El laberinto anudado (Anudados y enmascarados 1) Capítulo 4
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Capítulo 4

Rhys

La estación está tranquila pasada la medianoche, y eso asciende de categoría a cualquier ruido mínimo. El agua repiquetea al caer del escurreplatos. La vieja nevera zumba en la sala común.

En el garaje de los camiones, Gabe está metido hasta los codos en el motor; el metal repiquetea bajo sus manos.

Paso un paño por el panel cromado del motor por tercera vez. Mi reflejo se mueve en él, deformado y oscuro. No queda hollín que quitar. Tampoco quedaba cuando empecé.

—Estás muy callado —dice Gabe, alzando la vista.

—Siempre estoy callado.

—Pero esta vez es porque besaste a Sage hace cuatro días y ahora finges que no pasó.

El paño se detiene.

Gabe le sonríe al motor como si este hubiera dicho algo gracioso. Siempre le ha gustado tener público, incluso cuando el público se niega a participar.

—Estaba sufriendo un ataque de pánico.

—Seguro que tu boca tiene certificación médica.

—Funcionó.

—Respirar con ella también habría funcionado.

—No tenía tiempo.

Eso es lo que le diré a cualquiera que pregunte.

Se le había descontrolado la respiración: demasiado rápida, trabándose consigo misma, y necesitaba que parara antes de que se desmayara en el suelo de su propia cocina.

Tenía un segundo para romper la espiral.

El beso le dio algo inmediato en lo que concentrarse.

Como ya he dicho, era el truco más barato que tenía a mano.

Todo eso es verdad.

Pero no es toda la verdad.

Toda la verdad es que llevaba buscando una excusa más tiempo del que jamás admitiría en voz alta, y su ataque de pánico fue la primera excusa que pude justificar.

Tres años sin tocarla. Tres años sentado a esa barra mientras ella trabajaba, viéndola dominar a la vez el fuego, el acero y al personal.

Y el día en que le puse la mano en la mandíbula y la besé como si llevara tiempo esperando permiso en vez de evitándolo, y gruñí contra su boca delante de toda su cocina.

¡Joder! Gruñí. ¿Cómo voy a explicar eso si me lo pregunta? ¿O si su hermano aparece dando gritos?

Ya no me importa. Solo me importa cómo mi palma recuerda la forma de su cara. Esa es la parte que no consigo limpiar.

—Saint se va a enterar —dice Gabe. Deja una herramienta y se vuelve hacia mí—. Siempre pregunta por qué comemos allí. Cada vez se nos da peor esconder qué… a quién queremos.

—Estoy harto de esperar. Harto de desear a una omega que pelea contra sus instintos. Ya no me importa lo que piense Saint.

—Te importará cuando se entere de que le tiraste un vaso de agua encima a su hermana y la besaste delante de medio comedor.

—El agua era necesaria.

—¿Y el beso era necesario?

Doblo el paño una vez y luego otra. Los bordes no coinciden. Lo desdoblo y vuelvo a empezar.

Gabe mira mis manos.

—Eso me parecía.

—No he dicho nada.

—No hace falta. Tu manera de doblar dice mucho.

Le tiro el paño. Lo atrapa contra el pecho y se queda muy satisfecho de sí mismo.

Saint es mi mejor amigo. Lo es desde que teníamos nueve años y tumbó de un puñetazo a un chico que le doblaba el tamaño por llamarme algo que ya ni repito.

Saint aguantó el labio partido y una semana de castigo sin decirle al profesor ni una sola vez qué había provocado la pelea.

Le debo más de lo que cabe en una frase, y en lo más alto de esa lista está no ponerle las manos encima a su hermana como si fuera mía.

Solo que mis manos no parecen haber recibido esa instrucción. Ni tampoco el deseo asentado en la parte baja del vientre cada vez que imagino su mandíbula bajo mi palma, su boca contra la mía y el modo en que tomó aire, brusco y sorprendido, justo antes de apartarme de un empujón.

Por debajo corre algo a lo que la lealtad le trae sin cuidado. La quiere contra una pared, con las muñecas sujetas en mi mano, y quiere volver a oír ese jadeo brusco de sorpresa, más fuerte, con mi nombre dentro. Esta omega me provoca cosas que no puedo contener, y ni siquiera sabe que lo hace.

—Podrías decírselo —dice Gabe.

—¿Decirle qué? ¿Que besé a su hermana para cortarle un ataque de pánico y que funcionó demasiado bien?

—Que llevas años deseando hacerlo.

—No es verdad.

Entonces alza la vista. Esta vez no sonríe. Nos conocemos desde hace demasiado tiempo para que una mentira tan mala merezca la dignidad de una discusión.

—Claro —dice al final—. Y yo rescato gatitos solo porque el papeleo es muy gratificante.

La estación huele a lona mojada, aceite de motor y humo viejo incrustado en los chaquetones de intervención que ningún producto industrial logra vencer del todo.

Por debajo de todo eso, estoy seguro de que todavía la huelo.

Fresas comidas al aire frío y el olor a lino limpio de su chaquetilla de chef antes de que el día la impregne de carne dorada, verduras y el jabón cítrico que Sage guarda junto al fregadero de la cocina.

Superpone aromas e intenta esconderse detrás de ellos, convencida de que ningún alfa puede captar su olor verdadero.

Pero yo sí la huelo, y la memoria es algo peligroso para un alfa cuando descubre que un aroma le pertenece.

Solo necesito que ella lo confirme. Que sea sincera por una vez.

—Esto no puede llegar a ninguna parte —digo.

Gabe se apoya contra el camión. Su expresión despreocupada no acaba de disimular cómo se le relajan los hombros.

—¿Por Saint?

—Entre otras cosas.

—¿Como cuáles?

—Ella no quiere nada de esto.

—Te tiró un trapo. A mí me sonrió, y Callum la atendió hoy mismo… —mira el reloj de la pared—. Ayer.

—¿Cómo está? —pregunto.

—Por desgracia, Callum es un profesional.

Gruño.

—Y Sage se está poniendo terca.

Frota con el pulgar una marca del enganche.

—Ella te mira, ¿sabes?

Las palabras golpean más fuerte sin la broma que las amortigüe.

—Nos mira a todos —digo.

Ahí está. Se me escapa antes de poder evitarlo.

La mirada de Gabe se encuentra con la mía. Durante un largo segundo, ninguno de los dos finge. A mi manada le pasa lo mismo con ella.

La atención cuidadosa de Callum cada vez que Sage entra en una sala.

El flirteo interminable de Gabe, más chispeante con ella que con nadie.

Mi propia costumbre de elegir el sitio de la barra con mejor vista del pase.

Orbitamos juntos a su alrededor y llevamos años fingiendo que es la casualidad la que decide la ruta.

—Sí —dice Gabe—. Lo hace. Quizá deberíamos hablar con Saint del acuerdo.

El panel de alarma parpadea sin pausa en la pared. En algún sitio por encima de nosotros, las tuberías repiquetean cuando arranca la calefacción. Los sonidos corrientes del parque dejan demasiado espacio alrededor de la confesión.

—Saint no lo aceptaría. Lo odiaría —digo.

—Resulta que Saint odia la leche de avena. Ya se le pasará.

—Esto no es café. —Cierro la taquilla con más fuerza de la necesaria.

El estruendo del metal atraviesa el hangar y vuelve convertido en un eco fino. No sirve de nada. Tampoco sirve recordar cómo me miró después. Cómo se puso furiosa por no haberse apartado ni de lejos tan rápido como podía.

—Callum ha comentado algo de que vayamos a la carrera de Halloween —dice Gabe, y deja el móvil sobre la mesa cuando el turno está a punto de acabar.

—Ningún otro año ha querido ir —respondo.

Falta menos de una semana para la mascarada del pueblo.

Incluso en el parque cuelgan adornos de Halloween sobre la entrada de la sala común: murciélagos de papel naranja que han recortado los niños del colegio del pueblo, pegados con cinta y torcidos.

La carrera se celebra cuando los niños ya se han ido y solo quedan alfas, omegas y algunos betas muy esperanzados.

Se convierte en un lugar de máscaras y secretos, como si la tela y la oscuridad pudieran transformar el deseo en algo sin consecuencias.

—He dicho que sí, así que vamos el sábado —dice Gabe.

—Estamos de guardia.

—Salimos a las seis.

—No me gustan las multitudes.

—Te gusta Sage.

Le lanzo una mirada.

Levanta las dos manos.

—Callum ha dicho que está pensando en ir.

—¿En serio? —Sopeso las consecuencias mientras apago las luces del hangar.

La oscuridad se va asentando sobre los camiones, fila a fila, y el metal pulido retiene las últimas franjas de luz fluorescente.

La puerta lateral se abre antes de que lleguemos a las escaleras.

Saint entra con una bolsa de comida para llevar del restaurante de Sage y se sacude la lluvia de la chaqueta.

—No os vais ya, ¿no? Honey os manda las sobras —dice—. Por lo visto el filete está un poco duro y Sage iba a tirarlo. Pero Honey ha hecho que Sage nos lo cocine. Incluso ha metido en la bolsa unas porciones de tarta de cereza y amaretto. Huele de maravilla.

Gabe coge la bolsa.

—Tu hermana se porta muy bien con nosotros.

Saint se detiene y se queda mirando a Gabe.

—Siempre y cuando solo admires su comida.

—Tienes que dejarla vivir su vida y dejar de entrometerte —digo.

—Es una omega. Siempre voy a cuidar de ella. ¿Qué te pasa? Estás… —Saint va a seguir, pero Gabe lo interrumpe.

—Sigue afectado por lo de Sage y el incendio. —Abre la bolsa.

El olor a mantequilla y ajo caldea el hangar.

—¿El incendio? ¿Qué incendio? —Saint gira la cabeza.

Le lanzo una mirada asesina a Gabe y luego me vuelvo hacia Saint.

—Sage se prendió fuego —digo.

—¿Que hizo qué? —Saint ya va hacia la puerta antes de que acabe de explicárselo. Lo cojo del brazo.

—No me dijo nada. ¿Cuándo?

—Hace cuatro días. Está bien. Se le prendió la manga en el trabajo. Yo estaba allí y lo apagué.

—Ahora me guarda secretos. ¿Está bien?

—Ahora sí —dice Gabe.

—¿Ahora?

Gabe estudia el techo.

Saint nos mira a uno y a otro.

—¿Qué es lo que no me estáis contando?

—Estaba alterada —digo con cuidado—. Y luego dejó de estarlo.

—Eso no es una respuesta.

—Es la parte que importa.

La sospecha le dura, pero la preocupación puede más.

—Tengo que llamarla.

Llama a Sage. La oímos contestar al segundo intento, con la voz cortante a través del altavoz aunque la llamada no esté en manos libres.

—Estoy viva —le dice—. Si Gabriel ha exagerado, recuérdale que sé dónde guarda el parque el azúcar.

—Me llama Gabriel —me articula Gabe con los labios, y sonríe.

Pongo los ojos en blanco y miro al techo.

Saint escucha mientras ella describe la quemadura como una tontería, la chaqueta destrozada como una molestia y a Rhys como una amenaza que exagera. Al oír mi nombre, me mira.

—Hiciste lo correcto —dice Saint.

El elogio cae sobre mí como un peso. Dudo que fuera el mismo elogio si ella le contara todo.

Después de la llamada, abre los recipientes de comida para llevar y reparte tenedores.

—Gracias. Por cuidar de ella.

Gabe se queda inusualmente callado.

—Siempre —digo.

Saint asiente y acepta una promesa cuyo significado desconoce.

—Mira, más vieiras —dice Gabe, y me guiña un ojo.

—Seguro que está demostrando que no se le pasan.

Por suerte, Saint no capta la pulla de Gabe.

Comemos de pie junto a la ventana, mirando afuera. Para entonces las vieiras están correosas, pero ninguno se queja.

Cuando Saint se va, Gabe y yo volvemos a casa por el camino largo.

Pasamos por delante del restaurante.

Las luces del comedor están apagadas, pero la cocina sigue iluminada. Sage está sola junto a la encimera de acero inoxidable, sin la chaqueta dañada y con un cárdigan oscuro sobre la camisa de trabajo. Sostiene algo en una mano y habla por teléfono.

Reduzco la velocidad en el cruce.

Parece cansada cuando nadie la mira. Deja caer los hombros y la mano con la que sostiene la tarjeta se apoya en la encimera, como si de pronto pesara más.

Podría entrar y decirle que siento haberla besado. Pero no lo siento. Quiero hacerlo otra vez. Y otra. Quiero hacer algo más que besarla.

Quiero oírla ronronear mientras la anudo, quiero oírla suplicarme que la marque. Quiero clavarle los dientes en el cuello. Y que ella me los clave a mí.

Quiero que me marque a mí.

El semáforo cambia a mis espaldas. Suena un claxon.

—Tienes que ir a casa y ducharte —dice Gabe—. Para enfriarte.

Sigo conduciendo.