CAPÍTULO VIII - El camino del norte blanco
CAPÍTULO VIII
El camino del norte blanco
l amanecer sobre New Hampshire no tenía nada que
ver con el de Escocia. Era más duro, más frío, más
despiadado. El sol apenas lograba atravesar la bruma
que se levantaba desde los bosques interminables y el aire olía a
resina, a nieve vieja y a un silencio que parecía observarlo todo.
William Tagles llevaba dos días en la colonia, dos días
encerrado en un barracón de madera, vigilado por soldados
coloniales que no hablaban, no reían y no mostraban emoción
alguna. Dos días escuchando el viento golpear las paredes como si
quisiera arrancarlas de cuajo, dos días sin dormir más que unos
minutos, porque cada vez que cerraba los ojos veía a Barbara.
La colonia era un asentamiento pequeño, apenas una
docena de edificios de madera, un almacén, un cuartel improvisado
y un muelle donde los barcos descargaban mercancías y prisioneros.
Más allá, solo bosque, bosque y nieve, bosque y silencio.
Los condenados habían sido alojados en un barracón largo,
con literas de madera y un olor a humedad que se metía en lo más
profundo de las glándulas odoríferas. Algunos lloraban, otros
rezaban, otros simplemente miraban al vacío, como si ya estuvieran
muertos.
William no hacía ninguna de esas cosas, solo pensaba.
Pensaba en Fremon, en su mentira, en su traición, en su
rostro impasible mientras él era condenado.
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