El juramento del lobo y el mar (Historias de vikingos nº 14) CAPÍTULO 6 EL RETORNO DE LA SOMBRA
54%

CAPÍTULO 6 EL RETORNO DE LA SOMBRA

El deshielo de la primavera no solo trajo pastos verdes a Kattegat, sino también un drakkar de velas negras que portaba estandartes reales de Dinamarca. La tregua que Halvar había comprado con sangre e incursiones exitosas estaba a punto de romperse.

El rey Harald "Diente Azul", el soberano pagano más poderoso de las tierras del sur, había oído rumores sobre el guerrero que gobernaba el fiordo con una concubina cristiana y que criaba a un heredero mestizo.

Para los viejos tradicionalistas de la fe de Odín, eso era una afrenta que los dioses castigarían con inviernos eternos.

Knut, el emisario del rey, un hombre de trenzas canas y ojos de serpiente, entró al gran salón arrastrando los pies calzados en cuero.

Halvar lo esperaba en su trono, con Elena sentada a su lado.

Ella llevaba al niño contra su pecho, cubierto con una manta donde se entrelazaban bordados de cruces sajonas y runas de protección.

—El rey Harald te saluda, Halvar Lobo de Hierro —dijo Knut, su voz arrastrada como el viento entre las rocas—.

Pero los dioses no son tan benevolentes.

Dicen las pitonisas que el aire de Kattegat apesta a incienso de monasterio.

Dicen que el lobo se ha convertido en el perro faldero de una esclava del Dios Clavado.

Un rugido unísono surgió de los guerreros de Halvar que abarrotaban el salón. Bjorn dio un paso adelante, desenvainando la espada, pero Halvar levantó una sola mano, imponiendo un silencio sepulcral.

—Mi espada ha derramado más sangre en nombre de Odín que la que tu rey ha visto en toda su vida, Knut —dijo Halvar, su voz grave resonando en las vigas de madera—. Mi mujer no es una esclava. Es la señora de esta casa. Y mi hijo gobernará estas tierras cuando mis huesos descansen en el Valhalla.

—Un lobo no engendra cachorros que rezan —escupió Knut, mirando fijamente a Elena—. El rey Harald exige un tributo para limpiar esta ofensa. Entrega a la mujer para que sirva en los templos de Upsala, o la flota del rey reducirá Kattegat a cenizas antes de la próxima luna llena.

Elena sintió que el hielo invadía sus venas, pero no bajó la mirada.

Apretó al bebé contra sí, dispuesta a clavarle una daga a Knut si daba un paso más.

Sin embargo, no hizo falta. Halvar se levantó del trono.

Su imponente figura eclipsó la luz de las antorchas.

Caminó hacia el emisario con una parsimonia aterradora.

Cuando estuvo a un palmo de Knut, lo tomó por la túnica con una fuerza que levantó los pies del anciano del suelo.

—Dile a tu rey —susurró Halvar, sus ojos azules fijos en los de Knut con una intensidad psicópata— que si quiere a mi mujer, tendrá que venir a buscarla él mismo. Pero que traiga un escudo grande, porque le arrancaré la cabeza y se la ofreceré a los cuervos.

Halvar arrojó a Knut contra el suelo de tierra.

—¡Fuera de mis tierras! —rugió.

El emisario se levantó, limpiándose el polvo, con una sonrisa maliciosa. —Has elegido el camino del hierro, Halvar. Que las valquirias recojan los pedazos de tu clan.