El juramento del lobo y el mar (Historias de vikingos nº 14) CAPÍTULO 7 LA NOCHE ANTES DE LA TORMENTA (ROMANCE ERÓTICO)
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CAPÍTULO 7 LA NOCHE ANTES DE LA TORMENTA (ROMANCE ERÓTICO)

La guerra regresaba, y ambos lo sabían. Esa noche, el ambiente dentro de la cabaña privada de Halvar no estaba marcado por la paz de la primavera, sino por la urgencia desesperada de los amantes que saben que el mañana no está asegurado.

Elena había dejado al niño al cuidado de la anciana curandera del clan en una zona segura del fuerte.

Cuando entró a la habitación, encontró a Halvar afilando la hoja de su hacha de combate junto a la chimenea.

El fuego iluminaba el sudor de su torso desnudo, haciendo resaltar los músculos de su espalda, tensos como cuerdas de arco.

Ella se acercó en silencio. No había reproches en sus ojos oscuros, solo una devoción feroz que había nacido de las cenizas de su antigua vida. Se arrodilló detrás de él y rodeó su ancho pecho con sus brazos, pegando su mejilla a la calidez de su espalda tatuada.

—No dejes que me lleven, Halvar —susurró, con la voz quebrada por primera vez en meses—. Prefiero morir en este altar pagano contigo que vivir cautiva en sus templos.

Halvar soltó el hacha. El metal tintineó contra las piedras del suelo. Se giró con una rapidez felina, atrapando el rostro de Elena entre sus manos enormes. Sus ojos gélidos estaban encendidos por un fuego puramente posesivo.

—Nadie te tocará, Elena. Antes veré arder el mundo entero —prometió, justo antes de sellar sus palabras con un beso brutal, hambriento, que cortó el aliento de la joven.

No era el beso tierno de un esposo; era el reclamo de un guerrero que se prepara para la muerte.

Elena gimió, abriendo sus labios para recibir la lengua de Halvar, que la devoró con una pasión salvaje.

Ella se aferró a sus hombros esculturales, enterrando sus uñas en su piel mientras él la levantaba sin esfuerzo y la empujaba contra la pared de madera de la cabaña.

El vestido de lino de Elena fue rasgado por las manos impacientes de Halvar.

Los broches de plata cayeron al suelo con un tintineo seco.

El cuerpo desnudo de ella quedó expuesto al calor de las llamas y a la mirada ardiente del vikingo.

Halvar bajó la cabeza, dejando un rastro de besos húmedos y mordiscos ligeros por su cuello, descendiendo por la curva de sus pechos hasta que ella arqueó la espalda, soltando un gemido agudo de puro placer cuando la boca de él atrapó uno de sus pezones erectos, succionándolo con fuerza rítmica.

—Halvar... ahora... —suplicó ella, con las piernas temblando de deseo, un calor líquido y punzante concentrado entre sus muslos.

Él se despojó de sus pantalones de cuero con un movimiento rápido. Su virilidad, rígida y palpitante, presionó contra la intimidad húmeda de Elena. Halvar la tomó por los muslos, elevándola, y con una estocada profunda y poderosa, se unió a ella de golpe.

Elena ahogó un grito de éxtasis en el hombro de su captor, ahora su dueño y su protector.

El ritmo que siguió fue implacable, salvaje, una danza de guerra sorda donde los cuerpos sudorosos chocaban contra la madera, la cual crujía bajo el impacto de la pasión.

Las sombras de la hoguera bailaban sobre ellos como espíritus antiguos que presenciaban el pacto.

Elena envolvía la cintura de Halvar con sus piernas, entregándose por completo, arañando su espalda, incitándolo a ir más y más profundo con movimientos espasmódicos de sus caderas.

Halvar gruñía como un lobo en mitad de la noche, sosteniéndola con una fuerza que la hacía sentir completamente dominada pero extrañamente segura.

Cuando el clímax los alcanzó, fue como un rayo de Thor que los partió a ambos.

Halvar se derramó dentro de ella con un rugido que vibró en el pecho de Elena, mientras ella temblaba en espasmos de placer puro, ocultando su rostro en el cuello del vikingo, saboreando la sal de su sudor y el aroma a fuego que los envolvía.

Quedaron tendidos sobre las pieles de oso, con las respiraciones entrelazadas y los cuerpos aún unidos. Halvar acarició el cabello oscuro de Elena, que se esparcía como seda sobre las pieles.

—Si caigo en la batalla, Elena... —comenzó él, pero ella le tapó la boca con los dedos.

—No caerás. Las runas y mi Dios te deben la vida de nuestro hijo. Mañana lucharemos juntos.