El laberinto anudado (Anudados y enmascarados 1) Capítulo 2
9%

Capítulo 2

Sage

Molly deja caer dos entradas sobre mi mesa de preparación como si repartiera la mano ganadora de una partida a la que yo no he aceptado jugar.

El dorado del papel destella bajo las luces de la cocina.

BAILE DE MÁSCARAS DE HALLOWEEN se arquea en la parte de arriba, con unas letras tan recargadas que lo mismo podrían anunciar una boda que una sesión de espiritismo.

Cada tarjeta lleva una cinta negra ensartada en una esquina.

Pasa peligrosamente cerca del cuenco de peras peladas que tengo junto al codo.

—No.

—Ni siquiera las has mirado.

—No me hace falta. Sé leer del revés.

Sigo cortando las espinacas en tiras.

—Además, has anunciado tus intenciones lanzándomelas encima de la comida.

Molly apoya la cadera contra la encimera. Lleva un abrigo color crema que jamás ha conocido la grasa de una cocina y unos zapatos diseñados por alguien que considera la acera su pasarela.

—Son para el baile de máscaras. El sábado. Vas a venir.

—No voy a someterme a eso.

—¿A qué, exactamente? ¿A la música? ¿A un acto social? ¿A existir más allá del radio de acción de tus fogones?

Reúno las espinacas bajo la parte plana del cuchillo.

—A eso de que a una omega la cazan tres alfas y se turnan con ella delante de Dios y de todo el pueblo.

—Es un rumor. ¿Y quién ha hablado de correr el laberinto? —Se ríe entre dientes—. A lo mejor en el fondo te apetece.

El cuchillo cae sobre la tabla con un golpecito tajante.

—Ni. De. Coña.

La risa de Molly rebota en los azulejos.

Y Luis, que cruza el extremo más alejado de la cocina con una caja de champiñones, cambia de rumbo en lugar de arriesgarse a que lo inviten a la conversación.

—Me lo contó Jackie —dice ella—. La de la biblioteca. Y eran cinco alfas.

—No.

—Sí.

—¿Jackie, la que organiza la hora del cuento?

—La mismísima.

—¿La de las marionetas?

—Dudo que se llevara las marionetas. Sería muy raro.

Cierro los ojos un instante. Detrás de mí, una tarta de limón se enfría sobre la rejilla, la mantequilla sisea en una sartén al fuego y, en algún punto del comedor, un niño deja caer un tenedor.

Todos son detalles sensatos de un mundo sensato.

Ninguno encaja en la misma realidad que Jackie, la de la biblioteca, perseguida dentro del laberinto de Halloween por tres… cinco alfas enmascarados.

—Este pueblo no está bien de la cabeza.

—Este pueblo entiende lo que da dinero.

Molly roba una chalota cruda del pequeño montón que hay junto a mi tabla y le pega un mordisco. Se le llenan los ojos de lágrimas al instante, pero el orgullo la obliga a masticar.

—¿Pero a ti te gustan las chalotas? —pregunto.

—Me encantan.

Le ha salido la voz tensa.

La observo sufrir un segundo más y luego le deslizo un vaso de agua por la encimera. Bebe sin agradecer la clemencia.

—Hazlo, Sage —dice cuando vuelve a poder hablar—. No va a pasar nada tan emocionante hasta Navidad.

—¿Qué pasa en Navidad?

Le vuelve la sonrisa, afilada por un conocimiento peligroso.

—¿A ti no te ha llegado invitación? Es en esa mansión de las afueras del pueblo. Se rumorea…

—Tú y tus rumores.

—Escucha. Este es real. Cuando hablé con Jackie me dijo que no se celebra desde hace dos años. Pero ahora hay nuevos propietarios y han vuelto las llaves en un cuenco.

Abro mucho los ojos.

—¿Las llaves en un cuento?

—Sí. Todo el mundo va enmascarado, solo las omegas pueden elegir y nadie sabe con quién pasa la noche, porque las máscaras no se quitan jamás.

—Dios mío. ¿Y tú has pillado una invitación?

Sonríe de oreja a oreja.

—Y voy a ir.

—No vas a ir.

—Bueno, yo creo que sí. Ya lo decidiré cuando se acerque la fecha de confirmación.

—Ni siquiera dejas que el aparcacoches te toque el coche.

—El aparcacoches me cambia el asiento de sitio. Un desconocido en una fiesta de máscaras de Navidad podría hacer algo útil.

—¿Como secuestrarte?

—Nadie puede salir de la mansión. Es todo legítimo. A los invitados los eligen a dedo.

—Encantador.

Vuelvo a las espinacas porque me resulta más fácil que contestar, y porque hablar de máscaras y de desconocidos me ha metido en la cabeza una imagen que no había pedido.

Una mano grande alrededor de mi mandíbula. Unos ojos grises despojados de humor. El roce áspero de una barba contra mi boca.

Rhys me besó hace tres días. Desde entonces ha vuelto dos veces al restaurante y se ha comportado como si no hubiera hecho nada más íntimo que revisar los detectores de humo.

La primera vez pidió cordero. La segunda se sentó con Gabriel en la barra y le preguntó a Honey si los pasteles de chocolate siempre habían sido tan pequeños. No me miró la boca ni una sola vez mientras yo lo miraba a él.

Cuando no lo miraba, lo notaba.

El recuerdo aparece en los momentos más inoportunos. Mientras reduzco un fondo. Mientras reviso facturas. Una vez, de forma imperdonable, mientras Saint se quejaba en el desayuno de que alguien había dejado toallas mojadas en el suelo del baño. No podía ser otro que él.

Mi cuerpo tiene al respecto unas opiniones que mi orgullo se niega a aceptar. Algunas noches me despierto con los muslos apretados y la cara ardiendo, con un dolor largo y hueco que no le pega a una mujer que dirige una cocina.

Pero estoy segura de que mi mente me está jugando una mala pasada. Antes los alfas no me interesaban y ahora no pienso en otra cosa. Bueno, en estar envuelta en algo grande y cálido. O en tres.

¡Dios mío!

—¿Seguro que no quieres una entrada?

«¡Sí que quiero una!» Pero antes me tragaría mi propio cuchillo que admitirlo.

—Tengo una estrella Michelin en la que pensar —digo.

La excusa es lo bastante cierta como para sonar convincente si nadie la mira de frente.

Molly sí lo hace.

—La estrella no va a irse a ninguna parte por una noche.

—Poppy consiguió la suya mientras yo supuestamente dormía. Eso sugiere que se mueven cuando nadie las mira.

—¿Sabes cuál es tu problema?

—¿Un restaurante sin capital suficiente y unos amigos que no respetan los límites?

—Crees que divertirte es lo mismo que perder terreno.

El cuchillo se detiene contra la tabla. El tono de Molly es ligero, pero la observación no lo es. Se sacude una pelusa imaginaria del abrigo y estudia el comedor a través del pase, en vez de quedarse a ver dónde aterriza el golpe.

—Me divierto —digo.

Molly roza con la punta de un dedo el borde ennegrecido de mi manga destrozada.

—Casi te prendiste fuego por quedarte mirando a Rhys.

—Esa es una interpretación difamatoria de los hechos.

«También estaba Gabriel».

—Y, según Jackie, cuando él te besó parecías menos ofendida que cuando alguien pide un filete muy hecho.

—Jackie ni siquiera estaba en el restaurante. ¿Y desde cuándo sois tan amigas?

—Su hermana Jessa estaba aquí con dos amigas, y lo vieron todo.

Gruño al levantar el cuchillo. No de forma amenazadora. Más o menos.

Ella levanta las dos manos y retrocede, sonriendo.

—Máscaras, Sage. Nada más. Nadie tiene por qué saber quién eres. No tienes que hacer nada que no quieras. Puedes quedarte a mi lado veinte minutos, beberte una sidra, juzgar los disfraces de todo el mundo y nos vamos a casa. O puedes lanzarte al ruedo.

El plan suena casi inofensivo cuando ella lo plantea así.

Lo que me engancha son las máscaras. No exactamente el anonimato.

El alivio. Una noche sin ser la chef cuya comida fotografían antes de probarla.

Una noche sin ser la hermanita de Saint, aunque solo soy once meses menor que él y se lo he recordado durante casi toda nuestra vida.

Una noche en la que desear algo no se convierta en una prueba contra mi seriedad.

Echo las espinacas en un recipiente de acero y encajo la tapa.

—No voy a ir, Molly.

Ella recoge las entradas del mostrador. Completamente imperturbable. Molly siempre ha entendido que mi primer no significa «convénceme con inteligencia»; el segundo, «déjame en paz»; y el tercero, que probablemente alguien debería llamar a seguridad.

—Vale. —Guarda una entrada en el bolso y levanta la otra hacia la luz—. Pero te dejo la tuya. Por si acaso.

—¿Por si acaso qué?

—Por si te da un brote repentino de personalidad.

Le lanzo una hoja de espinaca. Se le queda pegada al hombro de su impecable abrigo. Se marcha con ella puesta, o porque no se ha dado cuenta o como declaración de victoria.

También sabe cuándo dejar un objeto atrás a propósito.

Encuentro la segunda entrada debajo del cuenco de peras después del servicio de cenas.

Para entonces el comedor está a oscuras, las sillas descansan boca abajo sobre las mesas y la cocina se ha enfriado lo suficiente como para que tenga que ponerme una chaqueta de punto.

Honey ha subido a contar los recibos. El personal sale uno a uno por la puerta de atrás y lanza un «buenas noches» a una sala que ya no requiere mi atención.

Debería irme a casa.

En lugar de eso, me siento a la barra donde suelen sentarse Rhys y Gabriel y le doy vueltas a la entrada entre los dedos.

En el reverso aparecen las reglas del laberinto en letra diminuta.

Las máscaras deben permanecer puestas dentro del laberinto. Los faroles blancos indican la ruta de salida. Se puede acudir a los vigilantes con banda roja en cualquier momento. Participar en la cacería no implica consentir el contacto físico. «Para» significa para.

El lenguaje práctico me calma algo por dentro. Debajo, Molly ha escrito con tinta morada: «TIENES DERECHO A IRTE. TAMBIÉN TIENES DERECHO A QUEDARTE».

Mi móvil está boca abajo junto a la entrada. Cuando le doy la vuelta, la fotografía de Poppy llena la alerta de noticias que llevo tres días evitando. Está de pie delante de su restaurante, bajo un cartel pintado a mano, con el anuncio de la estrella en una mano y su esposa omega al lado.

Poppy parece mayor que cuando estudiábamos cocina y más feliz de lo que me gustaría.

Leo el artículo.

Mencionan su hamburguesa en el tercer párrafo. También los seis años que pasó manteniendo abierto el restaurante, la inundación que arruinó el comedor y los agricultores de la zona a los que menciona uno por uno por su nombre. Los celos siguen ahí, pero cambian de textura. Menos veneno. Más hambre.