Capítulo 8
Sage
La habitación de invitados de Molly parece una tienda de disfraces que ha sufrido un ataque de nervios y ha elegido su cama para recuperarse.
Las cajas invaden la alfombra. Unas plumas flotan bajo el radiador.
Una cinta plateada cuelga de la pantalla de la lámpara y se agita cada vez que una de las dos se mueve y atrapa la luz como un fantasma diminuto y muy persistente.
Las máscaras cubren el edredón en todas las interpretaciones posibles de la discreción, desde el satén negro liso hasta una hecha enteramente de plumas de pavo real y optimismo.
—¿Cuántas de estas tienes?
—Las suficientes para dejar de contarlas cuando me mudé aquí —dice Molly con el mismo tono que usa para casi todo lo que tiene que ver con su pasado. Demasiado alegre y medio paso demasiado rápido, como si el chiste funcionara mejor cuando nadie se detiene a examinarlo.
Mete la mano en el armario y baja otra caja. De la tapa se levanta una nube de polvo. Estornudo antes de que la abra.
—Vintage —dice.
—Mortal.
Vuelca el contenido sobre la cama. Encaje, cadenas, terciopelo, un ramillete de rosas artificiales y una máscara con forma de mariposa lo bastante grande como para interferir con la aviación comercial.
Pellizco el borde de un ala polvorienta.
—¿Y cómo pasas por las puertas?
—Fácil. Te pones de lado. La belleza exige conciencia espacial.
Dejo la máscara en la cama.
—Y ahora sé por qué estás soltera.
—No, estoy soltera porque gano demasiado dinero sin salir de casa, haciendo contenido para hombres que tienen demasiado dinero.
—¿De verdad ganas dinero vendiendo fotos de los dedos de los pies?
Sonríe y se señala los pies.
—Dime que no son monos.
—Son pies.
Se ríe.
—Y las máscaras son de mi primera etapa en OmegaFans.
Después de eso se hace un pequeño silencio. Molly lo disimula poniéndome una media máscara dorada contra la cara. El metal está frío y huele un poco a perfume antiguo.
—Demasiado nupcial —decide—. Pareces a punto de casarte con un duque con una primera esposa sospechosa.
—Muy específico.
—Leo.
—Los folletos de concesionarios no cuentan.
—La novela romántica histórica es muy instructiva, en realidad. Resulta que el noventa por ciento de la historia fue gente con malentendidos enormes porque se negaban a mirarse a los ojos. Un poco como tú, que finges no ver a Rhys, Callum y Gabe.
—¿Quién ha dicho que no los vea? El problema es que mi hermano también los ve.
Suelta la dorada y escoge una máscara hecha de cadenitas. Se deslizan unas contra otras con un ruido de cubiertos al ordenarlos. Lo aguanto tres segundos antes de negar con la cabeza.
—Halloween ya es bastante excesivo de por sí. Mi cara no necesita percusión.
—Ese es el objetivo de la noche. Hay que hacerse oír. No querrás ir corriendo por el laberinto y tener que ponerte a arrullar o a gritar «estoy aquí».
Molly rebusca más al fondo y al final se queda quieta.
—Esta.
La máscara que levanta es negra, sencilla salvo por los delicados detalles dorados alrededor de los ojos y el borde. Me cubre los pómulos y deja libres los ojos y la boca. Sobria para los criterios del resto de la habitación. Y un poco peligrosa para los de la gente normal.
Molly me la sostiene contra la cara y estudia el resultado.
—Esta eres tú. Muy de «podría arruinarte la vida y me lo agradecerías».
—Me lo tomaré como un cumplido.
—Lo era.
Me la ato y me giro hacia el espejo de la cómoda.
Molly se pone detrás de mí para ajustar el nudo. Tiene los dedos más suaves que las opiniones: me saca el pelo de debajo de la cinta antes de apretarla.
Luego saca del bolso un diminuto broche de esmalte con forma de fresa, rojo y dorado, no más grande que la uña de mi pulgar, y me lo prende en la cinta, a la altura de la sien, antes de que pueda protestar.
—Para que te dé suerte. Para que puedan encontrarte.
—¿Lleva un localizador dentro?
—Eres de lo menos romántico que existe, y van a encontrarte —dice Molly, sin llegar a mirarme a los ojos en el espejo—. ¿Te aprieta?
—No.
—¿Ves bien?
Parpadeo: las pestañas no me rozan la máscara.
—Por desgracia.
—¿Puedes respirar?
—Espero que no cuando Rhys me esté anudando.
El nombre se me escapa antes de que pueda evitarlo.
Las manos de Molly se detienen en mi nuca. En el espejo, sus cejas suben despacio.
—Ni una palabra.
Frunce los labios, se pinza los dedos y hace el gesto de cerrarse la boca con una cremallera.
Cuando acaba el nudo, coge un pintalabios de la cómoda, de un rojo lo bastante oscuro para que mi boca parezca sexy.
Me aparto.
—No.
—No muerde.
—No sabes de qué está hecho.
—Casi todo cera. No te muevas.
Dejo que me lo aplique. El tubo huele un poco a vainilla. Ver cómo otra persona me pinta la boca resulta más íntimo de lo que esperaba, puede que porque me paso los días controlando lo que entra en ella. Molly retira el exceso con un pañuelo de papel y sonríe, satisfecha con su obra.
—Listo. Ahora, si besas a alguien, dejarás pruebas.
—Justo lo que exige el anonimato.
Levanta un dedo en el aire.
—Pero serán pruebas sin firma. Muy sofisticado.
El negro me afila las facciones. Y el carmín hace que mi boca parezca guardar un secreto incluso cuando no lo guarda.
Inclino la barbilla, giro a un lado y luego al otro.
La que me devuelve la mirada no es la mujer a la que el pueblo ha visto llevar una cocina durante dos años.
Nadie ha reseñado sus salsas, ni le ha pedido dinero prestado, ni le ha recordado que tiene que hacerse análisis de sangre.
No está al cargo de los turnos del personal ni de la opinión de Saint.
—Rhys, Callum y Gabe no te reconocerán. Nunca te maquillas y la máscara te cubre buena parte de la cara. Hazte algo distinto en el pelo, algo que no espere nadie, y podrás correr como una omega por ese laberinto.
—¿Y si no van?
—Has insinuado que vas a ir. Así que irán.
Asiento.
—¿Tú qué máscara vas a llevar?
Se ha probado tres máscaras y las ha rechazado todas sin detener la mirada en su propio reflejo más de un segundo.
—Puede que yo no corra por el laberinto.
Me vuelvo hacia ella.
—No puedo hacerlo sola.
—Tú lo necesitas. Yo no.
—Pero ¿y si no aparecen y me persigue un alfa que no quiero? —susurro.
Se coloca detrás de mí.
—Imagínate esto. Vas a estar esperándolos con un vestido precioso que vas a rescatar del programa de protección de testigos.
—Yo llevo vestidos. A veces.
—Y te perseguirán tres alfas que, por lo que creo, piensan que eres suya —dice.
—¿Y Saint?
Sonríe a mi espalda.
—Lo distraeré mientras corres. Con suerte, está de turno.
—¿Y si me equivoco? ¿Y si el olor que me parece notar es el mío? No el de ellos.
Bajo la vista hacia las manos.
Molly me sujeta por los hombros.
—Mírame.
Lo hago.
—Solo lo sabrás con certeza cuando los bloqueadores de olor hayan dejado de hacer efecto del todo, y ahí está la gracia.
Sientes que son los alfas que están más cerca de ser tuyos, y eso sin haberlos olido bien.
Así que, si huelen perfectos y vuestros olores encajan, entonces los elegiste antes de saberlo.
—¿Y tú? —pregunto.
—Una vez creí percibir su olor, Sage. Y entonces un cliente lo arruinó todo. Me conformo con estar a salvo.
Sonrío.
—Y por eso ya no enseñas la cara en OmegaFans.
Asiente.
—Pero estás desviando la conversación. ¿Qué vas a ponerte mañana?
—No lo sé. Háblame de Jackie —digo, porque, al parecer, tiene razón y desviar la conversación es una habilidad que llevo practicando más tiempo que la cocina.
A Molly se le ilumina la cara como si le hubiera hecho un regalo.
—Jackie no habla de Jackie. Esa es la regla. Lo que pasa en la mascarada...
—Se queda en la mascarada. Sí, ya he oído el lema.
—No es un lema. Es un pacto. Así que solo sabrás quién te persigue si reconoces su olor después.
Escoge una máscara verde oscuro con plumas que se abren en abanico desde un extremo y se la prueba en el espejo, por encima de mi hombro. Le vuelve el pelo rojo más vivo, casi cobrizo.
—Creo que reconocería a todo el mundo. La mayoría serán clientes.
—Pero eso es lo bueno, según Jackie. Nadie vuelve a sacar el tema. Nadie pregunta. Podrías acostarte con el alcalde y nadie se enteraría, a menos que el alcalde lo contara; y el alcalde jamás lo contaría, porque entonces todo el mundo sabría qué se trae entre manos.
—¿Y qué se trae entre manos el alcalde?
—Es aburrido y se dedica sobre todo a las disputas urbanísticas, pero eso no es lo importante.
—¿De verdad todo el mundo es anónimo? En este pueblo identifican a la gente por cómo cierra la puerta de un coche.
—La gente sabe más de lo que admite. La promesa no es que nadie te reconozca. Es que nadie utilizará después contra ti lo que haya reconocido.
Eso es distinto. Quizá más peligroso, porque significa que la máscara no protege. Es un permiso que todos han accedido a fingir que es protección.
Me miro los ojos en el espejo. Siguen siendo inconfundiblemente los míos.
—¿Es seguro el laberinto?
Molly se coloca a mi lado.
—Eliges solo lo que quieres. Entras si estás dispuesta a correr. Si te detienes y dices que no, todo se acaba. Si sales por el camino de los faroles, nadie te sigue.
—¿Tú lo has hecho?
Sus dedos se posan un instante sobre las plumas verdes.
—Nunca. Solo lo he visto desde el otro lado de la fuente.
—¿Y querías hacerlo?
—No estoy preparada. —Me dedica una sonrisa de lado, sin rastro de fingimiento—. Por eso me quedé al margen el año pasado.
Fuera, un coche pasa por la carretera mojada. Sus faros recorren el techo y desaparecen.
—Es una noche en la que no eres la chef —dice Molly—. No tienes que ser la hermana de nadie ni la que mantiene en pie su propia vida porque tienes miedo de que, si no lo haces, eso demuestre algo. Puedes ser una mujer con máscara que quiere algo.
Se me cierra la garganta. Juego con la cinta de la nuca para no tener que contestar de inmediato.
—¿Y si quiero lo que no debo?
—Entonces aprendes algo útil.
—Eso no me consuela.
—Vale. Entonces vuelves a casa, te quitas el vestido y la máscara y reorganizas las especias.
—Mis especias ya están organizadas.
—Claro que sí. Pero, Sage, si te preocupa que Saint te vea allí y te impida correr, llévate dos máscaras y ponte una rebeca. Luego cámbiate cuando estés a punto de correr.
Me imagino que los reconozco a pesar de las máscaras y que ellos me reconocen a mí.
Luego me imagino que entro en la plaza y me encuentro allí a Rhys hablando con Saint.
Y que él, Callum y Gabe me miran mientras camino hacia el laberinto, sin seguirme.
La idea debería bastar para que me quitara la máscara y decidiera ponerme a trabajar.
En cambio, un calor se enrosca en la parte baja de mi vientre.
Y una oleada de humedad me baña la cara interna de los muslos. Sucede en un instante, solo de imaginar a los tres hombres girando la cabeza entre la gente hasta encontrarme.
Molly me busca la mirada en el espejo. No me pregunta en qué cara estoy pensando. Las buenas amigas saben cuándo la curiosidad se convierte en crueldad.
—Vale —digo—. Voy a ir.
No lo celebra, lo que me sorprende hasta que me doy cuenta de que ya está echando mano del móvil.
—¿A quién le estás escribiendo?
—A nadie.
—Se te mueven los pulgares.
—Correspondencia privada. Pacto de la mascarada.
Intento arrebatarle el móvil. Molly se escurre entre risas y, al forcejear, tiramos al suelo la mitad de las máscaras descartadas. La de las cadenas me cae alrededor del zapato como una trampa diminuta y glamurosa.
Le da a enviar antes de que consiga alcanzarla.
—Ya estás apuntada para correr.
Lanza el móvil sobre la cama y nos mira a las dos en el espejo, con las máscaras puestas, como si estuviéramos a punto de atracar un banco en vez de ir a una fiesta del pueblo.