El laberinto anudado (Anudados y enmascarados 1) Capítulo 6
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Capítulo 6

Sage

La clínica huele a desinfectante, y la luz del final de la tarde se cuela entre las persianas en franjas estrechas que dejan rayas pálidas sobre el escritorio y sobre la manga de la camisa de Callum.

Cuento cuatro antes de que cierre el expediente.

Callum no levanta la vista del historial de inmediato, y eso me lo dice todo antes de que abra la boca.

El reloj de encima de la puerta suena más fuerte.

Un carrito metálico devuelve la luz con demasiado brillo.

Callum se ha quitado la bata blanca y se ha remangado hasta los codos, lo que debería restarle aspecto de médico y lo único que consigue es que me fije en sus antebrazos en un momento médicamente inoportuno.

—Siéntate.

Me aclaro la garganta al darme cuenta de que me ha pillado mirándolo.

—¿Siempre empiezas las conversaciones como un director de colegio decepcionado?

Se limita a mirarme.

Me siento.

Gira el historial para que los resultados impresos me queden de frente. Los números no significan casi nada si él no me los traduce, y por eso los detesto.

—Los supresores del celo no están aguantando, Sage.

Habla con calma, pero no es del todo su voz de médico. Ha dejado que la preocupación asome por los bordes.

—¿Hasta qué punto?

Posa la punta de un dedo sobre una línea de la página.

—Los supresores se eliminan más deprisa de lo que deberían.

Otro mes con esta dosis y ya no podrás decidir cuándo te llega el celo.

Los bloqueadores de olor también están perdiendo efecto.

Solo sirven para tapar tu olor, pero cualquiera que esté a tres metros ya empieza a saber exactamente qué eres.

Quiero repetir las dos pruebas dentro de dos semanas.

Me imagino que el olor se me escapa en plena hora de servicio y que todas las cabezas se vuelven antes de que consiga llegar a la puerta de atrás. Hasta ahora he logrado taparlo con los olores de la cocina. Y con el perfume que elegí precisamente por eso.

—Pues subo la dosis y ya está.

Niega con la cabeza.

—He revisado tu historial. La Dra. Kellerman te la subió dos veces este año. No hay otro escalón que no empiece a hacer daño en alguna otra parte. Lo más probable es que primero sea el hígado. Tu cuerpo necesita descansar.

—Es mi época de más trabajo del año. Súbeme la dosis una vez más y dejaré los supresores después de Navidad.

Vuelve a dar unos golpecitos en la página, con más suavidad de la que el papel necesita.

—No voy a subírtela otra vez.

—La Dra. Kellerman sí podría.

—No lo hará. Se lo pregunté antes de llamarte.

Me quedo mirándolo.

—¿Has hablado de mí con otra médica?

—Con tu médica. De la misma consulta. Sobre tu tratamiento. Sí, el escándalo va a ser mayúsculo.

El tono seco es deliberado.

—¿Qué opciones tengo?

—Descansar. Ahora, no más adelante.

Deja el historial plano sobre el escritorio; necesita las dos manos libres para lo que viene a continuación.

—Tu cuerpo lleva meses pidiéndote una pausa y tú no le has hecho caso. Duerme, come, deja de tratarte como si fueras parte del personal. Si los supresores fallan cuando estés en un sitio inoportuno…

—Lo entiendo.

—¿Seguro? Como médico, te aconsejo que dejes los supresores durante un mes y que reserves plaza en una clínica del celo.

—Un mes. ¿Y luego estaré bien otra vez?

—Pasarás un celo. Pero ya sabes que tu cuerpo lo necesita. De ahí que no duermas y cometas errores.

Suelto el aire.

—Un celo. Dios mío. Tendré que reservar en una clínica.

Se aclara la garganta.

—Resérvala esta semana. Te revisamos dentro de dos semanas y decidimos qué viene después.

—Lo dices como si me estuvieras recetando unas vacaciones.

—Menos planificación de la que crees, una vez reservada la clínica. Más horas de sueño de las que te gustarían.

—Tengo un restaurante.

—También tienes órganos.

—El restaurante está reservado con tres semanas de antelación.

—Sigue tomando esas pastillas y acabarás en la lista de espera para un hígado nuevo.

—Estupendo.

Miro a través de las persianas. Al otro lado de la calle, alguien pasa con un carrito de bebé por delante de la farmacia. La normalidad de la escena resulta insultante. La gente compra medicinas para el resfriado y saca al perro mientras mi cuerpo prepara en silencio un golpe de Estado.

—¿Y si te ignoro?

—Entonces, la próxima vez que te sientes en esa silla, no será por los bloqueadores.

Callum se recuesta. La silla cruje bajo su peso.

—Te estoy pidiendo que los dejes un mes. No que cierres el restaurante. Puede funcionar sin ti. Pero necesitas un mes de sueño y de comidas de verdad.

—Soy chef. Como comida de verdad.

—Comidas no, Sage. Picas de todo lo que preparas, pero nunca te sientas a comer.

—Eso no es un argumento médico.

—No. Es el de un amigo.

Tengo las manos frías. Me las meto bajo el abrigo y aprieto el forro con los dedos.

Él observa el movimiento. Pero así es Callum: se gana la vida fijándose en las cosas y ha hecho un arte de fingir que eso vuelve su atención impersonal.

—Hoy tu olor es más dulce que hace apenas unos días —dice en voz baja—. A pesar de los bloqueadores. Si yo puedo oler las fresas que intentas esconder, también pueden olerlas los demás alfas.

El aire de la sala cambia. Me vuelvo consciente de la puerta cerrada, de la poca distancia que hay entre nuestras rodillas, del tenue olor a lino limpio que desprende su ropa por debajo del antiséptico.

La mirada de Callum baja hasta mi garganta y vuelve a mi cara tan deprisa que podría habérmelo imaginado.

El calor me inunda la parte baja del vientre, simple y vergonzoso. Quiero pasar por encima del escritorio y meterme en su regazo, y me da exactamente igual que lleve una tarjeta identificativa colgada del cuello.

No quieres el nudo de tu médico.

—¿Puedes olerme?

—Sí.

Se le tensa la mandíbula. Un latido le sube una vez junto a la sien.

La sinceridad me golpea de forma más íntima que cualquier coqueteo. Miro sus manos grandes, ahora apoyadas en el escritorio.

«¿Está intentando controlarlas?»

Hace demasiado calor en la habitación, a pesar del aire frío que sale de la rejilla.

Me pongo en pie antes de que pueda hacerse aún más pequeña.

—Vale.

—¿Vale?

—Te he oído.

Me abrocho el botón equivocado del abrigo, me doy cuenta y decido que corregirlo revelaría demasiado.

—Ya me las apañaré.

Él también se levanta.

—Si te viene, no deberías pasar por eso sola.

—Las omegas llevan mucho tiempo gestionando funciones corporales molestas sin necesidad de alfas. Tengo recursos para superar esos momentos.

—Esto no es una molestia. Puede volverse peligroso. Organiza algún apoyo. Una clínica, alguien en quien confíes, lo que sea que te haga sentir que tienes el control. Pero organízalo antes de que llegue.

Alguien en quien confío.

Con ese pensamiento llegan tres rostros, demasiado nítidos. Rhys, con los labios hinchados. Gabriel llamándome «Buena chica» mientras corríamos. Y el suyo. Callum. Está de pie frente a mí, como si quisiera alargar la mano y a la vez entendiera por qué no puede.

—Me las apañaré.

—Eso dijiste la última vez.

—Y aquí estoy.

—Sí.

Su mirada me recorre despacio, sin deseo, pero tampoco clínica.

—Aquí estás.

Algo se mueve detrás de sus ojos, algo más oscuro de lo que jamás me he permitido ver ahí, y durante un instante estoy segura de que, si le tendiera la mano, él la tomaría y después me tomaría a mí.

Durante un segundo temerario, quiero preguntarle qué haría si lo eligiera a él como la persona en quien confío. Si su autocontrol sobreviviría a la pregunta. Si sobreviviría el mío.

En lugar de eso, abro la puerta.

No me detiene. No sé si eso me alivia o me decepciona, y no tengo tiempo de averiguarlo antes de encontrarme en la acera, con el móvil ya en la mano, haciendo una llamada.

El viento trae olor a leña quemada desde algún punto más allá de la plaza. Los escaparates han empezado a llenarse de fantasmas de papel y calabazas talladas. Una pancarta naranja cruza de una farola a otra y anuncia:

BAILE DE MÁSCARAS DE HALLOWEEN — MÁSCARAS OBLIGATORIAS.

Molly responde al segundo tono.

—Voy a ir. Y necesito una máscara —digo sin preámbulos.

Hay una pausa. Después, un chillido tan fuerte que aparto el móvil de la oreja.

—Ay, Dios mío. Pásate después del trabajo. Tengo varias opciones.

—¿Tienes más de dos?

—Me encantan los bailes de máscaras, Sage. Es la única noche en la que puedo soltarme la melena y hacer un Jackie.

Una pausa.

—Aunque no soy tan tonta como para quitarme la máscara.

—Queda anotado.

—¿Y qué te ha hecho cambiar de opinión?

Miro hacia la ventana de la clínica. Hay una sombra detrás de las persianas, una silueta de hombre recortada por franjas de luz. Se aparta en cuanto se da cuenta de que lo veo.

—Órdenes del médico. Se supone que tengo que dejar de tratarme como a una empleada —digo—. También ha dicho que debo dejar los inhibidores del celo una temporada.

Molly se queda callada por primera vez en la historia documentada.

—¿Y crees que una sola carrera por el laberinto va a arreglarlo todo?

Le doy vueltas durante todo el trayecto hasta la esquina. Una clínica significa diez días de mi vida; el laberinto, una sola noche. Un nudo, un cuerpo que por fin obtiene lo que lleva pidiendo, y el lunes volveré a la normalidad. Es el primer plan en semanas que suena a solución.

—Adiós, Molly.

Cuelgo y me dirijo al restaurante, pasando por delante de la ferretería, con los escaparates cubiertos de telarañas falsas; por delante de la panadería, donde la tía de Honey ha colgado luces naranjas en el toldo con tres semanas de antelación; por delante de todo el pueblo, que se reorganiza en silencio para convertirse en algo que no es durante once meses al año.

En el restaurante, a Honey le basta una mirada a mi cara para dejarme una taza de té en la encimera de preparación.

—¿Malos resultados?

—Inoportunos.

Espera mientras bebo. El té está demasiado dulce, lo que significa que lo ha hecho para consolarme, no por el sabor.

—Necesito librar el sábado por la noche.

Honey no pregunta por qué. Baja un instante la mirada hacia el folleto de la clínica, que sigo estrujando en la mano.

—¿El sábado por la noche?

—Y el domingo por la mañana. Pero volveré para el servicio de comidas.

—Luis puede llevar los salados. Yo cierro.

La respuesta inmediata me inquieta.

—No conoces las reservas.

—Sí que las conozco. Imprimes la hoja por triplicado y la cuelgas junto a la puerta del despacho.

—El sábado está completo.

—Pues estará completo sin ti por una noche. No pidas la noche libre para luego poner excusas de que yo no puedo hacerlo.

—Perdona, sé que puedes hacerlo.

Honey dobla un paño limpio en cuatro, para darnos tiempo a las dos.

—Montaste este sitio para que funcionara, Sage. No para que se convirtiera en una máquina carísima de matarte.

—Qué alentador.

—Soy pastelera. Escondemos las amenazas bajo el azúcar.

Recorro la cocina con la mirada. Cada estación refleja decisiones que tomé yo.

Desde la altura de las encimeras y la posición de la salamandra hasta el estante donde Luis guarda la sal, a pesar de que yo la prefiero en la pared de enfrente.

En algún momento, las costumbres de otros entraron en esta cocina y la hicieron más fuerte.

He confundido ser necesaria con hacerlo todo sola.

—Una noche —repite Honey—. Podemos encargarnos.

—Quizá también una mañana.

—Entonces espero una paga de Navidad muy generosa.

—La mitad del negocio es tuya.

—Excelente. Apruebo mi paga.

Me quita la taza de las manos y me acerca un cuenco de sopa.

—Come. Y luego cuéntame cómo es que unas malas noticias médicas han terminado teniendo que ver con un antifaz y por qué me huele a que piensas recorrer el laberinto.

La miro fijamente.

Honey sonríe.

—Puede que Molly me haya mandado un mensaje.

—Necesito amigas nuevas.

—No, necesitas que las de siempre mantengan el restaurante abierto mientras tú tienes una vida.

Me tomo la sopa. Le falta pimienta. No lo digo.

Cuando Honey vuelve a la pastelería, me encierro en el despacho con el cuadrante del personal.

Una noche se convierte en una noche y una mañana. Aplazo una reunión con un proveedor, cancelo una cata de menú y le doy a Luis autoridad para cambiar el especial de pescado si el pedido llega en malas condiciones. Cada cambio es como soltar un dedo del borde de un precipicio.

Al pie de la agenda escribo:

SAGE — NO DISPONIBLE.

Sin explicaciones. Sin disculpas.

Me suena el teléfono antes de que pueda imprimir el cuadrante. Aparece el nombre de Callum.

—Hola.

—Te fuiste antes de que terminara —dice él.

—Ya habías usado todas las palabras útiles.

—Tengo que enviarte una hoja de síntomas. Hidratación, alimentación, señales de alarma.

—Tu trato con los pacientes no tiene nada de romántico.

Me responde el silencio. Soy consciente de la puerta cerrada con llave y de que he dicho la palabra «romántico».

—Esta no es una conversación en la que el romanticismo pueda aparecer sin peligro —dice.

—¡Sí! Ya lo sé. Es una mierda ser omega ahora mismo.

—¿Por qué? —La pregunta suena tranquila, no acusadora.

Y continúa:

—Los omegas son necesarios. Deseados. Venerados. Son el pegamento que mantiene unida a una manada.

Miro el cuadrante, esa noche arrancada de la vida que controlo.

—¿Y si empieza y te pidiera que estuvieras conmigo?

Su respiración cambia al otro lado de la línea.

—Te ayudaría a organizar una atención adecuada —responde al fin.

La respuesta correcta escuece.

—Claro.

—Sage…

Maldito sea mi hermano.

—Mándame la hoja. Tengo servicio. —Cuelgo. Un segundo después, la hoja de síntomas llega por correo electrónico, seguida de un mensaje.

Callum: Elijas lo que elijas, no estés sola.

Lo leo dos veces antes de imprimir el cuadrante.

En la reunión previa al servicio, clavo el nuevo cuadrante junto a la cámara frigorífica.

—No estaré disponible el sábado por la noche ni el domingo por la mañana —les digo al personal—. Honey cierra. Luis tiene la última palabra en los salados. Si alguno de los dos me llama, más le vale que haya alguien en llamas.

Mina levanta una mano.

—¿Y si falla la cámara?

—Llama al técnico.

—¿Y si el proveedor manda el pescado equivocado?

—Luis cambia el especial.

—¿Y si un cliente pregunta por ti?

—Le dices que no estoy disponible y mandas al chef correspondiente a atenderlo.

La sala se queda sospechosamente en silencio.

—Tenéis permiso para funcionar sin mí —digo.

Honey se apoya en la mesa de pastelería.

—Ya lo sabemos. Estamos esperando a que te des cuenta tú.

Luis me quita el rotulador de la mano y escribe debajo del cuadrante.

NO LLAMAR A SAGE.

Honey añade:

NI SIQUIERA SI EL PEREJIL ES HORRIBLE.

Debería borrarlo. Lo dejo ahí.

Una noche. Solo tiene que ser eso. Una noche sin andarme con cuidado y el lunes vuelvo a la cocina y soy exactamente quien he sido siempre.

La mentira me sigue el paso todo el camino hasta el trabajo.