CAPÍTULO IV - La cárcel del condado
CAPÍTULO IV
La cárcel del condado
a noche había caído sobre la mansión como un
sudario. El aire estaba frío, húmedo, cargado de un
silencio que parecía observarlo todo. Cuando los
criados terminaron de sujetar a William, lo arrastraron fuera del
establo sin darle tiempo a recuperar el aliento. Él seguía gritando el
nombre de Barbara, pero su voz se perdía en la oscuridad, tragada
por el viento que soplaba entre los árboles.
—¡Soltadme! ¡Por favor, soltadme! ¡Barbara…!
Sus palabras se quebraban, pero nadie se detuvo. Los criados
no eran crueles, eran obedientes, y el miedo a Lord Fremon pesaba
más que cualquier duda.
William tropezó al salir al patio empedrado. La luna
iluminaba la escena con una luz pálida, casi fantasmal. La mansión
de Fremon se alzaba detrás de él, imponente, silenciosa, como si
fuera cómplice de lo ocurrido. Las ventanas parecían ojos cerrados,
indiferentes.
Los criados lo empujaron hacia adelante.
—¡Camina!
Le ordenó uno de ellos, sin mirarlo a los ojos.
William apenas podía sentir sus piernas. Todo su cuerpo
temblaba, no sabía si por el frío o por el dolor. El olor a paja, a sudor,
a miedo, seguía pegado a su ropa. Cada paso era un recordatorio de
que Barbara ya no estaba.
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