CAPÍTULO 9 EL DUELO DE SANGRE Y LA FURIA DE THOR
El círculo que se había formado en la playa de Kattegat era un escenario de pesadilla.
El aire estaba saturado con el vaho de los hombres jadeantes, el olor acre del hierro de las armas y la salpicadura constante de la sangre que humeaba sobre la arena helada.
A un lado, el muro de escudos resistía a duras penas; al otro, los drakkars negros cabeceaban sobre las olas testigos del choque de dos titanes.
Thorgar el Despiadado no esperó a que Halvar recuperara el aliento.
Manejaba una pesada espada larga, una hoja forjada en las fragas del sur de Dinamarca, con una agilidad sorprendente y aterradora para su masivo tamaño.
Lanzó una primera estocada lateral, rápida como el rayo, que buscaba rebanar el cuello de Halvar.
El Lobo de Hierro reaccionó por puro instinto, bloqueando el golpe con el mango de madera reforzado con tiras de hierro de su hacha de guerra.
El impacto emitió un chirrido metálico ensordecedor que despidió chispas brillantes en la penumbra de la tormenta.
La fuerza del danés era colosal. Thorgar aprovechó la proximidad de sus cuerpos, donde sus armaduras de cuero chocaban, para lanzar un cabezazo brutal directo al rostro de Halvar.
El golpe seco impactó de lleno en su boca, rompiéndole el labio inferior al instante y haciéndolo retroceder dos pasos oblicuos sobre la arena resbaladiza y empapada.
Halvar escupió un hilo de sangre esbelta y roja, sintiendo el sabor metálico invadir su boca, pero sus ojos azules no parpadearon; se fijaron en su oponente con una frialdad homicida.
A unos metros de distancia, el caos de la batalla general amenazaba con devorarlo todo.
Elena, con los dedos entumecidos por el frío y la adrenalina, intentó alzar de nuevo su arco corto sajón para apuntar al jarl danés, pero el remolino de guerreros que se mataban entre sí alrededor del duelo principal le impedía tener una línea de tiro limpia y segura.
Si disparaba, corría el riesgo de atravesar la espalda de Halvar.
—¡Mirad lo que tenemos aquí! —rugió una voz a su flanco.
Un berserker danés, con los ojos inyectados en sangre y el torso apenas cubierto por una piel de lobo, la descubrió desprotegida.
El hombre arremetió contra ella blandiendo un puñal largo y herrumbrado con intenciones salvajes.
Elena no gritó. El miedo, que meses atrás la habría paralizado en el monasterio de Lindisfarne, se había transformado en puro instinto de supervivencia forjado en el rigor del norte.
Esperó hasta el último segundo, cuando el acero del atacante casi rozaba su rostro, y se dejó caer de rodillas sobre la arena para esquivar la estocada lateral.
En un movimiento continuo y fluido, extrajo la daga corta que Halvar le había regalado y la clavó con toda la fuerza de su cuerpo en la corva del enemigo.
El tendón del berserker se cortó con un sonido sordo.
El hombre soltó un rugido de dolor animal y cayó pesadamente sobre sus rodillas, perdiendo el equilibrio.
Elena no le dio tiempo a recuperarse: se impulsó hacia adelante y hundió el acero de su daga profundamente en el lateral de su cuello, buscando la arteria.
La sangre caliente brotó a presión, empapando la túnica de la joven y manchándole las mejillas.
Se apartó jadeando, con la respiración ruda y el corazón golpeando sus costillas.
Ya no quedaba rastro de la asustada dama de Northumbria; el norte la había bautizado en sangre, y ahora era una mujer defendiendo su hogar, su hijo y al hombre que amaba.
Mientras tanto, el duelo entre los líderes alcanzaba su punto de máxima violencia.
Halvar sangraba profusamente por un corte superficial que Thorgar le había infligido en la ceja derecha.
El fluido espeso le nublaba la vista, tiñendo su campo de visión con un velo rojo y constante, lo que el danés aprovechaba para lanzar mandobles descendentes implacables que obligaban al Lobo a mantenerse a la defensiva, desgastando sus fuerzas.
—¿Este es el gran Lobo de Hierro del que hablan los escaldos?
—se mofó Thorgar, soltando una carcajada asmática mientras sus dientes limados y teñidos de rojo brillaban con crueldad—.
¡Solo eres un viejo cansado, Halvar! ¡Un perro que pasa demasiadas noches ablandándose en el lecho de una zorra cristiana!
Esas palabras cruzaron el aire de la playa como un látigo encendido.
Algo primitivo, una fuerza mitológica y oscura que dormía en lo más profundo del linaje de Halvar, despertó de golpe.
Un rugido salvaje, vibrante y descomunal, que no parecía salir de la garganta de un ser humano sino del aullido hambriento de una bestia de los bosques de Odín, escapó de su pecho.
Olvidando por completo cualquier técnica de defensa o estrategia de esgrima, Halvar arremetió hacia adelante con una velocidad inverosímil. Su hacha de dos manos se transformó en un torbellino ciego de golpes destructivos, propulsados por una furia pura e incontrolable.
Thorgar, sorprendido por el repentino cambio de ritmo, intentó alzar su escudo demadera para bloquear el primer hachazo descendente, pero la fuerza del impacto fue tan brutal que fracturó los tablones y desportilló el umbo de hierro.
Sin darle un respiro de un segundo, el segundo golpe de Halvar barrió de forma horizontal, destrozando la protección por completo y rompiendo el brazo izquierdo del danés con un crujido de huesos rotos que se escuchó por encima del viento.
Preso del pánico por primera vez, viendo la mirada de un auténtico monstruo en los ojos de Halvar, Thorgar intentó lanzar una estocada desesperada con su espada larga usando su única mano útil.
Halvar ni siquiera intentó pararla con un arma; simplemente ladeó el torso con un movimiento rápido para esquivar el acero y, aprovechando la inercia, giró por completo sobre sus talones en la arena.
Descargó toda la masa de su cuerpo y el peso de su rabia en un último hachazo descendente.
El filo de acero golpeó con precisión matemática el hombro derecho de Thorgar.
La hoja se hundió sin frenos a través de la carne, los músculos y el hueso, abriéndose paso por el torso hasta detenerse profundamente en el pecho del gigante danés.
Thorgar se congeló en el sitio. Sus ojos limados se abrieron de par en par, perdiendo el brillo de la locura para ser reemplazados por la sorpresa absoluta del dolor y la muerte.
La espada larga resbaló de sus dedos inermes, hundiéndose de punta en la arena húmeda de la playa.
Halvar plantó su bota en el pecho del cadáver y, con un tirón seco y violento, extrajo su hacha chorreante. El cuerpo de Thorgar el Despiadado se desplomó pesadamente hacia atrás, como un roble milenario derribado por la tormenta.
Jadeando, con el torso cubierto de sudor y sangre, Halvar alzó el arma ensangrentada hacia el cielo gris, justo en el momento en que un relámpago cruzaba las nubes y el trueno de Thor estallaba sobre el fiordo.
—¡Por Kattegat! ¡Por Odín! —rugió con las últimas fuerzas de sus pulmones, una declaración de guerra eterna que resonó en cada rincón del valle.
Al ver a su invencible líder ejecutado de una forma tan bestial, la moral de los invasores daneses se desmoronó como un castillo de arena.
El pánico se extendió por sus filas. Los hombres de Kattegat, renovados por la victoria de su jarl, redoblaron sus esfuerzos y empujaron a los enemigos supervivientes hacia la rompiente.
Los drakkars negros comenzaron a levar anclas a toda prisa y de forma desordenada, abandonando a los rezagados y dejando tras de sí una playa alfombrada de cadáveres y un fiordo teñido por completo de carmesí.
Elena corrió a través del campo de batalla, esquivando los cuerpos y las armas tiradas, recta hacia Halvar.
El guerrero permanecía inmóvil, apoyado firmemente en el mango de su hacha, con la respiración ronca y múltiples heridas cortantes cubriendo su piel.
Ella se arrojó a su pecho, rodeando su cuello con sus brazos sin importarle en absoluto la sangre ajena y propia que cubría su armadura.
—Estás vivo... Dios mío, estás vivo —susurró ella contra su piel, temblando por el esfuerzo físico y la emoción contenida.
—Te dije que las valquirias tendrían que esperar su turno, mi pequeña sajona —respondió Halvar, su voz regresando lentamente a su tono grave mientras le devolvía el abrazo con una ternura infinita que contrastaba con la carnicería que los rodeaba—.
Pero no celebremos demasiado rápido. El rey Harald no se detendrá tras esta humillación.
Hemos ganado esta playa, Elena, pero la verdadera guerra por el trono del norte no ha hecho más que comenzar.