CAPÍTULO 5 LA SANGRE Y EL TRONO
El invierno nórdico no solo traía nieve, sino también traición.
Ivar el Despiadado, un jarl rival que codiciaba las tierras y el éxito de Halvar, llegó a las costas de Kattegat con tres barcos llenos de guerreros berserkers.
Ivar no solo quería el territorio; había oído hablar de la belleza de la mujer sajona de Halvar y la reclamaba como parte del botín de un desafío formal.
El amanecer se tiñó de rojo sobre el fiordo helado.
Las dos líneas de guerreros se enfrentaron en la playa, los escudos solapados formando un muro de madera y hierro.
Halvar estaba al frente, su hacha de dos manos apoyada en el suelo.
Elena, observando desde las empalizadas del fuerte, apretaba contra su pecho un amuleto con la runa de la protección que Halvar le había regalado.
Ya no se sentía una prisionera; era parte de ese pueblo, parte de él.
—¡Lobo de Hierro! —rugió Ivar, un hombre enorme con un ojo cubierto por un parche de cuero—. ¡Tu tiempo ha terminado! ¡Tu oro y tu mujer sajona serán míos antes de que el sol se ponga!
—¡Ven a buscarlos si crees que Odín te espera! —respondió Halvar con un rugido que hizo eco en las montañas.
El choque de los muros de escudos fue como el trueno de un cataclismo.
El acero golpeaba contra el acero, la sangre salpicaba la nieve blanca, transformándola en un lodo escarlata.
Halvar se abrió paso entre las filas enemigas como un torbellino de destrucción.
Su hacha subía y bajaba, segando vidas con una precisión letal.
Finalmente, Halvar e Ivar se encontraron en el centro del caos.
El jarl rival era rápido y logró herir a Halvar en el muslo y el costado, pero el Lobo de Hierro no sentía el dolor; la furia de los elementos corría por sus venas.
Con un grito que heló la sangre de sus enemigos, Halvar esquivó una estocada de Ivar, giró sobre sí mismo y descargó su hacha con toda su fuerza sobre el hombro del traidor, partiéndolo hasta el pecho.
Ivar cayó de rodillas, la vida escapando de sus ojos. Los guerreros invasores, al ver a su líder derrotado, tiraron las armas o huyeron hacia sus barcos. La victoria era de Halvar.