CAPÍTULO 8 EL ASEDIO DE LAS VELAS NEGRAS
El amanecer sobre el fiordo de Kattegat no trajo la luz dorada de la primavera, sino un velo de niebla grisáceo que olía a sal, a pino húmedo y a muerte inminente.
Desde las altas atalayas de madera que custodiaban la entrada rocosa de la bahía, el cuerno de guerra sopló.
Su sonido —un gemido ronco, prolongado y profundo que vibraba en las piedras— despertó a las montañas y congeló la sangre de los inocentes.
La flota del rey Harald Diente Azul había llegado.
Eran doce drakkars de asalto de un tamaño descomunal, barcos negros con velas oscuras que parecían alas de cuervos gigantes flotando sobre las aguas mansas del fiordo.
Las proas talladas con feroces cabezas de serpientes marineras cortaban las olas con precisión letal, y el rítmico, casi hipnótico chocar de los remos contra el agua resonaba como los latidos de un dios furioso que exigía tributo.
A bordo de los navíos, cientos de guerreros daneses golpeaban el centro de hierro de sus escudos con las hojas de sus espadas, creando un estruendo metálico y ensordecedor diseñado para quebrar la voluntad de los defensores antes de que tocaran tierra.
Halvar salió de su cabaña con paso firme, la armadura de cuero grueso y tachonada de metal ya perfectamente ajustada sobre su torso hercúleo.
Llevaba su hacha de dos manos apoyada en el hombro derecho y la mirada fija, gélida, clavada en la línea del mar.
A su lado, Elena caminaba sin un solo titubeo.
Ya no vestía el lino esmeralda o la túnica blanca de la noche anterior; ahora portaba una túnica corta de lana gruesa, pantalones de cuero ajustados y una cota de malla ligera que Halvar había guardado celosamente.
En sus manos sostenía un arco corto sajón de madera de tejo, un arma que manejaba con una precisión pasmosa desde su infancia en las tierras de Northumbria.
—Vuelve al fuerte con el niño, Elena —ordenó Halvar sin apartar los ojos de las embarcaciones enemigas, su voz era un gruñido bajo—. Los berserkers de Harald no conocen la piedad ni las reglas de los hombres libres. No luchan por botín ni por gloria; luchan emborrachados de sangre y rabia.
—Mi lugar está aquí, contigo, Lobo —respondió ella, tensando la cuerda del arco con una determinación que hizo que una sonrisa lobuna cruzara el rostro del gigante rubio—.
Si vuestro muro de escudos cae, el fuerte será saqueado de todos modos.
Prefiero ver caer a tus enemigos desde la orilla, enviando mis flechas a sus corazones, que esperar mi turno encerrada y rezando como una oveja en el redil.
Halvar la miró de reojo. Por un instante, el azul gélido de sus ojos se suavizó con un orgullo inmenso y salvaje.
La tomó con brusquedad de la nuca, atrayéndola hacia su pecho masivo para estampar un beso rápido y hambriento que supo a hierro, a viento salado y a una promesa silenciosa de eternidad.
—Entonces quédate detrás de la línea, cerca de Bjorn. Si la formación se rompe... si ves que somos superados, guarda tu última flecha para ti misma antes de dejar que te capturen viva.
—No se romperá —sentenció ella con los dientes apretados, encajando la primera flecha de punta de hierro en la madera del arco.
Los drakkars daneses encallaron con violencia, levantando espuma y arena húmeda en la playa.
Los guerreros enemigos saltaron al agua helada que les llegaba a las rodillas, lanzando gritos de guerra guturales en honor a Odín y agitando sus armas al aire.
Al frente de todos ellos marchaba Thorgar el Despiadado, un jarl danés de proporciones titánicas que servía como el brazo ejecutor del mismísimo rey Harald.
Su rostro estaba cubierto de tatuajes sagrados y cicatrices rituales, y sus dientes habían sido limados con estrías y teñidos de rojo; una marca de horror pura entre los guerreros más brutales del sur.
—¡Formad el muro! ¡Apretad las líneas! —rugió Halvar, su voz tronando por encima del rugido de las olas y los gritos enemigos.
Los hombres de Kattegat, apenas doscientos guerreros veteranos y leales hasta la muerte, entrelazaron sus escudos redondos pintados de azul y blanco, creando una barrera impenetrable de madera, cuero y hierro.
Halvar se colocó justo en el centro de la formación, convirtiéndose en el pilar humano de aquella muralla lista para recibir el impacto del asalto.
—¡Fuego! —gritó Elena desde la línea trasera, su voz clara y cortante como el cristal.
Las flechas sajonas volaron por el aire en una parábola perfecta, silbando una canción de muerte sobre el fiordo.
El arco de Elena cobró la primera vida del día: una flecha atravesó limpiamente la garganta expuesta de un danés que alzaba su hacha listo para asaltar la arena.
El hombre cayó de rodillas, soltando su arma y ahogándose en su propia sangre mientras el mar lavaba su cuerpo.
Tres flechas más salieron de las manos de la joven con una velocidad y fluidez pasmosas, derribando a dos enemigos más en la rompiente de las olas e hiriendo a un tercero profundamente en el hombro.
Pero la marea humana de los daneses era masiva e imparable.
El choque de los dos ejércitos fue como el impacto de dos acantilados colosales.
El muro de escudos de Kattegat vibró y crujió bajo el peso bruto de los berserkers daneses.
Las hachas enemigas golpeaban la madera, desprendiendo astillas, chispas y jirones de cuero.
La sangre no tardó en salpicar las superficies limpias de los escudos, tiñendo la arena de la playa de un rojo espeso, brillante y humeante.
Halvar rugió, liberando toda la furia contenida del Lobo de Hierro.
Su hacha de doble filo descendió en un arco mortal, partiendo el escudo de su primer asaltante y rebanando su torso en un solo movimiento fluido y devastador.
El dolor de sus antiguas heridas y el cansancio desaparecieron por completo, sepultados bajo la oleada de adrenalina y el éxtasis puro del combate.
Era un dios de la destrucción en mitad de la carnicería, abriendo a la fuerza un pasillo de extremidades cortadas, gritos y lamentos entre las filas danesas.
Thorgar el Despiadado vio el rastro de muerte que el líder de Kattegat dejaba a su paso. Con una sonrisa sanguinaria que mostraba sus horribles dientes rojos, se abrió paso a empujones, derribando incluso a sus propios hombres en su ansia ciega de gloria y sangre.
—¡Halvar! —bramó el gigante danés, con una voz que hizo temblar el aire—. ¡Tu cabeza decorará el mástil de mi barco antes de que el sol toque el horizonte!
Ambos colosos chocaron en medio del caos absoluto de la playa. El impacto de sus armas fue tan brutal, tan sordo, que los guerreros que luchaban alrededor se apartaron instintivamente, creando un círculo de muerte involuntario en la playa ensangrentada.
El destino de Kattegat se decidiría en el centro de ese círculo.