CAPÍTULO VII - El hombre que cruzó el océano
CAPÍTULO VII
El hombre que cruzó el océano
l barco avanzaba como un monstruo de madera
sobre un mar interminable. Sus velas, tensas por el
viento del Atlántico, crujían como huesos viejos. Día
tras día, la misma rutina: el crujido de las cuerdas, el golpe de las
olas, el olor a sal, sudor y madera húmeda. Para los marineros era un
viaje más; para los prisioneros, un entierro en vida.
La bodega era un vientre oscuro donde el tiempo no existía.
Allí, William pasaba las horas sentado en la litera inferior, con la
espalda apoyada en la pared húmeda. El aire era espeso, cargado de
humedad y desesperanza. No hablaba con nadie, no comía más de
lo necesario para no enfermar con la bazofia con que los
alimentaban, dormía solo lo imprescindible.
Era un hombre suspendido entre dos mundos: el que había
perdido y el que aún no conocía.
Pero dentro de él, algo crecía, algo oscuro, algo firme. Una
determinación que no necesitaba palabras.
Los días se confundían entre sí. A veces, la bodega se llenaba
de luz cuando abrían la escotilla para repartir comida; otras veces, la
oscuridad era tan profunda que parecía tragarse los pensamientos.
Los prisioneros hablaban poco. Algunos lloraban en
silencio, otros rezaban, otros simplemente miraban al vacío, como
si ya estuvieran muertos.
William no hacía ninguna de esas cosas.
Solo pensaba.
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