El ladrón de destinos (Inspectora Escudero 7) 1
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El ladrón de destinos (Inspectora Escudero 7)

El ladrón de destinos (Inspectora Escudero 7)

Por Lauid David Perez

© inepub.com

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Las cámaras de vídeo registran el brillo de una obra destinada a marcar una época.

El nuevo coloso de Gijón, levantado a los pies de la playa de San Lorenzo, ocupa una manzana entera. Entre pilares de acero y placas de hormigón recién desencofradas, la construcción avanza con el ritmo obsesivo que Héctor Lamuño impone a todos sus proyectos.

Este complejo lo ha convertido en un referente en estudios, instituciones y revistas especializadas. El país entero observa su evolución como si asistiera al nacimiento de un icono urbano.

Héctor recorre la obra con un casco blanco, la visera levantada y una carpeta rígida bajo el brazo donde guarda bocetos y correcciones trazadas al momento.

Su porte transmite seguridad: un hombre de poco más de cuarenta años, delgado, con una barba muy cuidada y ojos que siempre buscan la línea exacta.

A su lado van tres ingenieros. Llevan casco azul, planos doblados, tablets y bolígrafos en los bolsillos de los chalecos reflectantes. Nadie discute sus decisiones; lo conocen demasiado bien para hacerlo.

En las inmediaciones, frente al perímetro acordonado, la prensa se ha congregado para cubrir el avance del proyecto.

Una docena de medios filman cada detalle, atentos a las explicaciones del jefe de obra.

Cámaras sobre trípodes, hileras de micrófonos, flashes que no cesan.

Nada escapa al registro: los pilares, los volúmenes, el mar rompiendo detrás del edificio y el ascenso del arquitecto hacia la pasarela de vidrio laminado, sostenida por tensores anclados al techo de la estructura.

Héctor busca ese punto exacto desde el que todo adquiera sentido: un paso más, un nivel más, un trazo más para una imagen futura, una conferencia, una portada en un gran diario.

—¿Está seguro de que quiere subir ahora? —pregunta uno de los ingenieros, inquieto por la urgencia del jefe.

—Cinco minutos. Solo eso. Quiero revisar la perspectiva desde arriba.

Los peldaños metálicos vibran bajo sus botas. El arquitecto asciende sin perder el ritmo, atento a un ángulo irregular en un nudo de acero, a la luz filtrada a través de la estructura, al reflejo del sol en las placas de protección.

Al llegar al corredor, la pasarela se extiende en una lengua de cristal transparente. Debajo, un hueco de varios metros abre un abismo nítido.

—No hace falta cruzarlo entero —advierte el ingeniero.

Héctor ya ha dado el primer paso.

El vidrio responde con un crujido corto.

En el segundo paso, nota una oscilación leve bajo las suelas.

En el tercero, se detiene un instante.

Levanta la vista hacia los tensores superiores. Todo parece en orden. Nada advierte peligro.

En el extremo, el ingeniero capta una vibración irregular y alza la voz:

—¡Héctor!

El aviso no llega a tiempo.

Un chasquido resuena en el corredor. Aquel sonido no pertenece a una estructura en pruebas.

Héctor gira la cabeza, confundido.

La pasarela cede un centímetro. Luego, otro. Y el vidrio estalla con un impacto que retumba en toda la obra.

La caída lo arrastra a merced del vacío. Una arista de acero golpea su costado y lo hace girar. La plancha de hormigón del nivel inferior se aproxima implacable y lo frena con una violencia que deja un eco paralizante en quienes lo presencian.

Abajo, la prensa reacciona al estruendo. Varios reporteros gráficos levantan los objetivos hacia el nivel superior. Nadie entiende lo que sucede. Nadie baja la cámara.

El mar ruge detrás, indiferente.

Los ingenieros descienden a la carrera. El jefe de seguridad grita pidiendo una ambulancia.

Héctor sigue consciente. Permanece con los ojos abiertos, aferrado a un trozo de cielo recortado por el armazón metálico.

Sin embargo, su cuerpo deja de responderle. Uno de sus brazos forma un ángulo antinatural. La mano derecha, con la que dibuja y corrige cada detalle, queda atrapada bajo un pliegue grotesco que no encaja con ninguna articulación conocida.

Intenta mover los dedos, pero no obedecen.

—No… —logra susurrar—. No…

Fuerza un gesto para restar gravedad a la situación, hasta que la voz se le rompe en un gemido que brota desde el fondo de su pecho.

Los médicos llegan y lo inmovilizan con cuidado. Cuando lo levantan en la camilla, Héctor observa el hueco donde estuvo la pasarela minutos antes.

A pocos metros, los objetivos siguen apuntándole.

Comprende entonces, con una claridad atroz, que la caída ha dejado de pertenecerle: ahora es una imagen pública. Y esa imagen ya circula.

No intenta hablar. Cierra los párpados mientras la camilla avanza.

En la planta superior, los técnicos examinan la estructura. Uno de ellos localiza un tensor con varios filamentos seccionados. Un trabajo demasiado limpio para ser accidental, hecho por manos que conocen el sistema. Lo revisa desde distintos ángulos antes de decir en voz baja:

—Esto no es un fallo. Esto ha sido provocado.

La frase queda suspendida bajo la estructura, mezclada con el polvo del aire.

A kilómetros de allí, la pantalla de un móvil se ilumina.

Un mensaje aparece:

«Ya está hecho».