CAPÍTULO II - El establo
CAPÍTULO II
El establo
las cinco de la mañana se levantó, puntual como el
canto del gallo. El aire estaba frío, húmedo, y el
cielo aún no había decidido si clarear o seguir
dormido. William se lavó la cara con agua helada, se peinó con las
manos y salió hacia la cocina, donde el olor a pan recién hecho
siempre le recordaba que, pese a todo, la vida seguía. Como siempre,
su primera visita de la mañana, al igual que la última d e la noche,
era para los caballos. Les echó de comer y se dirigió a la cocina de la
señora Duncan.
A las siete entró en la cocina.
—Buenos días, señora Duncan.
—Buenos días, William. Siéntate, enseguida te pongo el
desayuno.
La cocinera se movía con la agilidad de quien lleva toda una
vida entre fogones. El vapor del caldo subía en espirales y el fuego
crepitaba suavemente.
Barbara apareció un instante, con un delantal limpio y el
cabello recogido.
—Hola, Barbara.
—Hola, William. ¿Cómo estás?
—Bien, cielo.
Ella sonrió apenas, una sonrisa que parecía hecha de prisa y
cansancio. Hizo lo que tenía que hacer y se marchó sin más. William
A