CAPÍTULO VI - El camino hacia el exilio
CAPÍTULO VI
El camino hacia el exilio
l amanecer del día siguiente al juicio no trajo
alivio, trajo cadenas.
El cielo estaba cubierto por una capa de nubes
bajas, tan densas que parecían aplastar el
horizonte. La luz del alba apenas lograba filtrarse
entre ellas, tiñendo el mundo de un gris apagado, sin brillo, sin
esperanza. Era como si el día se negara a nacer del todo.
William fue sacado de la cárcel antes de que el sol terminara
de asomar. Los guardias abrieron la puerta con un chirrido que
resonó en el pasillo como un lamento. Él no opuso resistencia, no
tenía fuerzas para hacerlo, no tenía fuerzas para nada que no fuera
seguir respirando.
Dos guardias lo escoltaron hasta el patio exterior, donde un
carrojaula esperaba con otros condenados. El aire olía a humedad, a
tierra mojada, a despedida. El suelo estaba cubierto de charcos que
reflejaban un cielo sin color.
Un grupo de vecinos observaba desde la distancia, algunos
con lástima, otros con miedo, otros simplemente con la curiosidad
morbosa de quien presencia la caída de un hombre.
William no buscó sus miradas, no buscó nada, solo caminó.
Cada paso era un recordatorio de lo que había perdido, de lo
que le habían arrebatado, de lo que jamás recuperaría.
Pero, sin esperarlo, una voz resonó a su espalda.
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