

Las manos del inspector Olmedo sujetándola para evitar que se rompiera del todo.

La expresión de Albízar al volverse inevitable la sanción.

—No tienes ni idea de lo que es sentirse así.

—Entonces explícamelo. Estoy aquí para escucharte.

Marta no encuentra un modo de responderle sin derrumbar la muralla interior que se ha empeñado en mantener intacta. Mira de reojo a su hermana: la ve más decidida que nunca, absorbida por la necesidad de desenterrar el pasado que las une, aferrada a la idea de que ese viaje puede cambiar las cosas.

—No quiero hundirte conmigo —dice Marta.

—No estoy aquí para dejarte caer. Estoy aquí para tirar de ti. Y también para encontrar a Brenda. Las dos cosas son compatibles.

Lara se inclina para coger una botella de agua en una bolsa.

—No estoy dispuesta a ver cómo te apagas —continúa—. Y sé que ese caso, por muy duro que sea, forma parte de lo que necesitas resolver. Tú no sabes parar. Investigas o te pudres por dentro. Ni Silvia ni yo podemos cambiarlo.

Marta guarda silencio. Conduce. Piensa.

Y, aunque no quiera admitirlo, siente que las palabras de Lara comienzan a abrir grietas en su coraza.

Han dejado atrás Albacete, y el teléfono de Marta vuelve a sonar. Es la tercera llamada en lo que va de trayecto y la tercera vez que Lara apunta con el índice al teléfono.

Marta niega sin despegar la vista de la autovía.

Un cartel anuncia la proximidad de La Roda, la ciudad donde nacieron, crecieron y donde descansan los restos de sus padres. Dos días atrás, ambas acordaron detenerse allí y llevar flores a la tumba de su madre, aunque a estas alturas ninguna parece segura de querer enfrentarse a esa parada.

—¿Por qué no contestas el teléfono? —pregunta Lara, sin ocultar la impaciencia.

—Porque será spam.

Lara emite un suspiro largo.

—¿Hay algo que quieras contarme?

—No.

—¿Es por Fran?

Marta aprieta los labios y también el acelerador. Adelanta a un coche con un arranque brusco que no encaja con su manera de conducir.

—Joder, Lara, ¡ya está bien con Fran! Te dije que se había acabado. Él anda por el Congo, haciendo sus fotos y sus reportajes, y yo estoy en otra cosa. ¿Vale? Déjalo ya.

—Pero estás jodida, y apuesto a que es por él.

Marta traga saliva y cuenta mentalmente hasta dos, solo dos, porque hoy no tiene más margen.

—Si quieres hablar, entonces háblame. A ver… ¿por qué crees que te llamó ese hombre?

Lara gira el torso hacia ella, incrédula.

—Marta, te estás pasando. Te lo he contado diez veces. ¿Acaso no me crees?

—Si lo que te dijo es verdad, ¿por qué no me llamó a mí? ¿Acaso no soy yo la policía?

—¿Y tú crees que estás en condiciones de…?

Lara no termina la frase. La expresión de Marta, al girarse hacia ella con el ceño fruncido y los ojos oscuros de enfado, le hace callar.

—No me mires así —continúa Lara—. Solo digo que no pasas por tu mejor momento.

—¡Me encuentro perfectamente! Lo único que necesito es que dejéis de ocultarme cosas. ¡Basta ya de protegerme! No soy una cría.

—El hombre solo quería ayudarnos.

—Pues que hubiera llamado a la puerta. Que se hubiera presentado. Que nos hubiera dicho a la cara que Brenda estaba viva y que debíamos buscar en Asturias.

—Fue así. Te lo juro. Eso fue lo que me dijo.

Marta se lleva una mano a la frente. El calor le sube de golpe por el cuello y le nubla un instante la vista. Nada en su cuerpo responde ya con la precisión de antes.

—Sigo pensando que esa llamada te la has inventado. Una historia para convencerme de hacer este viaje.

Lara abre la ventanilla de golpe, clava la vista en la carretera y el gesto se le endurece. Hace años habría gritado. Habría insultado. Tal vez habría dado un puñetazo a la guantera. Hoy, sin embargo, se limita a respirar. Una vez. Dos. Tres.

Continúan rumbo a La Roda mientras la tensión crece entre ambas, tan instalada en el coche como el sonido del viento que atraviesa la ventanilla abierta.