El juramento del lobo y el mar (Historias de vikingos nº 14) CAPÍTULO 11 LA CONVOCATORIA DE UPPSALA
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CAPÍTULO 11 LA CONVOCATORIA DE UPPSALA

Las semanas posteriores a la sangrienta victoria en la playa de Kattegat trajeron noticias inquietantes desde las tierras del sur.

El rey Harald Diente Azul, humillado y sediento de venganza tras la brutal ejecución del jarl Thorgar y la dispersión de su flota, había comprendido que las hachas de Halvar eran demasiado afiladas para un enfrentamiento directo en los fiordos.

En su lugar, el astuto monarca decidió utilizar un arma mucho más sutil, pero infinitamente más destructiva: el peso ciego de la fe tradicional de los antiguos dioses y las leyes del norte.

Una mañana en que la niebla todavía se aferraba a las copas de los árboles, entró en el asentamiento de Kattegat.

Era un mensajero del Thing, la gran asamblea de hombres libres.

Portaba un bastón ceremonial de madera de fresno, meticulosamente tallado con las runas sagradas del Althing.

La orden era inapelable: todos los jarls y jefes de clan de la región estaban obligados a acudir a los templos sagrados de Uppsala antes del solsticio de verano.

Allí se resolverían las disputas territoriales y se rendirían cuentas ante las deidades paganas mediante los grandes sacrificios de sangre.

—Es una trampa mortal, Halvar —advirtió Bjorn en mitad del consejo de guerra, golpeando la pesada mesa de roble con el puño cerrado, haciendo temblar los cuernos de hidromiel—.

Harald controla a los sumos sacerdotes de Uppsala y ha comprado sus lenguas.

Te arrastrará a su terreno para juzgarte ante los demás jefes de clan por tu matrimonio con una mujer cristiana y por criar a un heredero mestizo.

Si pones un pie en ese templo, los sacerdotes te despojarán de tu título de jarl y te declararán vargr, un hombre proscrito al que cualquiera puede cazar y matar como a un lobo del bosque sin recibir castigo alguno.

Halvar permaneció en silencio, con el rostro serio y sombrío a la luz de las antorchas, mientras observaba el mapa rúnico tallado en la madera de la mesa. Sus dedos callosos trazaron la línea de la cicatriz de su mejilla.

—Si no voy, demostraré cobardía ante los ojos de todos los clanes del norte —respondió Halvar, y su voz grave resonó con una solemnidad gélida—.

Un Lobo de Hierro que se esconde en su madriguera por miedo a un juicio pierde el respeto de sus propios guerreros.

Y si pierdo el respeto de mis hombres, Kattegat se desmoronará desde dentro, podrido por la desconfianza, sin necesidad de que Harald tenga que enviar un solo barco a nuestras costas.

Elena, que hasta ese momento había permanecido escuchando en la penumbra de la estancia, dio un paso firme hacia el círculo de luz.

Llevaba el cabello oscuro recogido en una trenza guerrera y sus ojos brillaban con una determinación tan fría y afilada que los rudos hombres del consejo enmudecieron al instante.

—Iremos juntos, Halvar —declaró ella, con una voz que no admitía réplica.

Un murmullo de sorpresa y desaprobación recorrió a los guerreros presentes, quienes se miraron entre sí, escandalizados por la audacia de la extranjera.

—Elena, no entiendes lo que dices. Uppsala es el corazón sangriento del paganismo más antiguo —dijo Halvar, girándose hacia ella y tomándola suavemente por los brazos, tratando de infundirle cordura—.

Esos templos oscuros están consagrados a Odín, Thor y Freyja.

Los sacrificios humanos de prisioneros y esclavos son la ley durante el solsticio.

Si los sacerdotes fanáticos te ven allí, exigirán tu sangre en el altar para aplacar la ira de los dioses por las derrotas que le hemos infligido a Harald.

—Queremos que esos sacerdotes vean que la mujer del Lobo de Hierro no teme a sus ídolos de madera ni a sus cuchillos de piedra —replicó ella, dando un paso más hacia él y colocando su mano pequeña pero firme sobre la mano ensangrentada del vikingo—.

Si tu cabeza está en juego por haberme tomado como esposa ante tus dioses, mi deber es estar a tu lado para defender nuestro derecho y la vida de nuestro hijo.

No dejaré que camines solo hacia la boca del lobo, Halvar.

Si el destino ha dictado que caigamos, los clanes verán que caeremos juntos, manchando sus sagrados altares con una sangre que jamás podrán limpiar.

Halvar la contempló en un silencio sepulcral, buscando en el fondo de sus ojos oscuros el más mínimo rastro de duda, debilidad o miedo.

No encontró nada de eso; solo halló el fuego indomable de una auténtica valquiria dispuesta a desafiar a los mismos reyes de la tierra.

Una sonrisa de absoluto orgullo cruzó el rostro del jarl, dando por terminada cualquier discusión en la sala.

—Preparad los drakkars más rápidos y pulid los escudos —ordenó Halvar, girándose hacia sus capitanes con una energía renovada—.

Viajaremos a Uppsala con cien de nuestros mejores y más veteranos guerreros.

Si el rey Harald Diente Azul quiere un juicio divino ante los ojos de los dioses, le daremos una batalla y una saga que los escaldos cantarán en los banquetes hasta que el mundo se congele.