CAPÍTULO 10 LA CICATRIZ Y EL ÉXTASIS
La victoria sobre las huesas de Thorgar dejó una calma tensa, casi sepulcral, sobre el fiordo de Kattegat.
Mientras los guerreros supervivientes limpiaban el gran salón y el humo espeso de las piras funerarias se elevaba perezosamente hacia el firmamento gris del norte, en la privacidad de la cabaña de Halvar la atmósfera se transformaba en algo denso, magnético y cargado de un deseo incontenible.
Halvar permanecía sentado en el borde de la gran cama de madera de roble, con el cuerpo surcado de nuevos cortes y el torso parcialmente cubierto por vendas de lino que la curandera del clan había untado con ungüentos de hierbas aromáticas.
Elena entró en la estancia en silencio, portando un cuenco de madera con agua tibia y un paño limpio.
Sus ropas ensangrentadas de la batalla habían sido reemplazadas por una túnica blanca de lino suelto que apenas rozaba sus tobillos, cayendo con suavidad sobre la silueta de su cuerpo.
Se acercó al gigante rubio con pasos lentos y se arrodilló justo entre sus poderosas piernas.
Con una delicadeza infinita que contrastaba con la brutalidad que ambos habían presenciado en la playa, comenzó a limpiar los restos de sangre seca que manchaban la piel bronceada del pecho de Halvar, esquivando los cortes más profundos.
—Fuiste un imprudente hoy —murmuró ella en un susurro bajo, levantando sus ojos oscuros para clavar su mirada en los ojos gélidos del vikingo—. Te expusiste por completo cuando Thorgar te provocó en la arena.
—Habló de ti —respondió Halvar, y su voz, una vibración grave e intensa, resonó directamente en el pecho de Elena—. Ningún hombre en este mundo vive lo suficiente para insultar a mi mujer y seguir respirando mi mismo aire.
Elena sintió que un estremecimiento abrasador recorría su espina dorsal y se instalaba en el centro de su vientre.
La devoción absoluta de aquel bárbaro temido por reyes y monjes por igual, que la miraba en la penumbra como si fuera la única deidad digna de adoración, la desarmaba por completo.
Dejó caer el paño en el agua tibia y colocó sus manos pequeñas y suaves sobre los hombros anchos de Halvar, delineando los músculos perfectos y el mapa de cicatrices de su piel.
—Eres un bárbaro testarudo, Lobo —susurró ella, inclinándose hacia delante para rozar sus labios con los de él.
El beso comenzó como un bálsamo suave, un consuelo dulce tras el horror de la carnicería, pero la contención se rompió al instante.
Halvar emitió un gruñido bajo y posesivo en la garganta y atrapó la cintura de Elena con sus manos enormes, tirando de ella con un movimiento firme hasta que quedó sentada a horcajadas sobre sus muslos.
El dolor de sus heridas pareció evaporarse ante la oleada de lujuria y posesión que lo consumía.
Elena jadeó cuando sintió la tremenda dureza de la virilidad de Halvar presionando con firmeza contra su propia intimidad a través de la fina tela de su túnica.
Con dedos temblorosos, deslizó los tirantes de la prenda blanca por sus hombros, dejando que el vestido resbalara hasta su cintura y exponiendo sus pechos firmes, con los pezones ya erectos por la expectación, a la parpadeante luz dorada de las velas.
Los ojos de Halvar se oscurecieron por completo, fijos en la perfección desnuda de su mujer.
—Eres mi luz en mitad de la tormenta, Elena —susurró él con la voz rota por la urgencia, inclinando la cabeza para atrapar uno de sus pechos entre sus labios, lamiéndolo y succionándolo con una avidez salvaje que provocó un gemido agudo en la garganta de la joven.
Elena arqueó la espalda por completo, enredando sus dedos en las largas trenzas rubias de Halvar mientras el placer se ramificaba por su cuerpo como fuego líquido.
Sus caderas se movieron instintivamente en un vaivén contra él, buscando desesperadamente aliviar el vacío punzante y húmedo que sentía entre sus muslos.
Halvar no la hizo esperar un segundo más; con un movimiento rápido de sus manos callosas, apartó los restos de tela que los separaban y guió su miembro, completamente rígido, venoso y palpitante, hacia la entrada ardiente de Elena.
Se unieron en una sola estocada profunda, posesiva y total.
Elena ahogó un grito de puro éxtasis contra el hombro de Halvar, clavando sus uñas en la piel de su espalda mientras él la llenaba por completo, estirando sus paredes con una delicia casi dolorosa.
El ritmo que siguió fue lento pero implacable, una danza rítmica, pesada y cargada de una intensidad mística.
Cada embestida de Halvar era una declaración absoluta de propiedad y protección; cada gemido rasgado de Elena era una rendición voluntaria al hombre que la había capturado en un monasterio en ruinas, pero que ahora poseía su alma entera.
La cabaña se inundó con el sonido de las respiraciones agitadas, el crujido de las pieles de oso bajo el impacto de sus cuerpos sudorosos y los susurros de deseo en dos idiomas distintos que terminaron por fundirse en la penumbra dorada.
En el clímax de la pasión, cuando ambos alcanzaron la cima del placer en una explosión espasmódica que los dejó temblando y aferrados el uno al otro, Elena supo que ya no pertenecía a las iglesias de su infancia.
Su único dios era el hombre que la sostenía entre sus brazos; su único cielo estaba en ese lecho de pieles en mitad del norte salvaje.