Capítulo 12
Callum
Oigo su risa antes de verla, lo cual no debería ser posible en una multitud así.
La plaza es un choque de música, voces alzadas y leña que se parte en braseros de hierro.
Alguien hace sonar una campanilla cerca del laberinto.
Un niño chilla de alegría cuando una bruja mecánica sale tambaleándose por la puerta de la floristería.
Por encima de todo, la risa de Sage me llega nítida y encuentra ese hueco que tengo bajo las costillas.
—Está allí —digo.
Rhys se queda inmóvil a mi lado, con la máscara vuelta hacia el sonido. Gabe ni se molesta en fingir que no estaba ya pendiente de ese sonido.
—¿Seguro que es ella? —dice Rhys.
—Reconocería esa risa en medio de un huracán.
Gabe se vuelve hacia mí.
—Técnicamente, nunca la hemos oído reír en medio de un huracán.
—¿Quieres ponerme a prueba o encontrarla?
—Encontrarla. Obviamente.
Nos movemos sin volver a hablarlo, derivando juntos entre la gente. Rhys abre camino, Gabe vigila los flancos y yo llevo la cuenta de dónde está cada uno.
Cruzamos la plaza hacia Sage. Ella nos ve llegar.
Alza la barbilla. Es un gesto pequeño. Molly le dice algo al oído. A Sage le tiembla un poco la boca.
Recuerdo verla sentada en mi consulta con una manga subida por encima del codo. Recuerdo el calor de su piel bajo mis dedos. Es más fácil mantener los límites cuando la persona que está al otro lado no te mira como si supiera que es tuya.
Entonces nos llega su olor.
La reacción no es igual en todos nosotros.
Rhys se detiene como si una mano invisible se le hubiera cerrado en torno al pecho.
Se le dilatan las fosas nasales una sola vez.
La sonrisa fácil de Gabe desaparece y le deja la cara desprotegida bajo la ridícula máscara.
Yo noto el cambio primero por dentro. Se me acelera el pulso, se me seca la boca y todos los demás olores de la plaza se diluyen en el fondo mientras su olor a fresa se intensifica en el aire frío.
Un gruñido se forma en el pecho de Rhys.
Gabe tiene las manos cerradas en puños a los costados.
Soy consciente de que estoy empalmado en plena plaza del pueblo.
También soy consciente de que no existe ningún término clínico para lo que esta omega me hace, ni para lo mucho que deseo sacarla en brazos de esta multitud y quedármela.
Llevo tres años sabiendo a qué huele Sage cuando está enfadada, agotada, satisfecha con un plato o fingiendo que no tiene miedo.
Aprendí esa información por accidente y la retuve sin ninguna justificación profesional.
Esta noche las notas han cambiado lo bastante para parecer un idioma nuevo construido con palabras que ya conozco.
—No la agobiéis —digo.
Rhys mira el espacio que nos separa de Sage.
—Estamos a diez metros.
—Te estás inclinando.
Se endereza apenas un poco.
—Esto no está bien.
Gabe se limpia las gafas con el borde del abrigo.
—Todos estamos desesperados por llegar hasta ella, pero sin que se nos note tanto.
Y lo estamos.
Al otro lado de la plaza, Molly arrastra a Sage hacia los que bailan.
Sage se resiste exactamente tres pasos y luego se deja girar bajo el brazo alzado de Molly.
Sus movimientos no son refinados. Cautelosos al principio, luego sueltos cuando la música la atrapa.
La falda negra se le abre alrededor de las rodillas.
Rhys la mira. Le tiemblan las manos, como si quisiera agarrarla.
—¿Desde cuándo? —pregunto.
—¿Desde cuándo qué?
—¿La deseas?
Guarda silencio el tiempo suficiente para que mentir no tenga sentido.
—Siempre me fijé en ella. Incluso cuando éramos niños. Luego se mudaron y me limité a esperar que, cuando Saint volviera al pueblo, ella acabara viniendo detrás.
—Y lo hizo. —Me vuelvo hacia Gabe—. ¿Y tú?
Gabe se vuelve a colocar las gafas en su sitio.
—La noche de la inauguración, cuando se hizo cargo del restaurante.
Estaba llorando en el almacén porque el programa de reservas se había colgado.
Saint intentaba arreglárselo y yo fui con él.
Le dije que los clientes solo quieren buena comida y les da igual cómo llegue hasta la mesa. Se rió. Y ahí quedé perdido.
Los dos me miran.
Miro cómo Sage echa la cabeza hacia atrás bajo las luces.
—El sofá.
—¿Qué sofá? —pregunta Gabe.
—La semana que se mudó. No cabía por la puerta.
Rhys se queda callado un momento y luego dice:
—¿La ayudaste a mudarse?
—Pasaba por allí y Saint me hizo una seña para que parara.
Sage se aparta del baile. Molly la coge por los hombros y le dice algo que la hace reír otra vez. Después pasan por detrás de un puesto y desaparecen.
—Estamos metidos en un buen lío —dice Gabe.
Nadie lo contradice.
Rhys sigue vigilando a la gente.
—Saint me pidió que me asegurara de que no viniera. Y que lo llamara si lo hacía.
Gabe se mira la mano vacía como si le sorprendiera no encontrar un teléfono en ella.
—Qué tragedia. Me lo he dejado en algún sitio.
La silueta del teléfono se marca claramente en el bolsillo de su pantalón.
—Esto no tiene gracia —digo.
—No. Es aterrador. El humor es mi forma de evitar que las cosas aterradoras cobren poder.
Rhys se vuelve hacia mí. Las luces ámbar prenden en el borde inferior de su máscara.
—¿Tenemos que decírselo? No sabrá que somos nosotros cuando la atrapemos. ¿Cómo va a enterarse?
La frase debería sonar depredadora. En boca de Rhys suena casi esperanzada, y eso es peor.
—Lo sabrá —digo.
—Probablemente —coincide Gabe—. Pero fingirá que no.
—Pero nosotros lo sabremos. Las máscaras no hacen desaparecer las consecuencias.
La expresión de Rhys se endurece.
—Pero si todos fingimos que es un encuentro anónimo… Entonces no hay nada que contarle a Saint.
La respuesta no me deja terreno cómodo donde pisar.
Yo no soy inocente en esto. Hablé de sus síntomas y percibí el aroma de su cuello con la atención de un alfa, no de un médico.
Me dije que el autocontrol profesional bastaba mientras deseaba que se dieran circunstancias que volvieran innecesaria la contención.
—Si dice que no, paramos —dice Gabe. Ya no hay humor en su voz—. Si corre hacia la salida, la dejamos ir. Si elige a otro, lo sobreviviremos. Mal y entre quejas, pero sobreviviremos.
—¿Y Saint? —pregunto.
—Saint no es su dueño.
La respuesta es correcta. No por eso traicionar a un amigo parece más limpio.
Rhys mira hacia el laberinto.
—No le estamos mintiendo.
—Simplemente no le damos información que no nos pide —dice Gabe.
—Pidió que le avisáramos si aparecía.
Rhys vuelve los ojos hacia mí.
—Entonces sí le estamos mintiendo. Temporalmente. Me siento mejor ahora que hemos aclarado la terminología.
Debería cortar esto de raíz. Soy el médico, el prudente, el que acaba diciendo lo que nadie quiere oír. Monto el argumento en mi cabeza. Tengo más que perder. No solo la amistad. También los límites entre médico y paciente.
Ese argumento se desmorona cuando la multitud se abre.
Sage está junto a Molly con dos vasos de sidra en las manos. La máscara negra le afila los ojos y le deja la boca al descubierto. El vestido le marca la cintura y después cae suelto sobre las piernas. No parece ella misma y, por extraño que resulte, así revela más de sí.
—Ahí está —dice Gabe, innecesariamente.
Cruzamos por detrás de un grupo de bailarines y durante varios pasos pierdo de vista a Sage. La ansiedad me sube a una velocidad ridícula. Entonces la máscara negra reaparece junto al perol de la sidra.
Rhys se da cuenta.
—Ahora mismo no es una paciente.
—Soy consciente. Y te interesan muchísimo mis límites para ser un hombre que la besó durante un ataque de pánico.
La acusación es injusta y eficaz.
Aprieta los labios.
—He dicho que lo siento.
Gabe nos mira a uno y a otro.
Durante tres años he mantenido mi interés por Sage clínicamente ordenado, como si el deseo se volviera inofensivo al archivarlo bajo la preocupación.
Sé qué medicamentos ha probado, el tejido cicatricial bajo su vieja quemadura, y que cuando miente sobre lo que duerme añade detalles innecesarios.
También sé que empieza por el borde crujiente de la patata asada y que se queda callada cuando una canción le recuerda a su madre.
Una categoría de conocimiento estaba autorizada.
La otra se acumuló porque no pude dejar de fijarme en ella.
Que Rhys la besara no me quita nada de lo que yo tengo.
Sage se ríe al otro lado de la multitud. Los tres la miramos.
Rhys echa a andar. Gabe le sigue el paso.
Me quedo junto a la fuente lo que dura una respiración, con el agua fría salpicándome la muñeca. Un hombre razonable podría darse la vuelta ahora. Volver a casa. Derivarla a otro médico el lunes y conservar al menos una de las promesas que se ha hecho a sí mismo.
Su mirada nos encuentra. Un destello de reconocimiento. No aparta los ojos.
Se le curva una comisura de la boca.
Los sigo.
Primero nos detenemos en la mesa de la sidra, en lugar de rodearla en la entrada del laberinto.
Es decisión de Gabe, comunicada con la presión de una mano contra el pecho de Rhys. Molly nos ve llegar y sonríe con la satisfacción de quien comprueba que su injerencia ha madurado según lo previsto.
—Huele diferente —digo.
Por lo general, Sage lleva encima su cocina: aceite, brasa, jabón de cítricos y, a veces, vainilla, cuando Honey la acorrala para que pruebe algo.
Siempre he sabido que eran una tapadera.
Esta noche se quedan en los márgenes, gastados, y debajo está lo que llevaba oculto: lino limpio calentado por la piel, fresas machacadas con azúcar y un filo limpio de aire frío.
Igual que olía en mi consulta, pero más intenso.
Rhys emite un sonido demasiado grave para ser una palabra.
—Joder. Me encantan las fresas.
—A todos —dice Gabe.
Nadie se ríe. Llevamos tres años desesperados por que llegue este momento.
Conozco las explicaciones fisiológicas. Un cambio en el nivel de bloqueadores de olor puede alterar la expresión del aroma.
Las multitudes agudizan la atención. La anticipación hace que los estímulos corrientes parezcan importantes.
Mi formación me suministra los datos con rapidez y sin ninguna utilidad.
Nada de eso explica por qué los tres nos hemos vuelto hacia ella en el mismo instante.
Sage hace girar el vaso vacío entre las manos. La máscara negra no logra ocultarle los ojos, y esos ojos nos recorren. Rhys, Gabe, yo.
—¿Os conocemos? —pregunta Molly.
Gabe hace una reverencia teatral.
—No de formas admisibles después de medianoche, señora.
Molly sonríe.
—Ay, nos gustan los alfas con modales, siempre que no seáis tan caballerosos dentro del laberinto.
Sage abre mucho los ojos y se vuelve hacia su amiga.
—Dios mío.
Molly la ignora y sonríe de oreja a oreja.
—Yo soy Maggie y esta es mi amiga, Sally.
—Ah, Maggie y Sally —digo—. Encantado de conoceros.
Gabe añade un nombre más elaborado.
—Armaduke.
Sage se muerde el labio para contener una sonrisa.
Rhys no dice nada.
Cuando la atención recae en mí, me decido:
—Llamadme «el doctor».
Sage arquea una ceja.
—¿Eso es médico o un apodo?
—Médico, claro.
—Claro —repite ella.
Se me acelera el pulso. A nuestro alrededor la fiesta continúa, pero los cuatro hemos formado una habitación más pequeña, sin paredes.
Miro el cordón blanco que lleva en la muñeca.
—¿Te has leído las normas de seguridad?
—Dos veces. Y aun así voy a entrar. ¿Vosotros?
Miro a Rhys y a Gabe, y luego me vuelvo hacia ella.
—Nosotros también.