El juramento del lobo y el mar (Historias de vikingos nº 14) FINAL DE ESTA HISTORIA
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FINAL DE ESTA HISTORIA

El viaje a Uppsala fue un descenso a las entrañas del paganismo más antiguo.

Navegando a través de los ríos serpenteantes del este, los cien guerreros de Kattegat mantuvieron sus hachas desenvainadas, listos para la emboscada.

Cuando los drakkars atracaron cerca de los grandes templos de madera dorada que brillaban bajo el sol eterno del solsticio de verano, el silencio de los miles de nórdicos allí congregados fue sepulcral.

En el centro del claro sagrado, rodeado por los nueve estanques de los sacrificios y bajo la sombra de un roble milenario, el rey Harald Diente Azul aguardaba. A su lado, los sumos sacerdotes de túnicas blancas y rostros pintados con ceniza de hueso sostenían los cuchillos rituales.

—Halvar Lobo de Hierro —anunció el rey Harald, su voz amplificada por el eco de los tambores de piel de reno—.

Has sido convocado aquí para responder ante los jarls.

Traes contigo a una extranjera, una sierva del Dios crucificado, y pretendes que el cachorro de su vientre herede las tierras que Odín entregó a nuestros ancestros. ¡Eso es una ofensa que exige sangre!

Los sacerdotes dieron un paso adelante, agitando los cuencos de bronce destinados a recoger el tributo vital. La multitud rugió, exigiendo la muerte de la cristiana.

Halvar dio un paso al frente, pero antes de que pudiera desenvainar su hacha, Elena se adelantó.

Se despojó de la capa de pieles, quedando ante la asamblea con su vestido tradicional sajón, pero cruzado en el pecho por las cadenas de plata de las mujeres libres del norte.

En su mano derecha no llevaba una cruz, sino el amuleto rúnico de Gebo que Halvar le había marcado en la piel con aceite sagrado.

—¡Escuchadme, jarls del norte! —gritó Elena, su voz clara, vibrante y libre de todo temor—.

Habláis de la ira de vuestros dioses, pero ¿dónde estaban vuestros dioses cuando el Lobo de Hierro tiñó de rojo la playa de Kattegat con la sangre de los traidores?

¿Dónde estaba Odín cuando mis flechas atravesaron las gargantas de los berserkers de Harald?

La multitud enmudeció. El valor de la mujer desafiando al rey en su propio santuario era un espectáculo que ningún escaldo había visto jamás.

—Mi Dios es un dios de paz, pero mi esposo es el Lobo de Hierro y yo soy su valquiria.

Mi hijo Ragnar no rezará en vuestras iglesias ni se arrodillará ciegamente ante vuestros ídolos; él gobernará con la astucia de los sajones y la fuerza bruta del acero vikingo.

Si queréis su sangre, tendréis que venir a tomarla, pero os aseguro que las valquirias de las que tanto habláis no darán abasto para llevar vuestras almas al Valhalla.

Halvar la miró, con los ojos encendidos en una mezcla de orgullo y lujuria salvaje. Desenvainó su hacha de dos manos y la clavó con fuerza en las raíces del roble sagrado.

—¿Quién de vosotros tiene el valor de juzgar a mi reina? —desafió Halvar, recorriendo la fila de jarls con su mirada gélida.

Ninguno se movió. Los jarls de los clanes vecinos, impresionados por la audacia sin precedentes de la sajona y temerosos del ejército veterano de Kattegat, comenzaron a golpear sus escudos en señal de aprobación.

El juicio de Uppsala se transformó, ante los ojos atónitos del rey Harald, en el triunfo definitivo del Lobo de Hierro.

Las leyes del norte dictaron que el valor estaba por encima de los dogmas, y el linaje de Ragnar fue bendecido por la propia asamblea

Años más tarde, en los acantilados más altos de Kattegat, el sol de la primavera comenzaba a fundir los últimos glaciares.

Halvar y Elena contemplaban el horizonte marino donde sus barcos regresaban de una próspera expedición, cargados no de botines de sangre, sino de alianzas comerciales que cambiarían el destino de Europa.

A su lado, el joven Ragnar corría por el prado, blandiendo una espada de madera con los ojos fijos en el mar.

Halvar rodeó la cintura de Elena con su brazo hercúleo, atrayéndola firmemente contra su pecho cubierto de cicatrices. El viento jugaba con los rizos oscuros de ella y las trenzas rubias de él, que ahora mostraban los hilos plateados de los años y las batallas superadas.

—Las runas y tu Dios no mentían, mi pequeña valquiria —susurró Halvar, inclinándose para morder suavemente el lóbulo de su oreja, desatando ese conocido calor que siempre los consumía—.

El mayor tesoro que saqué de Lindisfarne no fue la plata de sus altares.

Fue el fuego de tu alma, que domesticó al Lobo y forjó un imperio.

Elena se giró entre sus brazos, uniendo sus labios en un beso profundo, salado y eterno, que sabía a victoria, a deseo incombustible y a un juramento escrito con sangre, ceniza y mar que el tiempo jamás podría borrar. Su saga no pertenecería a un solo dios, sino a la eternidad del horizonte.